26 febrero, 2021

Voces Laja Bajío

Juntos llegamos más lejos

¿Fue un sueño?

5 minutos de lectura

Jeremías Ramírez Vasillas

Guy Mapaussant (Francia, 1850-1893), fue uno de los grandes cuentistas que definieron de alguna forma el rumbo del cuento moderno. Sus cuentos se caracterizan por su estilo sencillo y realista, y estilo que le permite transmitir lo más sórdido y oscuro del comportamiento humano.

Una muestra contundente de su estilo es el cuento ¿Fue un sueño? de Guy Mapaussant el cual me hizo recordar el libro País de mentiras de Sara Sefcovich, y una sentencia de San Pablo.

            En este cuento, un joven queda desolado cuando se muere la esposa. Para aliviar su pena se va de viaje. Cuando regresa, mucho tiempo después, va al panteón a llorar sobre el sepulcro de su amada. Pasa largas horas sobre la losa fría. Anochece. Él quiere pasar allí toda la noche, pero teme que los custodios del cementerio lo expulsen. Para evitarlo se esconde en lo más recóndito del panteón y espera.

            Cuando ya no hay ninguna luz regresa a la tumba de su amada, pero no logra localizarla. Cansado, se sienta en una tumba. De pronto, advierte que la lápida se mueve. Se levanta sorprendido y ve como la losa se levanta y sale un esqueleto. En la cruz puede leer: «Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.» Pero el muerto toma una piedra y empieza a borrar el epitafio y sobre él escribe: «Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo, y murió en pecado mortal.» Y después ve como todos los muertos hacen lo mismo declarando haber sido “atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos. Aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables, sus esqueletos escriben la terrible y sagrada verdad de sus vidas, verdad que trataron de ocultar en vida, y que todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos”.

            Entonces corre a buscar la tumba de su amada y cuando llega ve que han cambiado su epitafio. Originalmente decía: “Amó, fue amada, y murió”. Ahora dice: «Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su esposo, pilló una pulmonía y murió».

            Este cuento es fantasía pura, pero pone el dedo sobre una realidad humana: la proclividad de la mentira. La mentira es una especie de defecto congénito, que los niños aprenden pronto. Algo dentro de nosotros que nos impulsa a tratar de engañar a los demás y a uno mismo. En la vida, todos nos convertirnos en actores (hipócritas eran llamados los actores del teatro clásico porque fingían una vida que no es suya) buscando convencer a los demás de lo que no somos. Parece ser un mecanismo de sobrevivencia, pero no nos detenemos ni cuando vemos que esa mentira nos lleva inexorablemente a la ruina.

Y me pregunto ¿por qué?, ¿qué necesidad hay de ir tras esa mascarada que cumplimos todos los días? ¿quiénes somos en realidad?

            Fue por ello que recordé ese libro de Sefcovich en la que va dando cuenta pormenorizada de todas las mentiras que los políticos, los empresarios, los periodistas, y un ejército de opinadores que mienten descaradamente.

Esta proclividad de la mentira es brutal cuando revisamos las redes sociales. Quienes usan esta plataforma malignamente persiguen dos objetivos: dañar la imagen de los demás y crear una imagen propia, una imagen de inteligencia, honradez, sinceridad…

            Precisamente, en ese momento, en México, están saliendo a la luz escándalo tras escándalo develando la verdadera faz de muchos políticos y empresarios. ¿Será por esos que los más privilegiados han salido a las calles a detener el proceso de descobijamiento, argumentando que aman al país? ¿Es verdad que su interés es “salvar” a México?

            San Pablo escribe en la Carta a los Gálatas 6:7: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”.

            La peor mentira no es la que le decimos a los demás, sino que nosotros somos víctimas de nuestras propias mentiras. Pero, así como hay leyes físicas inviolables, las leyes morales (que los libros de antropología consigan la existencia de estos códigos morales en todos los grupos humanos que guardan entre sí enormes coincidencias) regulan la vida. ¿Algún día seremos llamados a juicio y ahí se descubrirá nuestra verdadera faz? En el cuento de Maupassant, los esqueletos salen a desenmascarar sus propias existencias. Parece que el escritor nos dijera que una vez sentenciados fueron obligados a decir la verdad de sí mismos.

            Seguiré leyendo a Maupassant pues en sus cuentos va evidenciando muchos sinsentidos del ser humano. ¿Será por eso que murió afectado por la locura?

No lo sé, sólo sé que fue un joven brillante, perspicaz, que se formó como escritor profesional con el gran Gustave Flaubert y en su círculo literario.

En su corta vida publicó más de doscientos cuentos, de entre los cuales destacan Bola de sebo (en el que retrata la miseria moral de la gente bien) y El Horla (un cuento de terror estremecedor). También escribió seis novelas cortas, pero estas son poco conocidas.

Los cuentos de Mapaussant son muy fáciles de localizar, tanto en internet como en papel. Muchas editoriales han publicado selecciones diversas de sus cuentos, como Editores Unidos Mexicanos que tiene un grueso volumen que recoge la mayoría de sus cuentos, y pese a ser un libro muy gordo, es muy barato. Este libro se puede localizar fácilmente en las tiendas de autoservicio, donde regularmente exhiben sus obras.

Busquen a Mapaussant, lean a Mapaussant, y enriquezcan su vida en el gran espejo de la literatura.

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