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G. Saúl García Cornejo.

Se supone, que la mentada 4T, es algo así como una cuarta República, si atendemos a otros procesos históricos, como por ejemplo, en Francia, Alemania, e incluso, España, que a lo largo de su historia política, han cerrado y abierto, épocas políticas que han surgido desde algunos movimientos masivos sociales. Y no es que sea de mi agrado tomar de ejemplo a la Europa, pues acá, en Latinoamérica también hace aire, pero es sólo una referencia.

Según los promotores de esta cuarta gestación política, toman en cuenta la Independencia de México –con todas sus contradicciones, mitos y falsedades históricas-, como primera “transformación”; luego, vino la guerra de la Reforma, en que se recrudeció el antagonismo entre “Conservadores y Liberales”, como una segunda transición y la pugna por el Poder, fue por quienes de manera malinchista preferían el control a trasmano con Napoleón III, -fijarse bien, que en la Independencia, al contrario, los criollos, no preferían al Napo I-, que dar las riendas a los mestizos o, peor, a un “natural”, como era precisamente, el después llamado Benemérito. Luego, obvio, vino la Revolución Mexicana, en donde alumbró una Carta Magna, al término de la contienda y dispuestos los arreglos pacifistas de la época, que se dijo era la Constitución más empoderada del bienestar social de la época, como una tercera mutación social, política, e incluso, de identidad nacional. Vaya, eso se ha dicho.

Y como la historia sirve entre otras cosas, para dar vuelo a la pluma de los vencedores, aunque luego se contradiga con la realidad social, hubo más de 70 años de “paz social”, auspiciada por lo que se ha llamado el sistema político mexicano, sui generis, sí, forjado con cubetazos de idiosincrasia nacionalista, pero que efectivamente, trajo un cambio en la vida de los mexicanos.

Hay que decir, que algunos críticos del sistema político nacional, han señalado que, por desgracia, el proyecto revolucionario, nació muerto, traicionado, o de menos, resultó inacabado. Y en parte, es cierto. Las deudas históricas siguen sin pagarse, particularmente: La pobreza, la corrupción e impunidad de políticos venales, el presidencialismo omnímodo; el petróleo, que para nada es de los mexicanos; las elecciones y la participación cívica, siguen un curso un tanto ajeno a las necesidades y la realidad de los mexicanos.

A toda esa versión más o menos oficialista, existen otras posturas, que nos señalan y fundamentan que, cualquier cambio o transformación, deviene de reformas sustanciales. Entre esas pues, las electorales, dado que en nuestro sistema democrático –con todo y sus más defectos, que virtudes- han existido o coexistido con la política a la mexicana. Desde los años noventa para acá, y más concreto hasta el 2014, nuestra Carta Magna, ha sido adicionada y reformada en tal sentido. Así, por ejemplo, el IFE, luego INE, tuvo importantes cambios, no nada más en su denominación, sino en una amplitud de sus funciones y atribuciones, entre las más relevantes, el control, fiscalización y sanción, la rendición de cuentas de los Partidos, la organización nacional de los procesos electorales, sin perjuicio de la actuación conjunta de las juntas locales, etc., el aumento de curules con los pluris en las dos Cámaras, los montos de prerrogativas y multas a los Partidos y sus candidatos, el control de difusión política en medios emisores de ondas radiofónicas y televisivas. En fin.

Hoy, con la mano en la cintura y con el sistema que coloquialmente se llama “agandallar”, según los opositores al presidente de México, éste quiere imponer una reforma electoral, que en esencia, contradice esa otra del 2014. Es necesario, que se abra al debate nacional y que opinen los expertos y los ciudadanos, pues se supone que, ahora esa es la tónica: La participación cívica, y no se trata de estar haciendo consultas populares a cada paso, sin embargo, sí cuando se trata de reformas sustanciales. Aunque hay otros medios menos onerosos. El punto es que se hagan sin chanchullo, ni a modo, pero no falta quien dirá que no estamos en tales condiciones de madures política-cívica. Aunque, en el Congreso de la Unión, nomás no se concretó el asunto de la consulta para revocar el Mandato Presidencial, ya hay voces que gritan que para eso, estará la exministra, doña Olga.

Entonces, volviendo al punto de las transformaciones políticas, quienes opinan distinto dicen que la Independencia no fue necesariamente, una transición, pues la Constitución de Cádiz (1812), siguió rigiendo en el México “independiente” hasta casi 1830, dicho sin perjuicio de la Carta de 1824, pues esa casi una copia de aquélla. Y que fue en realidad, la Reforma y la Carta de 1857, la primera transición real, luego, en 1917 y después, a partir de 1994. Lo que nos deja igual, pues de haber un cambio de fondo, sería la cuarta ocasión. El puno fino, es que ninguna, cerró tal ciclo, sino que la República, los mexicanos y su Constitución, siguen su curso, sin que tales “transformaciones”, hayan fructificado de verdad.

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Una opinión sobre “¿La Cuarta República? O atole con el dedo.

  1. El artículo de la semana, salió cortado, va el resto: … la tónica: La participación cívica, y no se trata de estar haciendo consultas populares a cada paso, sin embargo, sí cuando se trata de reformas sustanciales. Aunque hay otros medios menos onerosos. El punto es que se hagan sin chanchullo, ni a modo, pero no falta quien dirá que no estamos en tales condiciones de madures política-cívica. Aunque, en el Congreso de la Unión, nomás no se concretó el asunto de la consulta para revocar el Mandato Presidencial, ya hay voces que gritan que para eso, estará la exministra, doña Olga.

    Entonces, volviendo al punto de las transformaciones políticas, quienes opinan distinto dicen que la Independencia no fue necesariamente, una transición, pues la Constitución de Cádiz (1812), siguió rigiendo en el México “independiente” hasta casi 1830, dicho sin perjuicio de la Carta de 1824, pues esa casi una copia de aquélla. Y que fue en realidad, la Reforma y la Carta de 1857, la primera transición real, luego, en 1917 y después, a partir de 1994. Lo que nos deja igual, pues de haber un cambio de fondo, sería la cuarta ocasión. El puno fino, es que ninguna, cerró tal ciclo, sino que la República, los mexicanos y su Constitución, siguen su curso, sin que tales “transformaciones”, hayan fructificado de verdad.

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