25 noviembre, 2020

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El español, más fuerte que nuncapitas de lenguaje

Enrique R. Soriano Valencia

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Nuestro idioma es la lengua más fuerte del mundo por múltiples razones: es la segunda lengua más usada en Internet (esto sin contar a China que tiene su propia red y no todos tiene acceso a la tecnología, ni la libertad de navegar –que esto último también es controlado por los dueños de las redes sociales cuando se critica la política norteamericana, como ahora con el conflicto iraní–); es la segunda habla más estudiada, después del inglés (particularmente, este último aspecto es importante porque quienes se encuentran en expansión de sus mercados, como los chinos, lo está estudiando); es el tercera idioma con mayor número de hablantes maternos, después de hindú y chino –aunque el primero es un conjunto de lenguas locales y el segundo, aunque uno solo, el mandarín, los del norte no se entienden con los del sur; para ello recurren a la escritura, que esa sí es invariable); el 15 % del Producto Interno Bruto de los 23 países que tienen el idioma español como oficial está vinculado al idioma, sin tomar en cuenta a los Estados Unidos de América, pero el 78 % de las transacciones comerciales en EE. UU. se hacen en español; y es idioma oficial –junto con el inglés y francés– de los órganos internacionales (ONU, Unesco, Pnuma; incluso la FIFA).

Para la mayoría de los especialistas en el idioma, el principal enemigo del idioma no es el inglés (en la mayoría de países hemos incorporado en nuestra habla coloquial anglicismos –vocablos de origen inglés, pero adaptados o calcados al español–). El problema es la pobreza. Esta obliga el desarraigo y la necesidad de abandonar la lengua local por obsoleta e innecesaria para la supervivencia (esta desgracia incluye las lenguas nativas de América).

La ventaja del español es que es muy sencillo de hablarlo porque cada letra del alfabeto tiene un solo sonido; con excepción de los dígrafos (ch, ll, rr, qu, gu), la Y (sonido de vocal i y de consonante ye; como en Rey y cayó (de caer); y la x (que tiene sonidos cs, como en examen; sh, como en Xicoténcantl; s, como en Xochimilco; y j, como en México (por lo tanto, los que lleven nombres como Judit o Jhónatan, deben pronunciarlo tal cual porque el sonido Y, no les corresponde). 

La ortografía y la gramática no son tan complicadas. Así nos lo parecen porque en las escuelas las enseñan sin lógica; sin atender a un razonamiento. Si se superara ese aspecto, sería una de las lenguas más sencillas de enseñar y comprender.

Además, tiene tal número de recursos (voz pasiva, voz activa, voz progresiva; 17 tiempos verbales; sintaxis, donde lo más destacable se puede favorecer al enunciarlo), que facilita la precisión, aspectos que muchos otros idiomas no poseen por ser totalmente rígidos e inflexibles (como el francés o el inglés, aunque este último ya incorpora palabras).

Salvo diferencias mínimas, una persona nativa de Tierra de Fuego (Chile, en el extremo del continente, frente al Polo Sur) se entiende sin problema alguno con un oriundo de San Luis Río Colorado, la población más al norte de México. Surgirán las pequeñas variantes de las lenguas locales (acaso un 30 % de incorporación de voces), pero con un pequeño esfuerzo es posible intuir su significado. Somos poseedores del mejor idioma que nos permite vincularnos y comerciar con 550 millones de personas en el mundo. A{l español, nuestra lengua materna,  deberíamos sacarle mucho más provecho.

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