0 9 mins 2 meses

Jeremías Ramírez

El titulo de este libro llama la atención desde que está en el estante. Como podemos ver en la foto, sobre un fondo verde sobresalen las dos palabras iniciales: Mala Leche, que en nuestro lenguaje coloquial significa hacer algo con malas intenciones, pero además por el color de esas letras (rosa mexicano), el color de la portada (un verde fosforescente) y el tamaño de su tipografía. Así fue como llamó mi atención en un centro comercial.

            Lo tomé, revisé los textos más pequeños de la portada, leí la contraportada; y mi primera valoración fue que, posiblemente, se tratara de un libro con un título llamativo, pero con un contenido sin profundidad.  Estuve tentado a dejarlo en su lugar, pero qué tal si tenía alguna información interesante, me dije, y decidí darle el beneficio de la duda. Aún así me pesó pagar casi 300 pesos por él.

            Como es mi costumbre, tan pronto salí del centro comercial le quité el celofán y empecé a leerlo. No me gustó que iniciara con un drama familiar: la autora relata la resistencia de su hijo de unos 8 años por cambiar sus habituales gustos por los juguitos, pastelillo, galletitas, por comida nutritiva. Y de ahí da paso a hacer una semblanza en un tono un tanto de queja de los productos de las grandes industrias que inundan los centros comerciales empaques llamativos y con promesas grandilocuentes. Paré la lectura.

            El libro lo dejé sobre la mesa y cada que veía lo veía me ponía a pensar si debía seguir leyéndolo o sería mejor ponerlo en el librero y esperar a algún día me interesara.

Sin embargo, en menos de una semana volví a la lectura. De pronto el reportaje (en se momento me di cuenta de que el libro era un reportaje) da un giro, traspasa una puerta y, sin previo aviso, entra a un laboratorio donde se preparan las imágenes publicitarias atractivas y se definen ciertas recetas con sabores con un alto poder de seducción principalmente para lo sectores juveniles.

En este capítulo abría un bote de la basura y hundía mis narices en ese bote y sus penetrantes aromas dulces se tornaban fétidos.

            Barruti me acababa de introducir a la antesala del escabroso mundo de las grandes marcas de alimentos procesados para de ahí bajar a los sótanos de una industria que, pese a que son famosas y bien conocidas, pocos han ido más allá de sus fachadas y han penetrado al inframundo industrial alimentario y descubrir los terribles mecanismos de poder y manipulación que ahí se definen.

            De los laboratorios, Soledad Barruti nos adentra a la pampa argentina en un tour a force por las granjas lecheras para mostrarnos un escabroso cuadro de maltrato animal donde las vacas son sobre explotadas como esclavas productoras leche y son exprimidas literalmente hasta la última gota tras llevar una vida miserable en un encierro carcelario terrible en el que los animales sufren al grado máximo. El cuadro que nos muestra Barruti no está lejos de los campos de concentración nazi.

Esto le permite informarnos lo que contiene cada litro de esa sustancia blanca, pura, impoluta encontramos en el supermercado. Esta presentación inmaculada oculta a la perfección la crueldad y la carga de antibióticos, pus y toxinas dañinas que a diario ingiere el consumidor.

            Hundidos en el cieno de la podredumbre empresarial, Barruti ahora nos lleva, cual Virgilio, a un círculo más del infierno y nos sumerge en la selva amazónica para descubrir como las marcas han ido devorando la vida vegetal de la selva para impulsar el cultivo del maíz para obtener uno de sus componentes más peligrosos y dañinos de los productos ultraprocesados: el jarabe de maíz de alta fructuosa, cuya peligrosidad advierten muchos médicos y responsable en la generación de graves enfermedades como la diabetes.

            Paso a paso nos adentramos en la selva hasta llegar a los pueblos más recónditos que no han podido evitar que el largo brazo del capitalismo alimentario los alcance y se instale en sus comunidades, en las tienditas de sus escuelas y los desayunos escolares seduciendo a los niños con sus colores y sabores llenos de azúcar.

            Pero el fondo de este infierno nos muestra Barruti no está en la selva o en los laboratorios, sino en los basureros argentinos en donde los sin nada, los pobres de los pobres, van a buscar comida y encontraban muchos productos ultra procesados, aun en sus empaques intactos, con los que palian el hambre. Ah, pero un día las marcas se dan cuenta de lo que sucede en esos basureros donde cientos de parias consumen sus productos gratuitamente y se les ocurre una idea genial para extraer ganancias de estos productos caducos: los bancos de alimentos.

A través de estos bancos de alimentos exprimen aún más el trapo financiero para arrancarle las últimas gotas de monedas tintineantes, pues los productos, que antes iban a la basura, ahora son ofrecidos a precios muy bajos a los miserables. Ya no más comida gratis. Y estos bancos, además, les sirve para justificar impuestos y crearse una imagen de almas caritativas que se preocupan por el bienestar de los pobres y colocan en sus empaques la leyenda de que son empresas socialmente responsables.

            Barruti, imparable, atraviesa la selva lacandona, hurga en Colombia los esfuerzos de luchadores sociales en contra de las marcas, y aterriza en México para embarrarnos la tragedia de los indígenas chiapanecos esclavizados al consumo de la “sagrada coca”, como ellos la llaman, y quienes tienen el récord más alto de consumo per cápita: 2.5 litros por persona, y por ello, como atacados por un virus letal, son afectados por la diabetes, enfermedades cardiovasculares, etc.

            Las últimas páginas del libro las reserva para regalarnos un poquito de oxígeno. En medio de los que parece una tragedia sin fin, aparecen en escena los superhéroes, los pequeños Davids que, armados con sus hondas intentan derribar a los Goliats empresariales.

Sus pequeñas hondas son su conciencia, su necesidad de salir de las garras y sus conocimientos de agroecología con los cuales han podido ir avanzando metro a metro con cultivos orgánicos plantados bien en campos agrícolas reducidos o en pequeñas parcelas citadinas en donde han visto crecer sus esfuerzos, generando un movimiento que poco a poco va atravesando fronteras y permitiendo el surgimiento de un movimiento en favor de la vida en muchos países tercermundistas.

            Vaya viaje a los que nos ha llevado esta periodista argentina. Al llegar a la última página nos damos cuenta que ya no somos los mismos.

La tragedia que se camufla en la normalidad cotidiana, ahora nos brinca desenmascarada y tras un niño, un anciano, un albañil, una ama de casa cargada de botellas de refrescos sentimos algo que nos hiere por dentro. Ahí van inocentemente a disfrutar “la chispa de la vida” cargando sus cuerpos de enfermedad, dolor y muerte.

Tras la lectura de este libro, ya no podemos ser insensibles ante la tragedia que se va fraguando sin que podamos hacer algo más allá que ver con ojos de tristeza la absurda realidad.

El consumo de estos productos es la razón, afirma el Doctor colombiano Carlos Jaramillo, está directamente relacionado con el índice de muertes por enfermedades cardiovasculares, diabetes y del COVID.

Este libro es fácil de encontrar en las grandes librerías, en portales de internet como Amazon y hasta en las secciones de libro de las tiendas de autoservicio.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *