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Miguel Alonso Raya

Entre un sinnúmero de lecciones que dejaron los comicios del 6 de junio, cabe destacar la reivindicación que  los mexicanos hicieron del Instituto Nacional Electoral (INE) y del sistema electoral. Fue, en los hechos, un día de fiesta nacional

La gente salió a ejercer su derecho al voto y fortalecer la democracia, a pesar de la pandemia, la violencia previa a las elecciones y en general, del ambiente de polarización y de la saturación de spots con campañas de muy mala calidad promovidas por partidos poco atractivos para los votantes.

Votó más del 52% del total del padrón ( 93.67 millones de personas) e hizo de esta elección intermedia, una elección “histórica”. La participación ciudadana dejó en claro que Morena no es invencible, que se pudo avanzar en reestablecer equilibrios políticos en la Cámara de Diputados y se ganaron municipios muy importantes, entre ellos, la mayoría de Alcaldías en la Ciudad de México y las capitales de los estados. Ganaron los ciudadanos, ganó el INE y triunfó la democracia.

Los votos no son un cheque en blanco para nadie, los diputados y funcionarios electos serán observados en todas y cada una de sus acciones. La fiscalización y el control social se fortalecerán; la crítica, los cuestionamientos públicos y la movilización serán los medios de más amplios sectores sociales para manifestar su inconformidad ante acciones u omisiones lesivas de los distintos niveles de gobierno.

 Los partidos son entidades de interés público y, por lo tanto, instrumentos de la sociedad organizada para acceder al poder público. Hacer un ejercicio responsable de autocrítica después de los resultados electorales es una necesidad urgente e inaplazable. Sin partidos no hay democracia, pero el comportamiento de los partidos y sus élites han contribuido enormemente a su desprestigio y debilitamiento.

Todos los partidos deben transformarse, pero debemos poner particular atención a los que integran la coalición “Va Por México” (PRI, PAN y PRD) que juntos obtuvieron más de 19 millones de votos a pesar de sus inercias y problemas internos, de la ofensiva del Presidente contra esta alianza, de los programas clientelares y los servidores de la nación, y de los grupos del crimen organizado intimidando y asesinando candidatos.

Estos partidos lograron en las elecciones del 6 de junio un muy importante capital político; en los municipios, en los congresos locales y en la Cámara de Diputados, no así en las gubernaturas.

Ahora tienen el reto de conservar e incrementar su presencia y sólo lo podrán lograr si tienen el convencimiento, el coraje y la decisión para transformarse de fondo, en función de la nueva realidad. Quien simule que cambia para no cambiar, quien trate de engañar a sus votantes actuales y los potenciales, incurrirá en un autoengaño y con ello emprendiendo el camino de su desaparición.

La transformación partidaria debe sortear los consensos internos para poder fortalecer y hacer realidad el frente legislativo e interpretar lo que sus votantes, las mujeres, los indígenas, los trabajadores del campo, los obreros, intelectuales, escritores, periodistas, las clases medias, los jóvenes; en fin, las nuevas generaciones, quieren y cuáles son sus causas.

A todos agravia la desigualdad, el nulo crecimiento, el desempleo, la corrupción y la pobreza; pero también la violencia doméstica y criminal. La absoluta mayoría quiere vivir en paz y en un país donde, quienes gobiernan, garanticen el derecho a la salud, a la educación; a la libertad de organización y expresión; el respeto a sus derechos humanos y al bienestar que permita a las familias vivir con dignidad.

Sin la intención de minimizar el papel de la coalición en la motivación a los ciudadanos para ir a votar, en los obstáculos que venció y en las victorias que obtuvo; el haber perdido la mayoría de las gubernaturas nos debe hacer reflexionar acerca de que fue lo que falló: el candidato, la campaña o la estructura.

Porque perdimos, como coalición, en 13 de las 15 gubernaturas, o dicho de otra manera, porque como coalición no ganamos ninguna gubernatura y partidos que tampoco ganaron ningún distrito federal.

Se trata de ir al fondo del asunto, a revisar las causas del éxito y la derrota para poder plantearnos con seriedad y responsabilidad el tipo de transformación que necesitamos para serle útiles a la sociedad en sus aspiraciones por una vida mejor.

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