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Jeremías Ramírez

Reviso en internet la zona de los Cárpatos y descubro montañas agradables y una campiña hermosa e interesante, lo cual me dificulta entender de dónde surgió la imagen terrorífica de que esa zona es vampírica, que se ha impuesto a esta parte de Rumanía a través del cine y la literatura.

               Un libro tiene la culpa: Drácula de Bram Stocker. Yo creía que de aquí había arrancado esa imagen, a pesar de que Stocker, dicen, se inspiró en la sangrienta contribución del conde Vlad III, o Vlad «El Empalador», para crear al vampiro más famoso de todos los tiempos.

               Ahora encuentro en esta novela de Verne que esa idea de que en esa zona hay vampiros (y otros entes terroríficos) viene desde hace muchos años. Dice Verne: “Así suceden las cosas en algunos parajes supersticiosos de Europa, y Transilvania puede ocupar el primer lugar entre ellos… ¿cómo hubiera podido romper este pueblo de Werst (pueblito ubicado en esta zona e inventado por Verne) con las creencias en lo sobrenatural? … Afirmaban que los hombres lobo recorren la campiña, que los vampiros beben sangre humana…”.

               Ah, sorpresa, la idea de los vampiros transilvánicos ya existía mucho antes de que Bram Stocker creara al conde Drácula. Es más, encontramos que el folclore eslavo (especialmente polaco) había inventado a un tipo de vampiro llamado “estrige” y que se le describe como una mujer que ha sido deformada por una maldición”.

               El famoso castillo de la novela —una invención de Julio Verne, para crear un ambiente terrorífico que le permitiera contar una historia de horror— es el personaje principal, pues desde el inicio se impone como un ente capaz de aterrorizar a un pueblo, sobre todo cuando da signos de vida al momento que de una de las torres se eleva una sutil columna de humo. Pero, además, por las noches aparece de pronto un resplandor y se oyen aullidos como el de los “estigres”, que se llaman así porque “lanzan gritos de lechuza”, afirma Verne .

               La narración abre con un personaje singular: el pastor Frik, que cuida los rebaños del juez Koltz, quien gobierna el pueblo. Este rústico hombre de unos sesenta años avizora la columna de humo con el telescopio que un judío trashumante le acaba de vender y lo compra para revendérselo a su amo y obtener así una pequeña ganancia.

               Y Frik acierta pues cuando le muestra el catalejo a su amo para que advierta la columna de humo, este queda encantado con el catalejo, pero al mismo tiempo, queda intrigado por el humo. Pronto se arma un revuelo en el pueblo pues no aciertan a saber si el castillo ha sido ocupado por seres humanos o fantasmales. El enigma necesita ser resuelto, pero ¿quién de ellos se atreverá ir al tenebroso castillo y descubrir el misterio? Todos se echan par atrás, pero de pronto una voz dice: “yo”. Se trata Nic Deck, el guardabosques, futuro yerno del juez Koltz, quien además involucra a Patak, el médico del pueblo, hombrecillo fanfarrón quien dice no creer en fantasmas.

               Al día siguiente emprenden su marcha, que se torna dificultosa por lo agreste del bosque circundante al castillo el cual se eleva en un montículo rodeado de cañadas. Y cuando parece que la aventura culminará con éxito pues el aplomo del guardabosques lo lleva a escalar el muro por una cadena del puente levadizo, sufre una caída al recibir una descarga en la parte superior del muro. Nic Deck, lastimado por la caída, y Patak, aterrorizado, emprenden el regreso, derrotados.

               Da la casualidad que cuando Dick y Patak regresan, llegan a la taberna-mesón de Jonás dos viajeros: Franz de Télek , el conde de Krajowa, y su asistente, Rotzko, antiguo soldado. Télek ha reiniciado sus viajes para recuperar su ánimo perdido tras cinco años de pena por la muerte de una famosa cantante italiana, la Stilla, con quien se iba a casar. Mientras Télek está en la taberna se entera que el pueblo está atemorizado por los extraños sucesos en el castillo cuyo dueño, —una segunda casualidad—, es propiedad de su enemigo: el barón Rodolfo de Gortz, quien también estaba enamorado de la Stilla y era su fiel seguidor pues se presentaba en todos los conciertos de la artista, cuya presencia la aterrorizaba y por ello había decido terminar su carrera y retirarse a la vida privada con Franz de Télek. Y justo, en el último concierto, cae muerta en el escenario.

               Como buen agnóstico, de Télek les promete que dará aviso a la policía para que investigue qué sucede en el castillo y así devolver la paz y la tranquilidad al pueblo de Werst. Sin embargo, de camino a un poblado donde piensa llegar, se desvía hacia el castillo. Llega con las primeras sombras de la noche y ve que por una de las ventanas se asoma su amada Silla y oye su voz que canta las últimas estrofas de su concierto antes de morir. Esto enciende la pasión del conde y decide entrar.

               Cabe señalar que la parte más pobre narrativamente hablando de esta novela es justamente este pasaje que Verne pudo haber explotado creando un ambiente realmente terrorífico, pero se pierde junto con su personaje por los oscuros pasillos del castillo en ruinas y en vez de narrar, de mostrar, en su apresuramiento por llegar a la final de la historia, explica. Oh, qué decepción. Todo iba tan bien…

               Esta novela casi me derrumba la imagen de Verne como un narrador, pues era un escritor dotado de una gran imaginación. Al final, su capacidad narrativa no le alcanza para explotar lo que en su cabeza seguramente estaba claro.

               El castillo de los Cárpatos es un intento de Verne por crear una novela de terror con destellos de ciencia ficción, pero como no lo logra, le regala a Bram Stocker el privilegio de ser quien escriba la gran novela de terror teniendo como escenario esta zona geográfica de Rumania.

               Ahora sólo me resta buscar el tomo II (con todo y sus imperdonables erratas) para continuar de pasajero en sus “Viajes extraordinarios”.

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