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Relatos de Nellie Campobello

Jeremías Ramírez

¿Se han preguntado cómo ven los niños la violencia y la muerte cuando se ha vuelto parte natural de su entorno? La mayoría no lo sabemos, pero nos imaginamos que se horrorizan como nosotros, aunque creo que no es así. Cada niño reacciona de manera muy peculiar. Cuando mi hija era una niña veía a su mamá tomar con la mano los insectos del jardín y ella empezó a hacer lo mismo, sin tener ningún recelo. Mi esposa advirtió que era importante enseñarle a tenerles miedo para prevenir que algún insecto peligroso la atacara.

Recién acabo de leer Cartucho, un libro de relatos breves de Nellie Campobello, una escritora que cuando era niña vivió en Parral, Chihuahua, justo cuando la revolución y las luchas armadas estaban en su apogeo.  Y la violencia estaba presente todos los días en donde ella vivía. Desde la ventana o la puerta de su casa pasaban los revolucionarios o los carrancistas, y muchas veces esos soldados regresaban destrozados llevados por sus compañeros. Algunas otras ocasiones, presenciaron los enfrentamientos y hasta fusilamientos y las pláticas familiares giraban en torno a los combates, considerando que muchos militares eras asiduos visitantes en su casa.

            Estos relatos —algunos de no más de media página escritos con tal velocidad que parecen ráfagas— nos muestran imágenes violentas, terribles, a través de la mirada inocente, sin prejuicios, de una niña, que los contempla como algo natural y cotidiano e, incluso, se alegra cuando ve un fusilamiento frente a su casa y desea que haya otro para que ella pueda verlo una vez más.

            El libro consta de tres partes: 1) Los hombres del norte, 2) Fusilados y 3) En el fuego. El primer relato de libro “Cartucho”, es el que le da título al libro y marca la pauta y el tono de este libro singular.

            Yo leí el relato cuando estaba en la Preparatoria, en los años setenta, en un libro de cuentos de la revolución, antologado por Luis Leal, y publicado por la UNAM. El relato me gustó mucho y guardé en la memoria el nombre de su autora. Luego, en otras publicaciones, encontré otros relatos de ella.

            “Cartucho” es una relato breve que nos cuenta la historia de un hombre que herido de amor se ha enrolado en el ejército zapatista. La autora desconoce su nombre, sólo sabe su apodo: Cartucho, apodo que parece que él mismo se puso pues una mujer lo convirtió en un “cartucho”, es decir, en un ser que vaga como alma en pena buscando su destino. Una tarde hay un enfrentamiento y cae abatido. Le avisan a la familia de la narradora que ha caído “Cartucho”. Uno de los mensajeros agrega tras revelar la noticia funesta: “Ya encontró su destino, ya es un cartucho quemado”.

            En esa guerra, casi todos los hombres de guerra que desfilan por la calle como cartuchos, pues llevan la muerte encima, hombres que, a pesar de que caminan, ríen, comen, platican, saben que morirán en breve y van en busca de su destino con tal serenidad que asusta; asumen la muerte como un hecho natural y hasta deseado y no importa si llega pronto o se tarde. Y cuando una bala los alcanza parece que le dan la bienvenida, pues, afirman: “es mejor morir como alzado”.

            Uno de los personajes que pasa por su calle, a decir de la autora, lleva unos pantalones son como los de un muerto. Hay un enfrentamiento y este hombre es abatido. Varios soldados llevan su cadáver en una camilla y la niña comenta que “ahora si tiene los pantalones de muerto”.

            Otro relato que estruja es “Las tripas del general Sobarzo”. Dice la narradora que ella y otros amiguitos ven pasar a un grupo de villistas que llevan un balde con algo “muy bonito”. Se acercan curiosos para pedirles que les muestren lo que llevan. “Son tripas”, les dice un joven soldado para asustarlos, pero al oír “son tripas”, dice la autora, “nos pusimos junto a ellos y las vimos; estaban enrolladitas, como si no tuvieran punta”.  “Tripitas tan bonitas”, exclama la niña. “¿Y de quién son?” —agrega— “Dijimos con curiosidad en el filo de los ojos”. Y les contesta el mismo soldado: “De mi general Sobarzo, las llevamos a enterrar al camposanto”.

            Un cuento muy crudo que tuve la oportunidad de grabar para un programa de radio es “El corazón del coronel Bufanda”. Bufanda es un coronel que acribilla a dos grupos de soldados desarmados que están en los mesones del Águila y Las Carolinas lanzándoles granadas a mansalva. Su ataque deja una gran cantidad de muertos, pues fueron tantas las granadas que lanzó que su mano se le quedó dormida. De pronto una bala le atraviesa el pecho y le arranca el corazón de golpe. Una doctora que vivía junto al mesón del Águila trata de meterlo a su casa, pero llega la tropa del Rosalío Hernández y lo sacan de nuevo a la calle. Y termina el relato de esta forma: “La mejor sonrisa de Bufanda se las dio a los que levantaron el campo. Todos lo despreciaban, todos le dieron de patadas. Él siguió sonriendo”.

            Pero no todos los relatos son trágicos; hay algunos divertidos como “Las rayadas”, en el que un grupo de jóvenes está enfrente de una casa donde antes había una panadería. De pronto, apareceré solo Francisco Villa y les pregunta si ahí es una panadería. Le dicen que sí y les manda que le hagan “un poco de pan para los muchachos”. Ellos no saben hacer pan, pero no se niegan. Villa les pregunta qué necesitan. Ellos contestan: harina y dulce. Y se las manda. Para les ayude a resolver el problema llaman a uno llamado Chema que sólo sabe hacer “rayadas” (un pan de dulce que tiene una raya en medio). Y entre todos se ponen a hacerlas y cuando terminan se las llevan a Villa quien, al probarlas, exclama: “¡Qué buenas rayadas! Síganlas haciendo”.

            Todos los relatos tienen una forma nítida de mostrar los hechos bélicos que se vivieron en esa zona de modo que el lector se convierte en un testigo más, a través de esta ventana privilegiada, de los hechos que conmovieron y configuraron este país. No hay otro libro así, con este pulso, a pesar de que la revolución nos legó una literatura inolvidable como Los de abajo de Mariano Azuela o Vámonos con pancho Villa de Rafael F. Muñoz o El llano en llamas, de Juan Rulfo…

            El libro fue publicado por primera vez en La Habana, Cuba, en 1932, donde Nellie Campobello estuvo una breve temporada. En la década de los treinta el libro sufrió modificaciones y le agregó nuevos relatos hasta conformar el libro que ahora nos llega a las manos, un libro que fue ninguneado por la academia por haber sido escrito por una mujer, y, peor aún, por una admiradora de Francisco Villa.

            A pesar de ello, la autora, que también se distinguió como bailarina y maestra de la Escuela Nacional de Danza de la cual fue directora 40 años, no se dejó intimidar y escribió dos libros más de relatos bélicos: “Las manos de mamá”, y “Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa”, pero además publicó poesía como “Yo” y otro sobre la danza en México: “Ritmos indígenas de México”-

            Por mi parte recomiendo ampliamente Cartucho, libro actualmente publicado por el Fondo de Cultura Económica, y por ello fácil de encontrar en las librerías y a un precio muy bajo. En verdad, no se lo pierda.

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