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Arturo Miranda Montero

Nunca jamás los habitantes de estas tierras habíamos estado tan armados como hoy. Y lo dramático de nuestra vida actual es que empuñamos las armas unos contra otros.

Armados están el ejército, la marina y la guardia nacional; armadas también todas las fuerzas estatales y municipales; las empresas privadas de seguridad (que han crecido como hongos) también arman a sus empleados; las denominadas autodefensas tienen armas para eso; los zapatistas y otras organizaciones algo tienen; en las redes sociales son fáciles las fotos de cualquier hijo del feis con pistolones; y, desde luego, los mejor armados y con presencia en todo el territorio nacional, los criminales: te asaltan, extorsionan, venden drogas, controlan economías, destazan y embolsan o pozolean impunemente a punta de balazos.

El furor por las armas es evidente. A nuestra convivencia tan atropellada y vulgar no le falta nada de eso. A la menor provocación u oportunidad, salen las cóconas. Las hemos naturalizado a tal grado que cualquiera quiere tener esos instrumentos para su uso, con el pretexto que sea.

En cualquier lugar uno puede hacerse de metralla de todo tipo. Los que controlan el dinero legal o ilegal pueden más. Nuestra policías municipales, por ejemplo, ¿qué demonios pueden hacer frente a los malandros de las grandes empresas criminales?

Nuestros políticos son verdaderos ignorantes que nomás hacen pendejadas, cuando menos. Lo peor es que estén enchufados al negocio floreciente del crimen. En las administraciones públicas todo se va en inventar leyes dizque más duras, en meter a la cárcel a cualquiera sin procesos debidos y en gastar más y más en armar a personas reclutadas de la misma sociedad que nada sabe ni entiende de derechos.

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