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Centroamericanos en el camino: sufrimiento, hambre, rechazo y soledad no impiden sonreír y conservar la esperanza de que algo mejor viene

Texto e ilustraciones: Jorge Orlando Moctezuma Hernández *

Pedro es un migrante hondureño, lo conocí al lado de las vías en Celaya, alto, robusto, fuerte, se tapaba el sol con un gorro tejido color gris e iba en compañía de su hermano, su tez morena y sus labios gruesos le daban una expresión más bien fuerte, incluso agresiva… una fachada sin lugar a duda, un camuflaje, un disfraz aprendido como método de defensa ante tanta adversidad del camino. Pedro viajaba con su hermano y juntos decidieron dejar Honduras tras la muerte de su mamá quién falleció debido al COVID-19. Al fallecer ella, los despojaron de la casa en la que vivían – ¿Qué más se puede perder, si ya lo perdimos todo?- me dijo.

Pedro.

Los motivos

Si hay algo que compartimos en Latinoamérica es la gran desigualdad económica, ¿cómo sobrevives con el equivalente a 150 pesos diarios siendo responsable de una familia? Hay que pagar comida, renta, vestido, educación, transporte, ¿cómo salir adelante en esas condiciones? Por esa razón Irving decidió dejar su país, él es hondureño, inconfundible con sus casi 2 metros de estatura, su piel oscura y sus rastas teñidas de naranja y amarillo, ahora vende chocolates en los cruceros, juntando un poco de dinero y fuerzas para seguir en su viaje.

Irving

También hay quienes huyen de la violencia y la inseguridad, las Maras se han apropiado de la tranquilidad de un gran número de personas en Centroamérica, “te visitan a tu casa, te -invitan- a unirte a ellos, si no les das una respuesta afirmativa, alguien de tu familia recibirá una fuerte golpiza. Esa es la primer y única advertencia, después de unos días regresan, si vuelves a negarte, alguien con seguridad morirá”.

Eso fue lo que me contó Cristian, uno de los cinco migrantes que conocí cuando estaban sentados a la sombra de un mezquite junto a las vías del tren, un nicaragüense, dos hondureños, un guatemalteco y él, salvadoreño, de piel blanca, de veintitantos, delgado, se cubría con una gorra roja del sol y cargaba una expresión cansada, pero lo fortalecía una mentalidad de colaboración y unión que tanto nos haría bien en estos momentos a todos.

Cristian.

El camino

Aunque también hay mexicanos de los estados del sur, casi todos los “Pasajeros de la Bestia” vienen de Centroamérica, y la gran mayoría de Honduras. La distancia, depende de su destino, puede ser 2,800 km si el objetivo es Reynosa, o hasta 4,600 km si la meta es la ciudad de Tijuana, eso pensando en un camino lineal, sin retrocesos o fracasos, esos, también se cuentan por miles.

Dentro de esa larga ruta, Celaya es un punto clave. Es justo aquí donde los caminos se separan, uno va hacia Irapuato, Guadalajara, y sube por el desierto de Sonora hasta Mexicali, el otro, va hacia San Luis Potosí y llega a Coahuila o Tamaulipas. Por lo tanto, el número de migrantes que cruzan la ciudad es muy grande, unos van de paso, están apenas unas horas, mientras que otros se quedan algunos días, meses o incluso años.

El trayecto, obviamente no es fácil, sería un eufemismo decir que es una tortura o una pesadilla, hay varias dificultades que son constantes: el clima, el hambre, la inseguridad, la indiferencia. Un camino lleno de amenazas, de golpes, humillaciones, de robos, secuestros, violaciones y un larguísimo etcétera.

Edwin.

Todo empieza en Chiapas, una vez cruzado el río Suchiate, esa frontera natural entre México y Guatemala, los migrantes continúan a pie, caminan unas 50 horas hasta el municipio de Arriaga donde hay menos vigilancia en la estación del tren. Y ahí, en las faldas de los límites de la Sierra Madre, en medio de la vegetación, se pierden un par de líneas metálicas por donde corre día a día “la Bestia”, ese tren de carga que es al mismo tiempo una oportunidad y el peligro materializado para los migrantes.

Muchos han perdido la vida ahí, un barandal flojo o húmedo, la falta de fuerza por la mala alimentación, un zapato flojo, o el sueño que los vence cuando ya están arriba, son varios los motivos que los pueden hacer sufrir una caída, la cual normalmente termina en la muerte, son pocos los afortunados que terminan sólo con algunos golpes o fracturas, otros, lamentablemente sufren alguna amputación.

Edwin es uno de ellos, fue el segundo migrante que conocí, ese día estaba sentado sobre un durmiente, esas piezas grandes de concreto o madera que cruzan perpendicularmente las vías y que le dan fuerza a los rieles. Me acerqué y me contó que en diciembre del 2020 sufrió una caída, para marzo sus heridas aún no cerraban del todo, en su cara enmarcada por su largo cabello se notaban frecuentes muestras de dolor, en su mirada debajo de sus cejas tatuadas la desesperación.

Obviamente esa condición lo hace más vulnerable, subirse al tren es una opción casi inviable y prácticamente imposible, la alternativa es la caridad de las personas, Edwin teje rosas y cruces de palma, las ofrece en los cruceros y con lo poco que obtiene de la gente es que logra sobrevivir, durmiendo debajo de un puente.

Es ahí donde, apretados sobre un montón de ropa sucia colocada sobre el suelo, duermen cuatro, cinco o más migrantes, tienden a los lados unas cobijas viejas, carcomidas por el sol con lo que ganan un poco de privacidad, a unos metros una cazuela sucia con restos de comida y sobre unas piedras llenas de tizne son testigos de esa enorme capacidad de adaptabilidad. El clima no ayuda, Celaya se caracteriza por su calor agobiante que en estas épocas viene después de los aguaceros, por lo tanto ese pequeño espacio huele, a humedad, a sudor, a alcohol, a orina, a marihuana… a indiferencia

La indiferencia

Gran parte de la ciudadanía decide voltear a otro lado, negar esta realidad, suben la ventanilla en el semáforo, si van caminando, se cambian de banqueta. Los migrantes simplemente son “invisibles”, son rechazados y tienen que aprender a soportarlo, a fabricar una dura coraza, a fortalecer metas y su identidad, a evitar el conflicto y seguir adelante.

William.

William me lo reafirmó, estaba sentado sobre un montón de cartones, rompiendo cuidadosamente una bolsa negra, de esas que se usan para almacenar la basura, cuando le pregunté por qué hacía eso, me dio una larga explicación sobre su cuidado personal, la bolsa, una vez rota, sería extendida para ponerla sobre uno de los cartones y así, al subir al tren no ensuciaría su ropa, la ropa limpia para él, era una herramienta para evitar ser señalado como un vago, un adicto, un delincuente, desde su experiencia el hablar suave, y tener cuidado de permanecer siempre limpio le ayudaba a juntar más dinero para poder comprar algo de comer.

Por eso lavaba también su largo cabello rizado, por eso cargaba con su cepillo de dientes y su barra de jabón, por eso su mentalidad estaba enfocada en agradecer lo poco que tenía y lo que recibiría ese día por parte de aquellas personas que no lo verían con indiferencia.

La familia

La unión y la protección de los suyos es una fortaleza que fomentan mucho los migrantes, el cuidado del otro, la ayuda que reciben de sus pares les hacen el camino menos complicado, por esa razón van generando grupos a lo largo del camino, como aquél donde estaba Cristian o como ese otro donde viajaba Ovidio, un chico de piel blanca y cabello rubio, con una mirada tímida, los labios partidos por la deshidratación y con escasos veinte años, un joven que ante las escasas oportunidades de educación y los salarios precarios decidió partir, un joven que viajaba por primera vez y encontró en un grupo de cuatro hondureños la familia que dejó en Tegucigalpa.

Ovidio

Quien no dejó a su familia fue Dony, un joven con una actitud destacable, en todo momento bromeando con su pequeña hija de dos años que cargaba a sus hombros, compartía con ella sus ojos verdes y su cabello rizado, viajaba también con él su esposa quien tímidamente jugaba con la niña mientras hablábamos0 sobre su viaje.

Abraham y Yalitza viajan también en pareja, otro par de hondureños que han estado yendo de un lado a otro por los últimos dos años, tiempo en el cual su pequeña hija nació en nuestro país, debido a esto ellos podrían regularizar su estancia en México, pero la falta de recursos y la enorme burocracia de los trámites administrativos será otro de los obstáculos que enfrentarán.

Dony.

Ellas

La mayoría de las mujeres que viajan lo hacen en familia, y es que evidentemente el riesgo de una mujer aumenta considerablemente, los grupos de la delincuencia organizada las “cazan”, las violan o las usan para negocios de trata. Y cuándo no es el crimen organizado, los propios migrantes e incluso los miembros de diversas fuerzas de seguridad las acosan y abusan sexualmente de ellas.

Por esa razón son tan pocas, y el celo que guardan sobre su información personal es altísimo, incluso es difícil acercarse a ellas, con sobradas razones desconfían de todos y están totalmente a la defensiva, han aprendido a poner esa barrera y a avanzar a su ritmo, rompiendo y uniendo lazos siempre en favor de su seguridad.

Yalitza.

La esperanza

Y después de todo esto, después del sufrimiento, del hambre, del rechazo y la soledad, aún quedan momentos para sonreír, aun queda la esperanza de que algo mejor viene, por que para muchos como Luis, cada paso lo acerca más a tener algo, y lo poco que tenga es mejor que lo que dejó, que es nada. Así él con su sudadera naranja y azul y su mirada triste tiene completa confianza en llegar a un lugar donde por fin tenga a alguien con quien compartir sus sueños.

Por eso Juan Ramón orgulloso de su origen, sigue luchando día a día por darle un mejor futuro a su pequeño hijo de diez años, por eso las lágrimas rodaron por sus mejillas cuando pudo comunicarse por teléfono con él, por eso se llenó de orgullo cuando le dijo que iba bien en sus clases de inglés y matemáticas.

Juan Ramón.

Fraternidad

Afortunadamente esa soledad en la que viven su viaje no es absoluta, aún hay gente dispuesta ayudar, incluso organizaciones civiles como las famosas “Patronas”, quienes desde hace más de 20 años se han organizado, para ofrecer comida a los migrantes, aún con el riesgo físico que implica, empacan en bolsas los alimentos y agua, luego desde tierra y con el tren en movimiento a gran velocidad entregan esa ayuda a los migrantes.

Ese es quizá el ejemplo más mediático, pero existen muchos más, seguramente hay “pequeñas” historias de humanidad en cada ciudad a lo largo de la ruta. Personalmente he visto gente llegar con una mesa plegable, extenderla y ofrecer comida, vi como un joven repartía colchonetas a quienes hacen su vida debajo del puente, sé que los taqueros que venden en la zona les ofrecen comida al terminar su jornada.

Abraham.

En Celaya contamos con una de las 96 Casas del Migrante, que se distribuyen por todo el país, y en donde se ofrece comida, descanso y se atiende a aquellos migrantes que la visitan. Su máxima cualidad es la atención a aquellos migrantes amputados, gente cercana a esta institución me contó que es el único lugar en México donde se brinda este tipo de apoyo, y a través de la Cruz Roja internacional gestionan los traslados de aquellos que en algún otro estado de la República han sufrido la pérdida de alguna de sus extremidades a consecuencia de una caída del tren.

Una de tantas personas que contribuyen con esta causa me dijo hace poco “debemos sensibilizarnos ante este tema, el ser vivo por naturaleza migra, nosotros como seres humanos lo hacemos, todos tenemos el derecho al libre tránsito, todos tenemos derecho a buscar una vida digna, con mejor calidad y respeto … la mejor forma de ayudar es darles la orientación y la información de los lugares de asistencia, para darles la atención que se requiere para este tipo de población, en la cual ellos puedan recuperarse, para seguir su camino. Ellos no pidieron vivir esta situación, ellos no quieren quedarse en nuestro país, solo quieren pasar libremente para así llegar a su destino.”

Al final, una frontera solo es un abstracto, una línea en un mapa definido por un grupo de gente que nada tiene que ver con nuestra actualidad, después de todo, si el nacionalismo genera división y conflicto en lugar de identidad y unidad, no sirve para nada.

Jorge Orlando Moctezuma Hernández es amante de los gatos, los huertos urbanos y la cocina vegetariana, diseñador gráfico y artista plástico, con una especialidad y maestría en diseño editorial, docente hace 15 años. Facebook: Jorge Orlando Moctezuma Hernández

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