7 mayo, 2021

Camino a Roma: Una mirada al universo interior del cine

Jeremías Ramírez Vasillas
Netflix acaba de estrenar el documental Camino a Roma. Si usted vio la película Roma se encontró, seguramente, con varias sorpresas: una película en blanco y negro, la servidumbre como protagonistas que hablaban en un idioma indígena, una historia que empieza en el micro cosmos de una familia y se abre para incluir a la sociedad y sus conflictos, entre otras.

Quienes alguna vez hemos estado detrás de la lente nos dábamos cuenta que detrás de esos planos sencillos, con leves paneos y movimientos lentos, se escondía una complejidad y dificultad tremenda, pero este documental nos muestra que nuestra imaginación se quedó corta, pues su complejidad es monumental, casi una hazaña imposible, porque Alfonso Cuarón, su director, buscaba no sólo retratar una acción sino ir mucho más a fondo, retratar a la vida in fraganti.
            El documental nos muestra como fueron filmadas las escenas más interesantes y emotivas de la película. Inicia con el magistral plano del piso enjabonado, en cuyo reflejo vemos que cruza un avión (aunque esta escena del avión no la muestra el documental, y nos quedamos con la duda de si este plano fue casual o un montaje en posproducción. El rigor con el que filmó Cuarón la película me hace pensar que no hubo truco, que en un instante afortunado pasó el avión por ahí ese momento, dándole una pincelada maestra). Llama la atención, en esa secuencia inicial de la película, el grado de detalle que le imprime Cuarón, al grado de indicar con precisión como debe verse esas cubetadas de agua jabonosa, cuya imagen aparecerá al final en el espumoso oleaje del mar.
            Embriagado en al torbellino de sus recuerdos reconstruye los escenarios de su infancia: su casa, sus muebles, la calle (su calle), la avenida Insurgentes, las fachadas de los negocios, la entrada del Cine Américas (que estaba en la esquina de las avenidas Baja California e Insurgentes), tal y como estaban. Como esos escenarios han cambiado, recurrió a fotos históricas para reconstruir a detalle de los negocios que había a finales de la década de los sesenta y principios de los setenta.
            Y para tener ante la cámara un realismo preciosista contrata ejércitos de extras buscando la presencia multirracial y económica (las caras morenas se mezclan con los rostros pálidos de la gente de raza blanca con una enorme carga genética europea), y diseña vestuarios fieles a la época. Y a cada uno le indica en términos generales su tarea escénica de modo que recrea momentos muy vívidos de esa convivencia social en las calles o en los cines. Quienes vivimos esa época, nos estremecimos del verismo extraordinario, hasta el vendedor de las ciriacas estaba allí.
            Llama la atención la manera en que dirige a sus actores. A pesar de que escribió un guión detallado, en el rodaje no lo usa y les sugiere los parlamentos a sus actores, dejando que estos improvisen. Además, oculta acciones que realizarán los demás actores para buscar reacciones genuinas y no sólo mera mímica. Dirigir así a los actores hay un enorme riesgo de que las escenas se resquebrajen cuando los actores se saquen de onda y paren la acción. Pero Cuarón, con gran habilidad, no dejó que se le haga agua la nave. Con un delicado equilibrio logra imágenes inusitadas.
            Quizá, en este sentido, una de las secuencias más emotivas es la del parto. Primero, utilizó uno de los edificios viejos del Centro Médico que estaba por derrumbarse y lo reconstruyó como estaban en esa época. Contrató a médicos y enfermeras de a de veras para que actuaran, de modo que cada acción fuera real, es decir, tal y como lo hacen en su labor cotidiana; tercero, no le dijo a Yalitza que el bebé que usarían era un muñeco. Siempre creyó que era un bebé real de modo que sus reacciones emotivas tuvieran una mayor profundidad. Cuando filmaron la escena, el ambiente se electrizó de modo que cuando le dan la noticia que su hija nació muerta, llora inconsolable de verdad y lloran también con ella el personal médico. Y su estado emocional era tan fuerte que Alfonso Cuarón, cuando terminó la toma, tuvo que abrazarla varias veces para calmarla. Fue una escena increíblemente realista.
            Algo que le da mucho valor al documental es que Alfonso Cuarón va explicando qué buscaba en cada escena, y qué fue lo que hizo para lograr ese verismo sorprendente. Cuando el documental termina nos damos cuenta que nos ha dado una clase magistral de cine, de un cine que está más allá de la técnica fría y calculada, y que tuvo la virtud, como director, de empujar a todo el crew y a sus actores a rebasar con mucho los límites del cine convencional, aunque los espectadores no entendieran o no sospecharán hasta dónde estaba llegando este gran cineasta mexicano.
            Esta experiencia nos hace valorar aún más a Roma. Esta película no es sólo una buena película, sino una pieza maestra construida por un director que no le interesa un cine espectacular, un cine taquillero, un cine de vanguardia, un cine apantallador, sino crear una visión real (como si viajáramos al pasado y al interior del pulso emocional de los personajes y de una sociedad golpeada por las masacres de 1968 y 1971) cuya resonancia llega hasta quienes vivían ajenos a los movimientos estudiantiles.
            Yo le recomiendo este documental, pero primero vea Roma y luego el documental. Estas dos películas nos permitirán asomarnos a las profundidades del arte cinematográfico. Vemos a un gran artista construir su obra maestra. Esta experiencia es como si estuviéramos presentes en el proceso de creación de la Capilla Sixtina por Miguel Ángel. En verdad. Es un raro privilegio pero que está al alcance de nuestra mano… claro, si tenemos Netflix.

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