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Jeremías Ramírez

Muchos lectores despertaron su pasión por la literatura a través de los libros de aventuras de Julio Verne o Emilio Salgari. Las nuevas generaciones además lo han hecho con El señor de los anillos, Harry Potter o Las crónicas de Narnia. Pero quizá las novelas de Julio Verne (1828-1905) tienen el honor de ser las favoritas de los lectores principiantes.

Yo no tuve ese privilegio. Los libros que encendieron mi pasión fueron los de una colección barata (como el Libro Vaquero) de ciencia ficción de Editorial Bruguera que vendían en los puestos de periódicos.

            La culpa de esta entrada fue una novia, lectora apasionada de Verne, a quien le pedí que me prestara alguno de sus libros. Su respuesta fue tajante: “No los vas a entender”. Ella sabía que mi intención era lucirme con ella pues mis lecturas no iban más allá de las revistas de rock de mediados de los setenta, y me prestó tres libritos de ciencia ficción de su papá.

            Hoy, en el umbral de la vejez, sin impedimento alguno (esa novia quedó en el pasado y hace poco se convirtió en un personaje de una de mis novelas), estoy embarcado en esos largos viajes que Julio Verne llamó: “Viajes extraordinarios”, que comenzaron con Cinco semanas en globo (1863), y culminaron con La misión Barsac (1918), y que en total comprendieron 54 novelas, muchas de ellas desconocidas para el público lector

            Y me embarqué en estos “viajes extraordinarios” (sin fémina de por medio) porque hace algunos días, cuando estaba por abordar el autobús de regreso de la ciudad de México a Celaya, fui a curiosear los libros de un puesto de periódicos y vi un enorme volumen con una selección especial de cuatro novelas de Julio Verne.

Bueno, me dije, tal vez ya las entienda; y compré el libro. Tan pronto me acomodé en el asiento del autobús empecé a leerlo y ya no pude detenerme. En menos de una semana había devorado la primera novela de la antología: 20 mil leguas de viaje submarino. Pensaba detenerme ahí, pero la inercia me hizo internarme en La Isla misteriosa, y junto con esos cinco náufragos, cuyo globo cae en una pequeña porción de una tierra solitaria e ignorada, y fui explorando con ellos los parajes indómitos de la isla.

            Recuerdo que el primer libro que leí de Verne fue Viaje al Centro de la Tierra y me sorprendió el enorme conocimiento que tenía sobre mineralogía y vulcanología. El segundo —que leí hace como dos años—, fue La vuelta al mundo en 80 días. Ya no me sorprendió. Es más, le vi algunas fallas estructurales. Pero ahora, 20 mil leguas de viaje submarino me vuelve a sorprender por la gran cantidad de información sobre la vida marina que manejaba Verne, y hay momento en que se engolosinaba tanto que dejaba la trama a un lado para llenar muchas páginas describiendo las especies de animales marinos que los viajeros van encontrando a su paso.

La novela la escribió Verne a mediados del siglo XIX y sorprende la gran cantidad de datos que maneja en una época en la que la información no era tan fácilmente disponible, y la ciencia aún estaba por experimentar un desarrollo asombroso. Quizá este engolosinamiento por la información científica es el que hace que la trama, de pronto, se sienta forzada y sus personajes aparezcan construidos un tanto burdos, pero el encanto de la historia hace que uno perdone esos deslices científicos.

            Por ello, desde el inicio percibimos la trama un tanto amañada y se anticipa, sin motivo, estropeando la sorpresa. Inicia con notas de prensa que anuncian que un monstruo marino amenaza al mundo. Y sin querer nos muestra que el periodismo es carroñero desde antaño, pues como buitre anda en busca de información apetitosa y construye una imagen del “monstruo” terrorífica, cuyo poder le permite dañar con facilidad las naves que se cruzan con en su camino.

            Para eliminar el peligro, el gobierno norteamericano envía un buque de guerra: el Abraham Lincoln, para que investigue y verifique la veracidad sobre el monstruo y evalúe, primero, si es real. En este caso, el siguiente paso será cazarlo para librar los mares de este peligro latente.

Coincide que, en Nueva York, de donde zarpará el barco, está un famoso profesor francés: Pierre Aronnax, naturalista notable, quien había estado dictando en esa ciudad unas conferencias. El gobierno norteamericano lo invita a sumarse a la búsqueda. El profesor acepta y él y su ayudante, Conseil, abordan de inmediato el barco

Luego de varios meses de búsqueda infructuosa, finalmente dan con el “monstruo” y tratan de acabar con él. Pero el monstruo, después de una larga persecución, revira y ataca la nave y la deja muy dañada, pero sin mandarla a pique.

En la embestida el profesor Aronnax y un arponero canadiense —Ned Land— caen al mar.

Conseil, al ver que el profesor Aronnax cae al agua, se lanza siguiendo a su patrón. El naufragio será afortunado porque les permitirá descubrir que no es un animal sino un submarino.

Cabe señalar que en ese tiempo los submarinos todavía estaban en desarrollo y no había alguno navegando.

El submarino recoge a los náufragos y de esa manera entran “al vientre del monstruo” que resulta ser una nave muy sofisticada que utiliza una tecnología muy avanzada para ese entonces: la energía eléctrica.

El singular submarino está comandado por un personaje misterioso, pero interesante, que se hace llamar: “Capitán Nemo”. Este personaje se ha autoexiliado de la sociedad porque ha sufrido el atropello que los ingleses hicieron en su patria, la India, y con su familia.

Nemo, buscando la libertad, la encuentra en el fondo del mar y le permite, además, explorar la riqueza marina a profundidades inalcanzables para el ser humano de mediados del siglo XIX; y extraer tesoros que le significan una fortuna que le permite hacer lo que se le antoje, pero, además, encuentra que con el submarino puede cobrar venganza atacando cualquier barco inglés que se le atraviese y destruir a aquellos que osan atacarlo.

            Dentro del submarino, el estudioso francés, Aronnoa, su ayudante y el arponero canadiense recorrerán 20 mil leguas, conociendo los parajes submarinos más singulares del planeta: desde las profundidades del polo norte hasta las del polo sur, y muchos mares. El investigador y su ayudante están fascinados con lo que contemplan, pero el arponero sólo desea escapar.

            La novela tiene una extensión de poco más de 300 páginas y salvo sus extensas descripciones marinas, la trama atrapa y otorga muchas horas de diversión.

            Y como muchas de estas novelas famosas, esta ha sido canibalizadas por el cine. Buscando en internet descubrí que hay varias adaptaciones, incluso una versión muda que se puede ver en Youtube. Y la más lograda es la que hizo Disney, la cual está disponible en la plataforma de esta productora.

Motivado por la lectura vi la película de Disney. Sólo puedo decirles que, si pueden evitarla, lo hagan. Al resumir tanto la historia para que cupiera en dos horas de pantalla, fue mutilando el argumento salvajemente y quedó una versión mocha, frívola y torpe, y con escenas forzadas. Y el submarino, imponente según las descripciones de Verne, aquí parece una cáscara de nuez. Además, alteran tanto el argumento para darle “intensidad” emocional, pero fallan, y sus cambios apenas les alcanzan para crear una narración apresurada, sin ritmo ni cadencia, y muchas acciones injustificadas y exageradas.

Mejor lea el libro, se divertirá mucho más, se lo aseguro.

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