19 abril, 2021

Los Premios Oscar 2020

Jeremías Ramírez Vasillas


Estamos en vísperas de una nueva ceremonia de premiación de los Óscares a las películas que Hollywood cree que son las mejores.

Su criterio siempre ha sido cuestionado pues ha premiado varias veces verdaderos churros, salvo honrosas ocasiones. Se entiende que es un certamen que busca impulsar su industria, su negocio. Ese criterio poco estético me ha mantenido a cierta distancia crítica.

Esto ha hecho que varios conocidos se extrañen de mi actitud. Para explicar mis razones escribí hace nueve años un artículo que comparto con ustedes.

Quienes me conocen saben que desde 1987 me he dedicado a la crítica de cine, primero en el programa de radio Butacas y Palomitas en Radio Tecnológico de Celaya, luego con “Permanencia involuntaria”, columna que escribí allá por el 89 para El Nacional de Guanajuato, y durante seis años (2000-2005) para la revista Chopper de Guanajuato.

Pero además, del 2003 al 2010 realicé siete cortometrajes y un gran cantidad de documentales empresariales, y me piden mi opinión sobre la entrega de los óscares, se sorprenden profundamente cuando les digo que nunca he visto completa la ceremonia y que en algunas ocasiones, de plano, no he visto nada.

Se sorprenden porque no pueden creer que alguien que ellos creen le apasiona el cine deje de ver los óscares o incluso que no vaya con cierta frecuencia al cine.

Mi respuesta siempre es la misma: amo el arte fílmico, pero eso no significa que sea un fiel de la celulolatría, es decir, de lo que comúnmente se llama “cinefilia”.

Su sorpresa es mayúscula cuando les digo que no soy cinéfilo, es decir, que no vivo pendiente de los sucesos de la pantalla grande, que no poseo ninguna de las películas de La guerra de las galaxias, que los estrenos en su mayoría me dan asco, que no tengo tarjeta de cinéfilo frecuente en Cinépolis, y que no está adornada mi casa de carteles de cine (sólo tengo enmarcados dos de la Muestra internacional de Cine de la ciudad de México de hace muchos años).

Que mi postura frente al cine es más bien crítica. Que me gusta ver pocas películas, que las veo tratando de captar todas las aristas posibles (cosa que casi nunca logro) y que muchas de las películas que he visto no las vería otra vez, pero que estoy dispuesto a ver una o varias veces cualquier película de Tarkovski, Kieslowski, Bergman, Kitano, Kurosawa, Eisenstein, Kubrik, Jarmusch, Werner Herzog, y un etcétera bastante largo, aun sin leer la reseña publicitaria o ver las fotos. Y que cuando veo una película (no llego a más de una por semana), veo una película, nunca un maratón de fin de semana.

Me producen nauseas quien carga con un kilo de películas en DVD para el fin de semana (hace 9 años esa era la forma habitual de ver cine en casa). Confieso que un algún tiempo sí vi un kilo de películas para un fin de semana cuando fui jurado de selección en Festival de Expresión en Corto, experiencia que nunca volveré a realizar, o cuando trabajaba como crítico, o cuando en una ocasión me prestaron un par de semanas una videocastera —era muy caro comprar una en 1986— y había que aprovechar.Repito, cuando veo una película hago sólo eso, veo una película, la cual me deja pensando varios días y con frecuencia me empuja a revisar información, leer algún libro o al menos un artículo sobre dicha película o sobre el tema o sobre el director. Con cierta regularidad, esas películas me dejan una huella profunda porque me permiten descubrir algo nuevo sobre la vida humana; o bien, me sorprenden por la fuerza dramática de su historia o por un manejo estético sobresaliente, como algunas películas de Takeshi Kitano o Jim Jarmusch; son películas que cuando las encuentro a buen precio (muy pocas compro a más de 150 pesos) las compro, y que pese a esta tacañería me han permitido acumular una colección bastante numerosa.

La razón de esta conducta anómala es muy simple de explicar. Desde que el cine me asaltó la imaginación cuando era estudiante de comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, es decir, cuando descubrí que era un arte complejo y profundo, el cine se convirtió para mí en un campo de encuentro, campo que se volvió más rico y profundo desde que empecé a usarlo como medio de expresión.

Así que cada que veo una película, ya sea en el cine o en mi casa, lo hago desde la óptica del realizador, como Antonio Salieri escuchaba a Mozart en Amadeus, con un profundo sentimiento de envidia (por qué no fui yo quien hizo esa película) y con la certeza de reconocer cuando estoy frente a una obra de arte y cuando no.
Por ello, los Óscares, evento dirigido más que nada a los cinéfilos, particularmente aquellos que Marcel Martin (teórico de cine) cataloga de “tragones ópticos”, no es para mí importante porque dicha ceremonia no es un evento que me permita descubrir y profundizar más en el arte de la imagen sino una pasarela de los más frívolo y superficial de una industria que está interesada más en producir dinero que en hacer arte. Por todo ello, digo y grito a los cuatro vientos: ¡Viva el arte fílmico, mueran los mercaderes del templo (del arte, por supuesto)! He dicho.

Ahora bien, han pasado nueve años y en ese lapso ha cambiado un poco esta postura porque han cambiado mucho las cosas relacionadas con el cine. Ahora es posible ver películas en internet o en streaming como Netflix o Amazon Prime o MUBI, plataformas que tienen un amplísimo catálogo, aun y a pesar de la abundante basura de Netflix. Y los Óscares de los últimos tiempos me ha dado sorpresas de haber premiado verdaderas joyas. Por ello, ya ha cedido mi postura frente a los óscares, aunque aún no aguanto la ceremonia completa, pero generalmente veo el final, donde vienen los premios gordos: Mejor Director y Mejor película.

Y me ha dado mucho gusto la presencia de cineastas, fotógrafos, escenógrafos y actores mexicanos nominados: la patria es la patria, qué caray. Y me entusiasma ver que un compatriota se lleve un premio y he celebrado al doble cuando este premio ha sido por una obra maestra, como Birdman de González Iñárritu, Los niños del hombre, Gravity o Roma de Carlos Cuarón, o La forma del agua, de Guillermo del Toro.

Este 2020, desafortunadamente, hay sólo tres mexicanos nominados (Rodrigo Prieto, por su trabajo fotográfico en El irlandés, de Martin Scorsese. Mayes Rubeo, diseñadora de vestuario mexicoestadunidense, quien compite por su trabajo en Jojo Rabbit, y Gastón Pavlovich, uno de los productores de El irlandés).

En esta ocasión tengo curiosidad de qué va a pasar con Parásitos, una excelente película coreana, al Oscar a la Mejor Película Extranjera. Esta película ya se estrenó en Celaya y tuvo una muy buena respuesta del público.

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