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Arturo Miranda Montero

Ya se anunció el medio siglo del Cervantino para el año próximo.

Salvo en 1985, desde 1972 se ha efectuado anualmente esa política federal “por el acervo cultural que representa, (y) porque constituye un fuerte motivo para la promoción turística”.

Medio siglo de un proyecto que nació a la par de Cancún y Los Cabos para promover polos turísticos como política pública que diversificaría la oferta hasta entonces conocida. El cervantino se ubicó en la ciudad de Guanajuato para impulsar su recambio vocacional: de la minería a la industria turística matizada de cultura.

Pueden trazarse tres etapas en ese devenir. El inicio y auge con su institucionalización decretada y el muchísimo dinero petrolero que propició los mejores años con los mejores del mundo. Luego, con la masificación televisiva, expandida con disciplinas traídas y llevadas para “acercar” la cultura a los más, con lo que las aglomeraciones se sucedieron hasta la fecha en que la calle es el motivo para eso. Y, al fin, la inclusión de invitados que traen lo que pueden y entienden.

En nuestro país nada se evalúa seriamente. El FIC no es la excepción. Sujeto al vaivén político presidencial, las decisiones y financiamientos han quedado sujetos al presidencialismo. Un buen día Echeverría; otro López Portillo y su esposa; luego, Fox y el “organismo descentralizado de la Administración Pública Federal”, para enseguida desaparecerlo. Han pasado las responsabilidades del tingo al tango: educación, consejo de cultura o secretaría de cultura. La presencia casi testimonial del gobierno estatal, de los municipales y de las rectorías de la universidad no han ayudado a entender lo complejo e intrincado de esa política. Y el cincuentenario ya se tiñó de campaña electoral. Lo que nos faltaba.

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