30 noviembre, 2020

Voces Laja Bajío

Juntos llegamos más lejos

De Democracia y Burras

3 minutos de lectura

Dedicado a los viejos gatilleros del periodismo

Gabriel Ríos

Hace ya veinte años que presenté, a quien era mi jefe en una universidad privada, una propuesta
de investigación acerca de la Democracia Participativa, sabiendo que me iba a mandar a freír
espárragos, así como ya lo había hecho con otras propuestas.

Hoy en día, a nivel de la vida real, la Democracia intenta devenir en Democracia Comunitaria, algo
casi utópico, porque llevamos casi tres siglos de individualismo, es decir, de Democracia
Representativa, donde el que tiene más saliva traga más pinole, y donde la corrupción anidada en
el más decantado egoísmo ha olvidado el valor del accionar social. Adam Smith avaló con su libro
sobre la riqueza de las naciones el sofisma de que actuar individualmente (la “mano invisible”) era
el secreto para acabar con el predominio de la realeza sobre la economía de los Estados. A finales
del siglo XX, el ahora Profesor Emérito danés Bengt-Ake Lundvall habló de la “mano bien visible”
de las empresas trasnacionales.

La Thatcher, Reagan y Juan Pablo II retomaron el hilo de Smith, pero esta vez no contra la realeza
sino contra los gobiernos convertidos en empresarios ineficientes, con balazos directos al sistema
comunista de la Unión Soviética y sus satélites. O sea, la misma burra pero revolcada en otro lugar.
Más recientemente, y a una distancia de casi sesenta años, el mulato egoísta Obama se beneficia
del legado comunitario del Pastor Afroamericano Martin Luther King, pero con el individualismo
por delante. Los neoliberales, so pretexto de eliminar al Estado-Empresario, soltaron nuevamente
a la fiera de la corrupción. Otra vez la burra al trigo.

La corrupción en sus diversas formas abreva en un sistema organizacional donde cada quien a su
modo evade sus deberes cívicos. Los políticos se vuelven gestores de grandes intereses, los
periodistas chayoteros (y gatilleros) ayudan a esos políticos a darle al pueblo atole con el dedo (o a
amedrentarlo), y, finalmente, la flojera, el egoísmo y la ignorancia de muchos ciudadanos, lubrica a
la corrupción con dádivas y exacciones que terminan en el callejón de la impunidad y la injusticia.
Vale recordar al gran brasileño Paulo Freire, quien dejó en claro que los pobres son los únicos que
pueden salvar a los ricos. Yo voy más allá. La actitud de los pueblos primitivos de América (no me
gusta la palabra “originarios”) hacia la Naturaleza, así como sus formas de organización orientada
a la colectividad en la toma de decisiones, son las insignias que pueden canalizar lo poco bueno
que le queda a la raza humana, antes de que la Naturaleza la castigue con su desaparición, de la
cual no se van a salvar ni los potentados.

Aunque Einstein fue tajante sobre la tontería que es insistir en repetir acciones que no dan
resultado, existe un puñado de poderosos que se la vive revolcando burras en diferentes lugares, y
una multitud de tontos que siguen esperando que les “oferten nuevas burras”. Lo malo es que nos
llevan entre las patas de esas burras a quienes intentamos usar las luces intelectuales para lograr
el bien común. Entre la ambición y la ley de rendimientos decrecientes tan sólo hay un paso.

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