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Arturo Miranda Montero

El panismo guanajuatense ha vuelto a confirmar su hegemonía luego de las elecciones. Pero siendo la misma marca, ya no es igual.

Desde 1991, los empresarios vieron la oportunidad de acercar su poder económico al poder político; sus ideas para el siglo veintiuno se vislumbraban exitosas, estratégicamente hablando. El panismo católico tradicional tuvo que abrirle espacios a los arribistas que ansiaban el poder. Un buen tiempo convivieron: el partido para los tradicionales y el poder decisorio para los empresariales. Y con el transcurso del usufructo del poder, viró todo hacia lo ya probado: control de las organizaciones, del presupuesto y de las nóminas oficiales; así se ganan elecciones, a la vieja usanza priista.

Ahora, ya bien entrado el siglo, ni los tradicionales ni los empresarios se distinguen dentro del panismo. Son los tiempos del new age, de la publicidad mercantil, de los influencers y de las simple apariencia, donde lo importante es vender la marca. No existen más las tensiones ideológicas; lo que hay son los intereses cobijados de publicidad. Los personeros hablan de cosas simples y sin mayores calados, juegan al show y privilegian las redes sociales para hacer caras y mostrar sonrisas.

Tres décadas pueden evaluarse en sus resultados: un partido que controla todo el poder institucional, una sociedad desequilibrada y con profundas desigualdades y, sobre todo, una sangría no vista ni en la independencia ni el las batallas revolucionarias o cristeras. El crimen tiene permiso.

No puede haber innovación o creatividad con separaciones sociales evidentes. Ser una marca acarrea reputación: el panismo gana pero no convence.

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