16 mayo, 2021

Enfermérides

Arturo Miranda Montero

Nuestra mítica noción del tiempo casi nos obliga a celebrar un día sí y otro también cuanto acontecimiento, nombre, santo o héroe se nos ocurre en las coordenadas calendáricas. Perece que nos gustan los astros a lo lejos para atraerlos hacia nosotros y celebrar el acontecimiento de cualquier aniversario y escribir en un libro los hechos que importan de cada vida.

Por tanto, los días festivos se enumeran para organizar los calendarios cívicos o religiosos que suman todo el año. Mi cumpleaños y mi santo, el héroe que en tal fecha le arrancó a la epopeya un gajo, el santo que hizo el milagro que le significa advocaciones, los tiempos de vacancia festivalera y días de guardar que ya no se guardan como antes. Todo ello nos llama a fiesta, celebración ruidosa y hasta la pasión del crucificado sirve para borracheras.

Fiesteros, creemos que la vida no debe ser aburrida, y menos cuando una pandemia nos ha obligado a resguardarnos. Y como la natalidad mercantil del que se hizo hombre se aproxima, se tienen calendarizados los momentos que acercan multitudes: posadas, iluminaciones de calles y callejones, casas y fachadas, árboles y rincones, cenas y saraos, familias y amistades, compañeros y vecinos. Todos a amontonar el festín extorsionador de los sentimentalismos.

No importa al parecer que sepamos (o ignoremos) que las reuniones de las personas con sus aerosoles expirados y aspirados por hablar, gritar, cantar, estornudar y toser llevan al sarscov que enferma de covid19, amén de las otras infecciones de la temporada. Así nos irá cuando el tiempo de la fiesta sea una efeméride de los contagios pandémicos registrada en bitácoras medicas e históricas de porvenir .

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