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Enrique R. Soriano Valencia

Mañana viernes 13 de agosto se cumplirán 500 año de la caída de México-Tenochtitlan. Y me parece oportuno tratar una palabra producto de ese acontecimiento. El Diccionario de la lengua española, DLE, define malinchismo como «Actitud de quien muestra apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio». El vocablo tiene su origen en el papel que jugó Ce Malinalli –presunto nombre de la indígena al servicio de Hernán Cortés y que derivó en Malinche o Marina, como actualmente se le conoce– durante el proceso de derrota de los mexicas por los españoles en 1521.

La derrota del Imperio mexica duele profundamente en los sentimientos nacionalistas. Pero ese sentimiento de derrota en la práctica es más propio, característico, de los mestizos, grupo al que pertenece la cultura dominante de nuestro país.

Si se me permite la crítica, este grupo dominante no es capaz de descubrir en sí mismo, lo que condena. Es decir, el malinchismo lo aplicamos con mucha facilidad, pero somos incapaces de descubrirlo en nosotros mismos.

Por una parte, no somos capaces de ponernos a estudiar las culturas prehispánicas para amarlas con profundidad. De las lenguas, las ruinas, los códices y de la filosofía netamente americana saben más los extranjeros que los propios nacionales. La mayoría de los mestizos despreciamos y discriminamos a las etnias que descienden de esas culturas; tampoco tratamos de entender el momento histórico en el que se dio y del cual somos producto. Ni siquiera nos reconocemos como mestizos, es decir, como mezcla de sangre indígena y española, de la que deberíamos estar orgullosos.

Tampoco creo que sirva mucho para solucionar algo, pedir a los españoles actuales que se disculpen por lo que pasó hace 500 años. Acaso ¿modificaría en algo la radiación actual en Japón si los norteamericanos se disculparan por las bombas de Hiroshima y Nagasaki?

Los españoles que actualmente viven en España, ni siquiera son descendientes de los que vinieron a conquistar. Los conquistadores se quedaron aquí y de ellos venimos. Entonces, querámoslo o no, buena parte de la población actual, me refiero a la mestiza, no se siente orgulloso de sus rasgos, ni de su tono de piel. Solo basta recordar que cuando nace un niño de inmediato la gente se fija en el color de piel –antes que fijarse en su salud o en alguna eventual deformación– y exclama: «Siquiera no está tan prietito».

Nuestra cultura es malinchista, justo, lo mismo que condenamos. Nos hemos convertido en lo que odiamos.

Lo noto en los lectores de mi libro Tlaquetzalli (Ediciones La Rana, 2016). Es una lectura tan extraña, tan alejada de nosotros mismos, que, a pesar del formato de cuento, cuesta sincero trabajo comprender las historias y relatos. La Conquista desculturizó a nuestros antepasados. Por herencia, nosotros mismos seguimos en esa condición de desculturizados. Lo mínimo que deberíamos hacer es recuperar con objetividad la historia de nuestros antepasados. Exaltar alguna de ellas, nos convierte en lo que criticamos. México actual es producto de esa mezcla, de ese encuentro, admitamos ambas corrientes para encontrar la paz.

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