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Chispitas de Lenguaje.

Enrique R. Soriano Valencia
El 1 de noviembre la iglesia católica rememora a todos los santos y que el sincretismo con las fiestas mesoamericanas llevó a reconocer como la noche en que las almas de los menores fallecidos visitan a los adultos vivos; el día siguiente quedó para los fieles difuntos (adultos) y en México los niños piden regalos denominados «calaverita».

La palabra muerte nos llega desde el indoeuropeo (lengua bisabuela -por llamarle de una forma- del latín). De ahí viene la raíz mor- que llegó hasta el latín con las voces mor, mortis y de las que procede muerte en español y sus derivados como el verbo morir.

Es uno de los vocablos más antiguos. Es natural que así sea pues los enterramientos son los elementos que permiten ya reconocer la especie humana. El factor de la consciencia, reflejado en actos concretos es lo que diferencia a los primeros seres humanos de las otras especies de homínidos.

En el reino animal se observa que algunas especies tienen lugares favoritos para morir; en otras por filiación salvan la vida de congéneres (aunque otras, simplemente los abandonan) o hasta extrañar la ausencia (con algunas más que tampoco parecen recordarlos). Pero solo el ser humano realiza enterramientos. Tan solo ese hecho ya presenta un acto de conciencia pues identificaría la necesidad de evitar algún mal a los vivos a causa de la putrefacción de un cuerpo. Si a ello agregamos que un enterramiento puede estar acompañado de ofrendas –sean o no utensilios del mismo difunto o cualquier otro elemento que el rodee: hasta su propia mascota– entonces estamos ante una cultura mucho más estructurada pues presume una vida después de la muerte.

El lenguaje se da como parte natural y necesaria para nombrar los elementos que rodean al hombre en sus actividades para la supervivencia. Entonces, es natural que el vocablo muerte sea uno de los más antiguos y contemporáneo de voces que señalaron utensilios de cocina y guerra.

Otra de esas voces antiguas es el vocablo lumbre. Procede también de indoeuropeo leuk, que derivó en el latín a lux y lumens. Ambas palabras están relacionadas con la luminosidad y también con la materia encendida con fuego.

De ahí que no sea extraño que el manejo del fuego se haya asociado a los ritos mortuorios y que esta costumbre, a su vez, haya dado la idea de que acercar fuego a un muerto esté relacionado con iluminar su camino o simplemente ofrendarlo como parte de un ritual.

Menos antigua es la palabra calavera. Procede del latín calvaria que tuvo por significado algo pelado, descubierto totalmente. De ahí surgió primero para identificar a alguien calvo, es decir, sin pelo, descubierto totalmente por la ausencia de velocidad en la cabeza y después derivó a calavera, de donde también se generó el vocablo calaca, referido a todo el cuerpo humano presentado como esqueleto.

En virtud de que en México la muerte se identifica como la dualidad necesaria para la existencia de la vida, no fue un concepto tan de horror o temible como sucedió en las civilizaciones europeas.

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