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Arturo Miranda Montero

Se ve y se sabe, Guanajuato ha tenido riqueza pero esa nunca se ha quedado aquí.

Últimamente se han presentado tres libros sobre mineros y minería que tienen que ver con los guanajuatenses, algo que en al turismo ramplón de ahora no importa sino como anécdota.

El pasado minero de Guanajuato, captado por la lente del fotógrafo John Horgan Jr. desvela cómo las personas, niños incluso, se dejaron la vida en las horadaciones que se hicieron para extraer la riqueza mineral que se llevaron, desde siempre, los fuereños; allí están las evidencias de la pobreza sacando riqueza para otros, siempre otros.

Alfonso Ochoa realizó una crónica de los mineros asesinados el 22 de abril de 1937 por hacer un sindicato, un simple sindicato que representara a los hombres que dejaron pulmones, días y vidas dentro de los socavones a cambio de salarios miserables y condiciones de trabajo inhumanas para, otra vez, enriquecer a otros.

Y si del sindicato se refiere, el hijo de su padre que heredó un sindicato minero, también ha presentado para los morenistas de por acá un libelo que pretende cierto “triunfo de su dignidad” para defenderse de acusaciones de robarle a los trabajadores que ostenta representar. El tal triunfo es estar en el senado y a salvo de persecusiones ostensibles, por ahora.

Esa literatura gráfica y textual, con sus presentaciones en sociedad, evidencian a las claras el declive de una sociedad minera explotada, criminalizada y manipulada, situaciones constantes que explican por qué los mineros de Guanajuato siempre han sido pobres y los dueños de su trabajo (empresarios y líderes) ricos, muy ricos y poderosos.

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