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Jeremías Ramírez

Hace una semana publiqué la reseña del libro El ladrón de bicicletas de Luigi Bartolini e hice una comparación con la película que sobre esta novela realizó Vittorio de Sica.


La mañana del viernes pasado pase de la ficción a la realidad pues protagonicé el hecho dramático de la novela y la película: un ladrón puso punto final a mis más de dos años de ciclismo.


Durante un tramo de la ciclopista me persiguió en su propia bicicleta y finalmente me dio alcance. No hubo violencia, pero si un amago de sacar un arma. No quise averiguar si traía una o no. Así que no puse resistencia y se la llevó. Decidí regresar a mi casa de inmediato. Iba a ser una larga caminata pues estaba a unos cinco kilómetros, pero sin más dilación, casco en mano, emprendí el regreso.


Para mi fortuna, un kilómetro más adelante, me encontré a un amigo de mi esposa quien me llevó en su camioneta en mi casa y le agradecí a Dios no haber sido herido o asesinado.
Al principio no experimenté ningún temor o rabia, simplemente estaba sorprendido de que un hecho que estuve temiendo desde que empecé a montar bicicleta por esa ruta hace más de dos años, finalmente se hiciera realidad. Y lo temía porque unos kilómetros adelante de donde fui asaltado está el nido de los huachicoleros de Celaya. Y muchos me advertían que no pedaleara por allí, que un día me la iban a robar y quizá hasta con violencia.


Durante el primer año cada mañana salía con el temor de que ese día me iban a asaltar. Aunque mi mayor temor era que me dieran un balazo o me enterrara un cuchillo en la panza. Y llegaba a mi casa con un agradecimiento a Dios por llegar sin incidente que lamentar (salvo alguna ponchadura un par de veces).


Hubo días en que el temor me paralizó y no salí a pedalear. Pero luego me volvía la confianza y volvía a rodar. Y la confianza creció cuando la pandemia sacó a la gente a correr por esa ruta y a algunos otros a recorrerla en bicicleta. Por cierto, es una ciclopista muy usada por la gente que vive en los ranchitos cercanos, pues la bicicleta es su medio de transporte rutinario, especialmente de las señoras. Y pocos la usábamos para hacer ejercicio.


A medida que avanzaba la mañana e iba digiriendo el asalto se me fue encendiendo el coraje. ¿Por qué me estaba enojando?, me preguntaba mientras manejaba rumbo al consultorio de mi doctor. Y de pronto me di cuenta: no era el objeto, que por cierto es una bicicleta barata, la cual puedo volver a comprar, sin problema.


No, el robo era mucho mayor, de esas cosas intangibles de la vida, pero que son sumamente valiosas. Mi rabia era porque me habían robado la confianza, la de salir a esa hermosa ciclopista, de disfrutar las mañanas frescas, de contemplar el paisaje verde, de un verde que se enciende con la lluvia del verano mientras el sudor grato corre por la cara; la placentera lucha contra el viento, la de disfrutar la sensación de energía que nos regala el esfuerzo físico… ¿Volvería a salir por esa ruta? No, me la acaban de arrebatar, de robar… Ahí está, pero ya no es mía, como ya no son las calles, los pueblos, los bosques, las playas para muchos ciudadanos agredidos en esos lugares por los cuales ya no puede transitar en paz.


Pero no todo está perdido, como diría Fito Páez, ahora es tiempo de cambiar la rutina, de buscar nuevas formas de vitalizar el cuerpo habituado ya al esfuerzo, quizá de aventurarme a otras disciplinas deportivas como la natación. La imaginación no me la robaron y ya está trabajando. Esa es una bendición de quienes trabajamos en el arte: la imaginación siempre nos regala opciones de vida, y más aún si esta está fundada en una solida fe obtenida a través de la lectura de la Biblia.


Luego estuve pensando en el ladrón: un joven de unos 30 años con evidente carencia educativa y nutricional (le costó mucho alcanzar a un viejito que ya está llegando a los 70), y seguramente esclavo de las drogas, el alcohol y la violencia, sin un sentido trascendental de vida, ya sea en el arte o la ciencia o el deporte, o cualquier disciplina que nos hace mejores y hace significativa la existencia. Y sentí lástima por esa vida extraviada, sin sentido más que de conseguir lo inmediato, sin sueños, sin el poder de hacer cosas interesantes que lo llenarían de plenitud. No lo sé, quizá especulo de más, pero comparé todas las experiencias hermosas que me ha dado la vida y que él no conocerá jamás. Se ha secuestrado a sí mismo. Como no soy ladrón me pregunto qué sentido de trascendencia puede dar el delito, y más aún si en el robo se acaba con la vida de alguien. ¿Será como me dijo una psicóloga amiga mía quien atendió a un sicario? El tipo estaba devastado, y dentro de él había un infierno que le hacía más insoportable la vida, pero estaba atrapado y no encontraba una salida.


Luego me dio por pensar en nuestro país, infestado de ladrones, desde los ratoneros, como los que nos asaltan en la calle o en el trasporte público, hasta los que nos acechan detrás de un cargo público o dirigiendo una empresa o en un negocio vendiendo productos chatarra o con sobre precio… O nosotros mismo escamoteando el tiempo laboral… O la paz de los vecinos con nuestra música a todo volumen… O con nuestra conducta agresiva cuando vamos manejando o irresponsable tirando basura, contaminando…


Ha llegado la noche. En el patio de mi casa hay una ausente cuyo hueco lo sentiré no sé cuántos días. Ella y yo teníamos un acuerdo tácito de beneficio mutuo. Ella me regalaba la oportunidad de volar sobre dos ruedas y yo a cambio la cuidaría todos los días de su vida. Su ausencia me ha hecho recordar que cuando era niño mi mayor sueño era tener una bicicleta y nunca la tuve. Esta me llegó de viejito, y aunque la aprecié mucho sé que no tengo el valor sentimental que le hubiera dado cuando yo era un niño. Ahora era sólo un instrumento para energizar mis gastados músculos y no un instrumento de máximo placer (aunque me lo daba), como el que sentía cuando iba a rentar una bicicleta, y aunque estuviera vieja y sucia, me hacía inmensamente feliz.


Se ha ido mi dama. Espero haga feliz a alguien y que a cambio ella sea correspondida…

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