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Tifón, novela de Joseph Conrad

Jeremías Ramírez

Sí, hay cosas que no se aprenden en los libros, le dijo el capitán Mac Whirr a Jukes, el segundo de a bordo de la nave Nan-Shan. Y Jukes recuerda esta frase al final de la novela porque, a pesar de que a Jukes el capitán le parece un majadero, reconoce que supo encontrar una buena solución al problema que enfrentaron después de la tormenta.

            El capitán MacWhirr pudo haber tenido una vida apacible siguiendo el oficio familiar, pero sin darle explicaciones a sus padres, cuando aún era un adolescente, desapareció de su casa y se enroló como marino, oficio en el que se desarrolló hasta alcanzar el grado de capitán. Como marino profesional era un hombre práctico que se caracterizaba por su honradez y confiabilidad y por tener un carácter firme e inalterable, que se expresaba en la parquedad de sus palabras. Sí, MacWhirr era un hombre de pocas palabras.

Y en este viaje, que pudo ser de rutina, le sale al encuentro un tifón tan poderoso que nunca en su vida de marino la había visto. Pero con esa templanza que lo caracterizaba, en vez de rehuir la tormenta, decide encararla a fin de cumplir al pie de la letra su cometido: llevar a su destino a un grupo de trabajadores chinos que regresan a casa después de muchos años de trabajo.

            Pero enfrentó al Tifón porque confiaba en la solidez que tenía el Nan-Shan, un barco de vapor recién construido y que tan pronto salió de los astilleros lo pusieron en sus manos, y él sabía de su buena factura.

            Al inicio de la travesía todo era calma y así navegó durante varios días. Y mientras Conrad nos narra la rutina inicial del viaje nos va describiendo a los personajes principales. Por ejemplo, nos dice que Mac Whirr era un hombre modesto y silencioso, padre de familia, que confiaba no sólo en su nave sino también en su experiencia y está era más certera que los consejos que encontraba en los libros y en los manuales. Esta experiencia lo llevó a desdeñar la peligrosidad y ferocidad del tifón que se le venía encima.

El primer oficial Jukes, en cambio, no tiene la templanza de su jefe y prefiere escabullirse de los problemas; por eso le pide al capitán evadir la tormenta, aunque se tarden mucho más tiempo en cumplir su comisión.

Y Rout, el jefe de máquinas, un tanto pragmático, lo único que tiene en mente es luchar duramente para que la nave no deje de funcionar y avance en todo momento. Pegado a la caldera dirige a sus fogoneros.

Cuando empieza la tormenta, todos los tripulantes luchan contra la tormenta, pero temen que la nave sucumba en cualquier momento. Muchos de sus aparejos se van haciendo trizas ante la violencia del viento. Y mientras ellos se debaten en el exterior de la nave, dentro se desata otra tormenta. Las violentas sacudidas por el embate furioso de las olas han abierto los baúles de los chinos en donde resguardaban su dinero y sale volando, esparciéndose por todas partes. Cada uno, tratando de rescatar lo que es suyo, entablan entre ellos una terrible pelea y se atacan ferozmente.

            La narración de Conrad en esta parte dramática es tan vívida que parece una magnífica secuencia cinematográfica, lo cual muestra (aun en la traducción al español) la maestría narrativa de este escritor.

            Cuando la tormenta los iba envolviendo, el capitán MacWhirr consulta sus libros y manuales para saber sí hay algo que le diga cómo debe enfrentar el problema, pero nada encuentra y tira los libros. Jukes entra a la cabina en ese momento y observa lo que hace el capitán. Entonces es cuando le dice que “hay cosas que no se aprenden en los libros”. De alguna manera advertimos que el capitán sabía por experiencia personal que en los libros no hay toda la información, porque hay muchas cosas que no logran entrar a las páginas impresas. Y hay otras que sólo se aprenden en la experiencia directa. Y esta tormenta está a punto de enseñarle una gran lección.

            La tormenta finalmente les ha pasado por encima, pero no logra hundir la nave, sin embargo, ahora el capitán MacWhirr deberá enfrentar el tifón humano, pues los chinos calmados por la tripulación y atados para que no continuaran peleándose, son una amenaza latente tan pronto los desaten y vuelvan a reclamar su dinero. Por ello, para resolver el conflicto y que no se levante otra tormenta que incluso lleve a la compañía hasta los tribunales, el capitán encuentra la solución perfecta, salomónica y ordena que la tripulación recolecte todo el dinero y dividirlo en partes iguales entre todos los chinos. Las partes en conflicto aceptan de conformidad, y aunque magullados y algunos hasta con un ojo reventado, llegan en calma a su destino.

Cabe señalar que Joseph Conrad, como el capitán MacWhirr, fue un hombre que aprendió su oficio como escritor, no en las academias o en los círculos literarios o en la universidad, sino en la experiencia directa, como lo hizo también Hemingway. En estos dos de los autores su obra se alimenta de sus vivencias. Incluso, a decir de Leonardo Padura, un escritor cubano, Hemingway era un escritor de limitadísima imaginación, y quien tenía que vivir en carne propia lo que posteriormente se convertiría en literatura.

            Yo no sé si Conrad tenía una imaginación limitada pero sus obras, en su mayoría, tienen raíces en las experiencias personales como aventurero por tierra o por mar.  Allí nutrió su imaginación para escribir 18 novelas propias más tres en colaboración con Ford Madox Ford, y una buena cantidad de cuentos.

            De hecho, su biografía y sus novelas parecen decirnos que “hay cosas que no se aprenden en los libros”, pues a los 17 años, hastiado de la vida estudiantil, se lanzó a la aventura. A esa edad, viajó a Italia y luego a Marsella para terminar enrolándose como marinero a bordo del buque Mont Blanc en 1875.

            Sin embargo, a pesar de que aprendió a escribir fuera de las academias no así al margen de los libros, pues fue un gran lector tanto en la biblioteca de sus padres como en la de su abuelo, con quien vivió como huérfano tras la pérdida, primero de su madre y luego de su padre. Allí, en la biblioteca de su abuelo, leyó lo mejor de la literatura inglesa y en donde se apropió del idioma que se convertirá en su lengua literaria.

            Tifón es una novela corta de alrededor de 150 páginas que se puede conseguir fácilmente en las librerías pues es publicada con regularidad por diversas editoriales. O bien pueden buscarla en internet donde seguramente habrá varias traducciones. De una u otra forma, lea a Conrad, su literatura es de primer nivel.

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