0 8 mins 4 semanas

G. Saúl García Cornejo.

En primer término, estimados lectores, hay que decir, que la izquierda latinoamericana, tiene larga tradición de oposición a todo lo que huela a derecha política. Razones van y vienen, más no han concretado sus pretensiones, en una región geopolítica que se había situado de México, hacia el Sur del Continente.

La Organización de los Estados Americanos, se creó en 1948, en Bogotá Colombia, lugar en que se reunieron originalmente, 21 Estados, que firmaron su Carta, cuyos objetivos generales fueron la promoción de la democracia, los derechos humanos, la seguridad y el desarrollo.

Su precedente, data de 1889-90 en la Primera Conferencia Internacional Interamericana, en Washington, EUA, considerada el antecedente más añejo dentro de las demás organizaciones de ése rubro.

La mentada Carta de la OEA, como cualquiera organización de ese tipo, se va modificando al paso del tiempo y acomodo de las circunstancias sociopolíticas regionales, dando cuenta sucinta aquí: 1967, Protocolo de Buenos Aires; 1985, Protocolo de Cartagena de Indias; 1993, Protocolo de Managua; 1992, Protocolo de Washington. En todos los casos, las adiciones y la propia Carta inicial, entraron en vigor, tres años después y cinco en el último mencionado. Por supuesto, deviene de la Carta de la ONU.

Miembros fundadores: Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos de América, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.

Luego, se sumaron: Barbados, Trinidad y Tobago (1967), Jamaica (1969), Grenada (1975), Suriname (1977), República Dominicana, Santa Lucía (1979), Antigua y Barbuda, San Vicente y las Granadinas (1981), Bahamas (1982), St, Kitts y Nevis (1984), Canadá (1990), Belice, Guyana (1991).

En México, hace unos días, como estuvieron muchos medios dando cuenta de ello, se llevó a cabo la Sexta Reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, (CELAC, por sus siglas), y que excluye a Canadá y los EUA. Se creó hasta 2010. Sus antecedentes son el llamado “Grupo de Río” y La Cumbre de América Latina y el Caribe (cuyas siglas son CALC). Resulta curioso que la CELAC, haya surgido en México, en tiempos de un gobierno de derecha. Para después quedar constituida en definitiva, en Venezuela al año siguiente, es decir, en 2011.

Sus funciones generales son la promoción de la integración y desarrollo de las naciones de Latinoamérica y el Caribe. Sus integrantes: Antigua y Barbuda, Argentina, Barbados, Belice, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, República Dominicana, Dominica, Ecuador, El Salvador, Granada, Guatemala, Guayana, Haití, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Paraguay, Panamá, Perú, Santa Lucía, San Cristóbal y Nieves, San Vicente y las Granadinas, Surinam, Trinidad y Tobago, Uruguay y Venezuela.

La Primera Cumbre, se realizó en el año 2013, en Chile, la Segunda Cumbre, fue en Cuba, en 2014, luego la Tercera, en Costa Rica, año 2015, la Cuarta en 2016, en Ecuador, la Quinta en 2017, sede Santo Domingo. Finalmente, la Sexta, en México en 2021.

La OEA, por su parte, excluye a Cuba. Y desde ese repudio, es que algunos líderes de izquierda en la CELAC, quieren no sólo estar como una organización alternativa, sino van más allá, quieren que la OEA desaparezca. Por lo pronto, AMLO considera estar a la cabeza de tal postura, e incluso, llamó al gobierno norteamericano, “canallesco”, mientras abrió la puerta –previo a la reunión Cumbre de la CELAC- al presidente de Cuba, para que diera un discurso ante la nación mexicana y, claro, ante los medios locales e internacionales, con toda la intención de dejar sentado que los mexicanos, estamos de acuerdo con tales embates. Lo que obvio, generó inmediatas reacciones contrarias, no sólo de mexicanos, sino, incluso, de algunos miembros de la CELAC, al día siguiente en la reunión Cumbre. Lo que desarmó un tanto, la estrategia cubana y según los detractores, dejando mal parado al presidente mexicano. En fin.

El debate sobre las acciones del imperialismo yanqui, son añejas. En México, hay para bien o mal –según la postura ideológica- quienes per se, han atacado todo lo que huele a Capitalismo, al igual quienes lo defienden –en particular para estos tiempos, los llamados neoliberales, aunque no esté claro, si ya no impera tal ideología aquí- pero, tomar la bandera extranjera para atacar a los EUA, es otra cosa. En principio va contra la doctrina Estrada, que los políticos mexicanos han defendido: No intervención y autodeterminación de los Pueblos. ¿Se presta a manipulación? Parece que sí, según la óptica de oportunismo. No es que los mexicanos estemos a favor de abusos, latrocinios, o no seamos solidarios con otras naciones y mejor dicho, con personas humanas extranjeras. Lo malo, es cuando se cae en la política de farol (oscuridad de la casa, alumbrando la calle o el exterior), ¿Acaso en la 4T, no ven todas las situaciones de marginalidad, de pobreza económica y cívica, sólo por mencionar esas lacras, que sufrimos aquí? No es una postura de egoísmo, sino que el buen Juez, por su casa empieza. Por tanto, AMLO debe ocuparse primero en resolver los problemas de casa.

Para colmo, el presidente de México, en su ya acostumbrado estilo, lanzó otra: “La necesidad de abrogar o al menos cambiar, el artículo 33 de la Carta Magna”, por “anacrónico y contrario a la visión mexicana”. Ese estatuto constitucional prohíbe que extranjeros intervengan u opinen sobre asuntos nacionales, cuya sanción es la expulsión de nuestro suelo patrio. Vaya que AMLO ha descubierto el agua tibia. El problema, es el fondo de esa ocurrencia –como otras-. ¿Hacia dónde quiere llegar? ¿Se lesiona en verdad la libertad de expresión? No. El extranjero debe ocuparse de sus propios asuntos, al igual que cualquier mexicano, en política por supuesto. O es que los “bolivarianos”, por ejemplo, vendrán a enseñar el “padre nuestro” sobre la democracia, la integración de los pueblos y alguna ideología sobre todo, tergiversada conforme a sus propios intereses “libertarios”. Habrá que ver. Otra reacción, podrá ser, el divisionismo latinoamericano. Esa otra fórmula amloísta, para “ganar terreno político”. Dicen que dijo Julio César: “Divide y vencerás”, sin embargo, no se trata de dividir un problema en partes, para hacer más fácil su solución, en un algoritmo simplificado, sino de fragmentar fuerzas, en particular las opositoras, para derrotarlas y/o debilitarlas, finalmente, ganar.

Tan acostumbrados estamos a que los políticos, en particular, los encumbrados –real o demagógicamente- hagan y deshagan, mientras no hacemos más que quejarnos y seguir votando o como abstencionistas, dejar que sigan en sus pedestales políticos. ¿Estamos condenados a la sumisión?

¿Qué opinan, estimados lectores?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *