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Arturo Miranda Montero

A mucha gente las mujeres feministas les parecen lejanas, ajenas a lo propio. Preferirían verlas tradicionales: buenas, abnegadas, frágiles y merecedoras del cielo, sobre todo si cada una es recatada y Tota Pulchra.

Creer que sus ideas nada tienen que ver con nosotros es, mínimo, miopía. El historiador Alfredo Ávila enlistó unos cuantos “conceptos importados de ayer y hoy”: Soberanía popular, república, federalismo, tolerancia, laicidad, derechos, liberalismo, socialismo, sufragio universal, igualdad ante la ley, equidad, feminismo. ¿Continuamos? Toda la palabrería utilizada en los discursos políticos contiene esas palabrotas y ya les quema el hocico.

¿Por qué enoja tanto a tantos que las mujeres reclamen derechos? Las demandas iniciales fueron, nunca hay que olvidarlas, trabajo digno con salario igual por jornada y acceso a los alimentos, vivienda y salud. Es decir, derechos de todo ser humano. Negarles a las mujeres la equidad salarial, laboral y legal no tiene asidero alguno en el siglo donde ellas ya son la mayoría.

Y si además reclaman el derecho a su cuerpo, muy su obvia convicción de ser mujer. Sólo quienes las quieren como posesión, como cosa para satisfacer existencias ajenas, pueden agredirlas.

Hoy por hoy, a nadie que se precie de ser hombre y mujer de bien le puede parecer justificable toda suerte de violencia sobre ellas. Esa es la demanda principal: ¡Alto a la violencia contra las mujeres!

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