19 abril, 2021

La selfie de Sócrates

J

Jeremías Ramírez Vasillas

Según narra Platón, en la Apología de Sócrates, que este ilustre filósofo, después de una ardua investigación, tuvo que aceptar que él era el hombre más sabio de Grecia. Y no por petulancia o vanidad, sino todo lo contrario.

            La cosa empezó así: un día Querofonte, un amigo de Sócrates, “…fue a Delfos[1] y tuvo la audacia de preguntar al oráculo… si había alguien más sabio que [Sócrates]. La Pitia[2] le respondió que nadie era más sabio”.
Si Sócrates hubiera vivido en nuestra era, y hubiera tenido una bajísima autoestima, no se habría desconcertado con la noticia, sino que de inmediato habría sacado su celular y se tomaría una selfie con su amigo Querofonte y de inmediato la subiría a sus redes sociales y etiquetaría a todos sus contactos. Y quizá lo mandaría a los medios diciendo: “El oráculo afirma que Sócrates es el hombre más sabio de Grecia”. Caramba, el mismo dios Apolo afirmaba este hecho relevante, como no se iba a poner orgulloso.Pero no, Sócrates no se pavoneó con la noticia, sino que se sacó de onda. Y después de meditar y preguntarse por qué el oráculo decía tal cosa, se dio a investigar y demostrar que había en Grecia hombres más sabios que él. No dudaba del oráculo, que en ese tiempo su palabra era ley, sino que algo no andaba bien. No podía ser que él, un preguntón lleno de dudas, fuera el hombre más sabio de Grecia.            

Entonces se dio a la tarea de ir con todos aquellos que decían que sabían y los fue interrogando, como era su costumbre. Al final del día, como dice la muletilla actual, descubrió que todos aquellos que afirmaban ser hombres sabios, en realidad, eran unos ignorantes. Y lo peor era que tampoco sabían que eran ignorantes: se creían sabios.            

Ante su lamentable fracaso no le quedó más remedio que aceptar que sí, él, Sócrates, era el hombre más sabio de Grecia, porque era el único que sabía que no sabe.            Hoy en día pululan en las redes sociales, en los medios impresos y electrónicos, periodistas, opinólogos, expertos en todo, y muchos de ellos conferencistas afamados que se ostentan como hombres doctos (sabios) y cobran jugosos dividendos. Son hombres y mujeres que, según ellos, son capaces voltear el mundo al derecho y al revés. Pero basta analizar con atención sus doctas palabras para darnos cuenta que son unos palurdos ignorantes, que hablan con tal arrogancia de temas que en realidad desconocen. Es decir, son gente que no sabe que no sabe.            Cristo dijo de los sacerdotes, de los fariseos, de los saduceos y los escribas, es decir, de los que se creían sabios en Israel: “Ciegos guías de ciegos”. Y agregó: “y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo»[3]. Y en el apocalipsis encontramos a una iglesia que se creí la non plus ultra, pero el Espíritu le baja los humos: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”[4].            Cuando escucho toda esa alharaca de los sabios de hoy que zumban como mosquitos todos los días, me llegan estas sabias palabras remontando siglos: ciegos guías de ciego… porque tú eres un desventurado, pobre, ciego y desnudo. Y muchos de estos que ostentan los más altos títulos de prestigiosas universidades extranjeras o nacionales. Y amparados en esos papeles van a las universidades, a los medios, a las conferencias esparciendo su ignorancia.            Hay una sentencia en la entrada de la universidad de Salamanca, en España, muy reveladora: Quod natura non dat, Salmantica non præstat (Lo que la naturaleza no da, Salamanca no (lo) otorga). “Este proverbio latino significa que una universidad no puede darle a nadie lo que le negó la naturaleza. De este modo, ni la inteligencia, ni la memoria ni la capacidad de aprendizaje son cosas que una universidad pueda ofrecer a sus alumnos”, nos dice Jesús Cantera Ortiz en El Refranero Latino[5]            Pero allá van, buscando las mejores universidades para repetir el lamentable caso del hombre de hojalata ante en Mago de Oz. Ese pobre hombrecito se sabía ignorante y va en busca del mago para que le dé un cerebro, y este, como lo hace cualquier universidad moderna (no puede hacer otra cosa), le extiende un título.            Es posible que si el hombre de hojalata no estuviera tan ensimismado buscando un cerebro, habría descubierto qué pudo haber sido el hombre más sabio de la tierra de Oz, pues tenía conciencia de su ignorancia.            En este siglo XXI, las universidades deberían darse a la tarea de enseñar la materia más importante en el currículo de una persona: aprender a conocer su ignorancia, es decir, a desarrollar la humildad intelectual al enfrentarlos al vasto universo del conocimiento y del enorme cosas que es posible conocer.           

 Si alguien se sabe ignorante, no tan fácil emitirá una opinión categórica e irresponsable. Esto haría que sólo quien tiene algo de valor que decir y sería prudente teniendo en cuenta su ignorancia. De esta forma, creo firmemente en ello, nos llevaría a un mundo mejor. 

           Y en nuestro México, nos falta, en grandes cantidades, esa humildad socratiana de no aceptar las loas, ni los títulos sin antes no tener la seguridad de merecerlo.           

 Es el momento de decirle adiós a las selfies doctas e intelectuales a las que somos muy afectos los que hemos abierto un libro o hemos pisado una universidad creyendo falsamente que ello nos ha hecho sabios.


[1] En Delfos estaba el oráculo y estaba situado en un gran recinto sagrado consagrado al dios Apolo, fue uno de los principales oráculos de la Antigua Grecia. Estaba ubicado en el valle del Pleisto, junto al monte Parnaso, cerca de la actual villa de Delfos, en Fócida (Grecia).[2] También llamada “Pitonisa”, sacerdotisas del templo de Apolo, quienes eran las que en estado de trance decían los mensajes del dios Apolo.[3] Evangelio según san Mateo 15:14[4] Apocalipsis 3:17[5] Jesús Cantera Ortiz de Urbina (16 de noviembre de 2005). Refranero Latino. Ediciones AKAL. pp. 200.


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