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Miguel Alonso Raya

Los resultados del 6 de junio fueron una lección y un claro mensaje para el Gobierno Federal y todos los partidos. Nadie gana ni pierde todo, pero sí implica un jalón de orejas para que se priorice la construcción de acuerdos, se fortalezca el diálogo, hagan a un lado las posiciones extremas y se coloque en el centro el interés y el bienestar de los ciudadanos.

Si bien Morena gana 11 de 15 gubernaturas, no logró el carro completo que vaticinó, ni tampoco pudo alcanzar la mayoría calificada, ni juntándose con sus aliados, que tanto quería López Obrador para promover reformas constitucionales en la segunda parte de su mandato con el fin de concentrar más poder político y para el manejo del presupuesto, eliminar contrapesos – por ejemplo, con la desaparición de los órganos autónomos, incluido el INE- y sentar las bases para la continuidad de la 4t.

Ganaron los ciudadanos porque salieron a votar, aunque no en el porcentaje deseable, pero fue una participación que superó a las intermedias anteriores.

No se cumplieron los nubarrones que preveían, porque así les convenía, los grupos que expresaron posiciones extremas y cuyo máximo representante fue el Presidente de la República quien, desde Palacio Nacional, promovió el linchamiento, la polarización y todos los días anunciaba complots en su contra.

Tampoco las propuestas de la derecha más radical lograron el apoyo del electorado, que dejó claro que lo que menos desea es que el país se paralice con una confrontación ideológica, política y legislativa.

Y el mensaje fue lo suficientemente claro porque la jornada electoral transcurrió de manera tranquila, sin sobresaltos y con el porcentaje de votos de diferencia suficiente para que no hubiera duda de quién ganó en cada uno de los cargos en competencia. Salvo algunos casos aislados que terminarán judicializándose, no hay condiciones en la mayoría de los casos para impugnar la elección.

El resultado indica, en todo caso, un ejercicio de la gente que sabe que el voto es el instrumento que ayuda a promover los cambios. Por ejemplo, los votantes modificaron la correlación de fuerzas en la Ciudad de México. Morena sólo refrendó el triunfo en siete de las 11 alcaldías que ganó en 2018. Ahora, nueve quedarán en manos de la oposición.

Y esta tendencia del voto se dio porque en la capital de la República el electorado es más complejo, está más informado y sus habitantes resultaron sumamente afectados con las malas decisiones del Gobierno Federal y de la Ciudad de México durante la pandemia.

Dos datos simbólicos es que la oposición ganó Tlalpan, la alcaldía que gobernó la ahora Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum; y Cuauhtémoc, el corazón de la CDMX, donde se ubican el Ayuntamiento y el Palacio Nacional, símbolos del poder político local y de la Federación.

En relación a los resultados en las gubernaturas, lo que expresan, en resumen, es que la gente buscó la alternancia; sin embargo, hay que decir con toda claridad -sin menospreciar la presencia que Morena tiene en esos estados- que el Presidente intervino en las elecciones, entre otras medidas con el uso clientelar de los programas sociales, los recursos públicos y las vacunas; y a través de los siervos de la nación que promovieron activamente las acciones gubernamentales en favor de Morena.

Respecto a la composición para la Cámara de Diputados, es bueno que nadie haya alcanzado la mayoría calificada, eso sentará las condiciones para dialogar y construir acuerdos.

En una Cámara de Diputados plural se escuchan los unos a los otros y hay una correlación de fuerzas tal que se prioriza el mandato ciudadano o se asumen las consecuencias de no hacerlo.

De tal suerte que los resultados electorales, de manera muy responsable, sientan las bases para reconstruir todo lo que sea necesario para el bienestar de los mexicanos y,  para seguirle abriendo paso a la democracia.

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