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Enrique R. Soriano Valencia

En el estilo moderno de escribir, la mayúscula es un caso excepcional. Actualmente, el 98 % de un texto se enuncia en minúscula. Incluso, algunos autores sugieren que hay menos falta ortográfica (francamente, no sé cómo podrían cuantificar eso) si se enuncia una minúscula cuando debía aplicar en un vocablo la mayúscula. Amén de ello, son muchas las ocasiones en que la gente recurre a la mayúscula cuando no le corresponde e ignora cómo aplicarla, porque invoca reglas rígidas y no razonamientos.

El alfabeto latino, que es el usado en occidente y en el que se expresa nuestro idioma español, nació con solo mayúsculas. En la Roma clásica no existía la minúscula, no había dos tipos de grafías para una misma letra. Aunque se trata de un proceso evolutivo (es decir, que no aparece súbitamente o por decisión de alguien o algún organismo), para el siglo III de nuestra era, ya se escribía en mayúsculas y minúsculas (aunque no generalizado). No obstante, hasta el siglo VIII es cuando ya adquiere total y absoluta solidez. Incluso, algunos autores consideran a Alquino de York, maestro de Carlo Magno, quien introduce de forma definitiva en la escritura de nuestro alfabeto, la minúscula (recuérdese que la nobleza y los dirigentes ponían de moda sus preferencias).

La minúscula es una grafía de tamaño más pequeño y en muchas ocasiones también con formato diferente. Es decir, que el proceso de identificación para muchas personas ya resulta tan automático que no hay consciencia de que el trazo de la ‘A’ es diferente a la ‘a’; caso similar pasa con la ‘E´ y la ‘e’, por poner algún ejemplo. La razón de su uso fue debido a que apareció la necesidad de matizar el sentido de algunas palabras y la tonalidad de lectura (ejemplo de esto último está en la última oración de este párrafo; la primera palabra ‘La’ no se lee con el mismo tono que el siguiente ‘la’ en la misma oración). 

Por lo expuesto, es fácil identificar por qué usar la mayúscula pertenece a un proceso de razonamiento más que a la aplicación de una norma rígida. El problema es que la mayoría aprendimos de forma casi asfixiante (por el regaño y en muchas ocasiones los golpes de padres y profesores, aunque esto último ya no sea práctica generalizada). Me explico, todos hemos recibido la instrucción desde que aprendimos a leer y escribir que los nombres propios se enuncian con mayúscula en la primera letra (las otras normas, de momento, las hago a un lado). Entonces, a nadie se le ocurriría escribir el vocablo ‘México’ con minúscula inicial. Todos sabemos que es el nombre propio de este país, por lo que no podría aparecer con minúscula.

El concepto ‘nombre propio’ señala a alguien o algo único. La dificultad aparece, entonces, cuando usamos palabras que en algún momento pueden señalar a alguien único, pero que también pueden referirse a múltiples personas. Ejemplifico: «El presidente López Obrador realizó una gira por el sureste de México. Durante la gira, el Presidente dijo que…».

La palabra ‘presidente’ es un vocablo común porque muchos tienen y han tenido ese nombramiento. Considérese presidente municipal, presidente del club de Leones, presidente de colonos, presidente Miguel Alemán, presidente de… Pero en la segunda mención del texto del párrafo anterior ya se refiere a alguien único (a López Obrador, justo porque no se menciona el nombre, solo se da por sentado). El texto no da la posibilidad de referirse a alguien diferente. De ahí que deba enunciarse con mayúscula el vocablo ‘presidente’. Es lo que se llama mayúscula por antonomasia.

Esta lógica es la que resulta difícil de aplicar y por ello se comente muchas faltas ortográficas. Es decir, en apariencia es más cómo invocar la regla rígida, que el razonamiento. Incluso la misma Ortografía de 2010 señala con toda claridad que los cargos (particularmente los públicos, pero esto lo digo yo) como presidente, gobernador, secretario, alcalde, director, etc. no deben enunciarse con mayúscula, menos aún si están acompañados del nombre propio de la persona. Caso excepcional, el que señalé. 

Y sostengo que eso se da más en los cargos públicos porque los subordinados creen que con eso aplican «respeto, dignidad o importancia» al jefe. Y lo que es peor, muchos ejecutivos públicos se sienten lastimados si su cargo se enuncia en minúscula, suponen que son minimizados.

He aquí por qué el sentido común es el menos común de los sentidos.

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