7 mayo, 2021

EL VINO DEL ESTIO Ray Bradbury

Jeremías Ramírez

“La mano fresca del otoño entró lentamente en el pueblo, y todo pareció suavizarse…”. La aventura de Douglas Spaulding en ese intenso verano estaba por terminar.

            Ray Bradbury (1920-2012) fue uno de los mejores escritores de ciencia ficción de Estados Unidos. Saltó a la fama con este género con su novela Crónicas marcianas, pero no todo lo que escribió pertenece a este género.

            El vino del estío o del verano no es una novela de ciencia ficción sino una novela que  se basa en su experiencia de niño cuando vivió en Waukegan, Illinois, su lugar de origen, un pequeño poblado rural cercano a la ciudad de Chicago, en la década de los veinte.

La novela reconstruye literariamente uno de sus veranos en ese pueblo y su mirada creativa va más allá de la simple rememoración de hechos para crear una historia realista con un alto toque imaginativo y fantástico.

            Para empezar, Waukegan se convierte en Green Town un pueblo, que, a decir de los críticos, no se parecen entre sí. Cuando lo cuestionaron, Bradbury afirmó que ante los ojos de niño cualquier lugar es hermoso.

El título de la novela surge del abuelo del protagonista quien en el verano se dedica a fabricar vino de diente de león, llenando botellas y botellas en una labor metódica y paciente en la que participan él y su hermano Tom, y al mismo tiempo exploran incasablemente todo su entorno. Cuando el verano termina, las flores de diente de león desaparecen y el abuelo detiene su actividad productiva.

El protagonista es un niño de 12 años: Douglas Spaulding, cuyo nombre surge de la combinación de dos nombres: el del autor y el de su padre. Bradbury se llamaba: Ray Douglas Bradbury; y su padre, Leonard Spaulding Bradbury.

La historia se inicia el primer día del verano de 1928 y culmina la noche en que esta estación termina.

Durante este verano Douglas Spaulding percibe el entorno maravilloso cargado de poesía e imaginación de su pueblo y advierte su fragilidad y fugacidad: personas, objetos y lugares entrañables desaparecerán ese verano para siempre. Entonces se da cuenta que la vida es una permanente mudanza, un permanente cambio, un aparecer y desparecer. Hay muchas cosas que por entrañables que sean, como un familiar querido, se irán para siempre. Y el mundo que alimentó su imaginación un día desaparecerá incluso de la memoria.

Esta mudanza dolorosa e iluminadora la experimenta al lado de su mejor amigo y compañero: su hermano Tom, al que se agregan otros amigos como John Huff y Charlie Woodman, pero también varios adultos participan como su padre, sus abuelos, su bisabuela, algunos adultos del pueblo como la señorita Helen Loomis, el entrañable coronel Freelight, la señorita Bentley, el señor Tridden…

En esa exploración de un mundo, que parece infinita, estimulante, fascinante, va apareciendo ante los ojos del lector en capítulos episódicos en los que los personajes que viven diversos sucesos emotivos, sensibles, mágicos, ordinarios, pero al mismo tiempo singulares y extraordinarios, capítulos que se enlazan con una hebra crónico temporal muy sutil que los une. De momento parece que no hay esa relación consecutiva, y cuya unión se une bajo la pulsión emocional de los recuerdos; sin embargo, cuando tomamos distancia, como para ver un paisaje, podemos distinguir el fino entramado que conecta los diversos elementos.

 Los sucesos narrados son tan extraordinarios que no importa si no siguen una línea cronológica. Por ejemplo, cuando el inventor del pueblo le piden que construya una máquina que haga feliz a la gente. Estimulado por el reto se da a la tarea de crear algo fabuloso que rescate a la humanidad de la tristeza. La máquina es tan maravillosa que quien la usa vive momentos tan intensos que cuando sale de esa máquina lo arrebata una desolación tan profunda pues sabe que nunca en la vida real alcanzará tal éxtasis. Profundamente decepcionado destruye la máquina, pues vale más la vida que una experiencia sensitiva intensa pero artificial.

Una de las grandes preocupaciones del Douglas es el tiempo. Advierte que el tiempo es como un tren inmenso que pasa y no vuelve y que sólo le toca contemplar unos cuantos vagones y nunca conocerá los que van adelante o les que vienen detrás, sólo ese fragmento específico en el que está ante el paso de los vagones.

Pero también descubre que hay una manera eficaz de viajar a través de la memoria. Cuando visitan al envejecido coronel Freelight y éste les narra el paso del bisonte por estas tierras, batallas que se sucedieron hace muchos años, los conflictos con los indios, y Douglas y sus amigos se sienten transportados a esos tiempos, pues el coronel revive ante sus atónitos ojos infantiles sucesos majestuosos que a él te toco vivir.

Y en esa preocupación por el tiempo se dan eventos disímiles y maravillosos como el encuentro de la señorita Helen Loomis con un joven periodista que se enamoro de ella cuando la vio en una foto en el periódico en el que trabaja. Un día, cuando este joven va con Tom a la nevería, la encuentra, pero Helen Loomis ya es ahora una anciana. Y a partir de ese momento la visita en su casa y pasa largas tardes charlando con ella. En esas charlas se da cuenta de que es la mujer con la que desearía compartir su vida, pero se han encontrado a destiempo y eso imposibilita cualquier relación amorosa.

En cada capítulo Bradbury va dibujando escenas de ese mundo idílico de su infancia en el que hay una espada de Damocles que amenaza con desaparecer todo lo entrañable: sus amigos, el tranvía, las vivencias del viejo general cuando este anciano muere casi al final del verano y con él desaparecen esos mundos fabulosos, cuyos girones fueron plasmados en un cuaderno por Douglas.

También ese verano muere la bisabuela y toda la forma osada de vivir de la anciana se van con ella. Y una victima más del tiempo: la bruja del Tarot, una muñeca que adivina el destino o suerte de quien la consulta insertando una moneda en su caja. Ella, muñeca mecánica, que parece revivir y en una carta de Tarot escribe su mensaje, cuál pajarito de la suerte o la galleta de la suerte. Douglas la quiere rescatar y revivir pues cree que es víctima de un hechizo. Finalmente logran sustraerla, a pesar de que el dueño logra alcanzarlos cuando una noche la llevan a cuestas e intenta destruirla.

En la novela flota un aire poético, mágico, sublime. Los personajes ordinarios se transforman en seres extraordinarios, como Jonás, el ropavejero, que pasa a horas inusuales por el pueblo regalando (o más bien, redistribuyendo) objetos que recoge o le entregan a cambio y las regala a otros que sienten que ese objeto es tan importante para ello. Y a cambio le entregan otros objetos.

Este Jonás llega una noche hasta la cama de Douglas, que su madre ha puesto bajo un árbol, buscando su madre que el aire fresco de la noche de verano le ayude con la fiebre que lo tienen al borde de la muerte. Jonás había acudido a ver al niño, pero la madre del pequeño, no le permite verlo. Por ello, cuando esa noche su madre y Tom se retiran a descansar Jonás se acerca y le entrega dos botellas con aire, un aire especial que ha sido colectado en esas botellas de diversos lugares trayendo la esencia fresca que finalmente al beberlos Douglas por su nariz le traerá alivio a su fiebre, la cual milagrosamente alivia a Douglas.

Cada personaje y sucesos ese verano es tan fantástico que se dan la mano lo real y lo mágico e inadvertidamente llevan a los lectores de la mano a rememorar nuestras propias vivencias mágico-infantiles, las que descubrimos dotaron nuestra vida de poesía Y que es esa poesía la que nos permite, aun de viejos, seguir soñando con mundos fabulosos que surgen en el maravilloso universo de nuestra imaginación.

Ray Bradbury

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