0 13 mins 1 semana

Jeremías Ramírez

Dice Stefan Sweig al final de este libro: “El destino había elegido a este hombre oscuro, taciturno, encastillado en sí mismo, entre la multitud de millones de hombres, para que realice la hazaña por la que estaba dispuesto, inflexiblemente, a sacrificar todo cuanto poseía en este mundo, y quien, además, estaba puesto para dar su vida por su idea”.

            Aquí Sweig sintetiza los factores clave de la personalidad de hierro de Fernando de Magallanes que le hicieron capaz —como dice el subtítulo de este libro— de realizar “la aventura más audaz de la humanidad”.

Pero esta hazaña, desafortunadamente, al paso de los años, se fue desdibujando de la memoria colectiva. Afortunadamente, para los curiosos como yo, hay libros como éste que nos narra de manera magistral la vívida, apasionante y dramática aventura para que la vivamos y revivamos con intensidad, y entendamos su dimensión y trascendencia y emulemos su tesón en nuestras luchas cotidianas.

Ahora bien, no hay actos humanos al margen de un contexto histórico, político y social; contexto que determina en muchos sentidos la estatura de la hazaña.

Y el contexto de la aventura de Magallanes estuvo determinado por el comercio altamente lucrativo y codiciado de las especies, las cuales se cultivaban en las ignotas islas de Malasia, a miles de kilómetros de Europa.

Ahora bien, las especias se habían estado importando desde Oriente a Europa durante varios siglos y los europeos habían desarrollado un gusto especial por ellas y estaban dispuestos a pagar su alto costo.  

Parte del atractivo de estas sustancias residía en el sabor que daban a los platos. La cocina europea sin las especias era sumamente insípida, pero además su rareza, exotismo la había convertido en símbolo de estatus de los más ricos, ya fuesen reyes, condes, duques o príncipes de la iglesia.

Las especias, cabe señalar, no sólo se utilizaban para dar sabor a las salsas sino también a los vinos; incluso se cristalizaban y se comían solas como dulces. Entre las más valiosas estaban la pimienta, el jengibre, el clavo, la nuez moscada, la canela, el azafrán, el anís, la cúrcuma y el comino.

El costo elevado radicaba principalmente en dos factores: el largo y penoso traslado desde el oriente, en cuyo trayecto estaba plagado de peligros, y el pago de las aduanas.

El negocio era tan lucrativo que los europeos anhelaban participar de él, pero el control estaba bajo el poder de los árabes y estos no estaban dispuestos a permitir que alguien les hiciera competencia.

Para romper esta barrera los reyes y los comerciantes europeos inventaron las Cruzadas bajo el señuelo de la liberación de Tierra Santa. Estas se dieron en un lapso de más de trescientos años, de 1095 a 1291. Sin embargo, pese a la violenta y reiterada embestida en las que Europa ganó algunas batallas, el saldo final fue un fracaso.

Imposibilitados a ir por tierra los europeos empezaron a buscar una ruta por mar hacia las indias orientales. La tarea no nada fue simple: había obstáculos muy difíciles de vencer, particularmente el desconocimiento geográfico, el miedo a lo desconocido, los prejuicios atávicos, la ignorancia y los errores de los sabios del pasado como Aristóteles, quienes afirmaban que la tierra era plana y que a la altura de Ecuador la temperatura deshacía cualquier navío, además del limitadísimo desarrollo de las ciencias marítimas.

Por ello, durante 200 años los europeos se dieron a la tarea de desarrollar la tecnología en la construcción de naves de mayor envergadura, el desarrollo de instrumentos de navegación, como la brújula y el astrolabio, y la menos importante ciencia de la cartografía en las que se distinguieron sabios como el alemán Martin Waldseemüller.

También fue muy importante la participación política y financiera de algunos reyes, como el portugués Enrique, el Navegante (1394-1460) —quien por cierto nunca navegó, aunque si financió a muchos marinos temerarios—, que impulsaron a los marinos más osados y cuando lograron encontrar una ruta a las especias rodeando el continente africano Portugal se convirtió, de un insignificante país, a una potencia mundial.

Magallanes participó en varios viajes hacia las Indias y peleó en varias batallas, al grado que cuando cumplió 35 años era un marino experto y un soldado experimentado, aunque nunca había desempeñado un cargo directivo. Pero su experiencia le daba la certeza de sentirse capaz de dirigir una expedición. No sabemos desde cuando empezó encubar la idea de encontrar una nueva ruta hacia las Molucas buscando un paso a través del continente americano. Y con esa idea se presenta ante el rey, quien no sólo lo rechaza sino además lo humilla.

Truncado su anhelo Magallanes, como el agua de un río, busca su cauce y se une al cosmógrafo Rui Faleiro quien tenía informes de un paso para cruzar el continente americano y juntos afinan un plan. Y una vez que lo terminan, acuden a la corte española para presentarle el proyecto al rey Carlos I. En principio también es rechazado, pero de pronto recibe apoyo de Juan de Aranda, de la Casa de Contratación sevillana, quien se convierte en un importante aliado para abrir la posibilidad de llegar a las Molucas por occidente, sin atravesar mares reservados a los portugueses por el Tratado de Tordesillas y, además de eso, según Faleiro, probar que las «islas de la especiería» se encontraban en el hemisferio castellano. Con la influencia de Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, la maquinaria que impulsará su gran aventura empieza a funcionar.

Con magistralidad, Swieg narra los largos preparativos y los conflictos que Magallanes tuvo que enfrentar desde tierra, tales como presiones de personeros del rey de Portugal o los saboteos de españoles envidiosos que no aceptaban que un portugués desconocido recibiera un apoyo extraordinario para una de las aventuras más costosas de todos los tiempos.

A pesar de ello logra vencerlos y el 10 de agosto de 1519 zarpan las cinco naves con que cuenta su expedición, cargadas a tope de víveres e instrumentos. Magallanes, con mano férrea, dirige su flotilla y llega a Brasil y bordeando el continente navega hacia el sur. Cuando llega al Mar de Plata, cree que este es el paso que le permitirá atravesar el continente, pero después de varios días de navegación advierte su error y tiene que regresar. A medida que avanza hacia el sur el clima se vuelve adverso pues el invierno lo acecha y tiene que detener el avance. Decide aguardar en el inhóspito puerto de San Julián a que pase el invierno, pero en ese lugar los capitanes de las otras cuatro naves traman un motín para apoderarse de la expedición y eliminar a Magallanes. Los conspiradores eran: Juan de Cartagena, veedor; Luis de Mendoza, tesorero; Antonio de Coca, contador; Gaspar de Quesada, capitán de la Concepción. Durante la noche los amotinados se apoderan de tres naves y todo parece que Magallanes ha perdido la batalla, pero un golpe maestro logra someter a los amotinados. Fracasado el complot, Magallanes condena a muerte a Gaspar de Quesada, y manda descuartizar su cadáver junto al de Luis de Mendoza, que había muerto durante la revuelta. Y Juan de Cartagena, como castigo, es abandonado en tierra el 21 de agosto de 1520, junto con el clérigo Sánchez de Reina. Durante el reinició del viaje una de las naves se accidenta. ¿Un augurio de lo que pronto vendrá?

Siguen avanzando, pero la esperanza de encontrar el paso al Pacifico se va diluyendo y sus marinos le piden que regresen a España. Sin embargo, Magallanes no retrocede y finalmente encuentra ese paso que hoy se llama “Estrecho de Magallanes”. En este estrecho pierde su segundo barco, pues el San Antonio huye de regreso a España.

Con tres naves continúa la ruta hacia las islas Molucas, cruzando el Pacífico, sin saber que la distancia faltante es mucho más grande que haber cruzado en océano Atlántico. Este es el viaje más terrible que tripulación alguna haya enfrentado antes. Prácticamente sin alimentos —pues el San Antonio llevaba la mayor cantidad de víveres— y con un mar en calma que bien parecía que navegaban en un desierto, hace la travesía más difícil. Ese mar se extiende y parece no tener fin. Los víveres pronto se acaban y el hambre, la sed y el escorbuto empiezan a diezmar a la tripulación. Finalmente, tras 3 meses y 20 días, llegan a las islas de Cebú donde tras una breve resistencia, los nativos los aceptan. Magallanes había logrado con su voluntad de hierro realizar la tarea más difícil que hombre alguno haya hecho. Sin embargo, en la cúspide de su triunfo, al enfrentar a un reyecillo de una de las islas para darle una lección de poderío y autoridad, cae abatido y muere.

El final del viaje es desastroso. Tras la muerte de Magallanes, los miembros de la expedición deciden quemar la Concepción que ya estaba en ruinas, distribuyéndose el cargamento en las dos naves que quedaban. Y para dirigir el regreso es elegido como jefe de la expedición y capitán de la nao Trinidad, a Gonzalo Gómez de Espinosa, y al frente de la Victoria a Juan Sebastián Elcano. Tras arribar a las islas Molucas, objeto del viaje, y cargar con las especias, emprenden el regreso a España por la ruta africana.

La Trinidad navegaba mal y hubo que quedarse en el puerto de Tidore para ser reparada. Elcano toma el mando de la expedición eligiendo navegar hacia el oeste, bordeando África, por rutas conocidas, pero teniendo que esquivar los puertos y flotas portuguesas. Finalmente, el Victoria llega a Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522 concluyendo la expedición tras casi tres años de travesía. De los 234 hombres que partieron solo regresan 18.

Juan Sebastián Elcano recibe los honores y trata de llevarse todo el mérito de Magallanes. Afortunadamente el cronista italiano, Antonio Pigafetta (1480-1534), quien sobrevivió al viaje y quien registro los pormenores del viaje en un diario, se dio a la tarea de divulgar la hazaña y dar honor a quien honor merece. Es gracias a este hombre que podemos saber con detalle los pormenores del viaje y de quien Stefan Sweig toma muchos datos para este libro.

Desafortunadamente, al parecer, el diario original de Antonio Pigafetta fue destruido para robarle la corona a Magallanes, pero Pigafetta escribió una segunda versión más reducida, y que ahora, que se han alcanzado los 500 años de esta hazaña, han puesto en circulación de manera gratuita en esta página: http://civiliter.es/wp-content/uploads/Antonio-Pigafetta-Primer-viaje-alrededor-del-Globo.fCiviliter.2pdf.pdf

Esperemos que pronto se inicien las celebraciones de la hazaña de Magallanes porque seguramente se liberará mucha información al respecto. Por lo pronto, usted puede bien consiguiendo el libro que acabo de reseña o este de Antonio de Pigafetta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *