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Velia María Hontoria Álvarez

 Me fui a caminar por el centro con mi nieto, muy contentos estuvimos paseando en el tren, caminé detrás, mientras mi chicuelo sonaba la campana, igual que lo hice hace muchos años con mis hijos. Saboreamos los alrededores de sus cuidados prados, respiré la belleza de mi añoso jardín. Observé a un papá sentado en los portales, dándole unas migas de pan a las palomas; miré al señor de limpia barriendo afanoso, mientras muchos de los ahí sentados comían, reían y tiraban al suelo los desperdicios.

Saludamos a nuestra querida señora del Carmen, entregamos el rezo. Las personas han aprendido a sonreír, desear buenos tardes con los ojos; pude cruzar con toda la tecnología el boulevard, abrazando al pequeño con paso quieto, a sabiendas de que en Celaya respetamos al que cruza, el uno al uno y más acciones que nos distinguen como personas afables. Por la noche, saboreando el recuerdo me acordé que para lograr cambios se necesita de la voluntad de las partes y ahí es donde siempre los ciudadanos tenemos bastante quehacer e injerencia.

El crecimiento de Celaya es asombroso, recordar que cohabitamos más de seiscientas mil personas aun me sobrecoge pues nos presupone un desafío enorme, no solo a las autoridades sino también a los que la hacemos nuestra. ¿Qué hacer, cómo coincidir y ponernos de acuerdo entre lo que yo entiendo por una ciudad bella y cómo tú la vives? ¿cómo defender, la importancia de la limpieza e higiene? ¿es problema de las autoridades o decisión nuestra? ¿de qué manera debo pedirte valentía, para ayudar al desvalido, dar alerta cuando miras que impunemente roban; recordarte cuan inservible es tu silencio de cafetería o el que anuncias en redes?  Necesitamos decidir qué y cómo queremos vivir. Hacen falta espacios verdes, escuchó a menudo decir con razón. Más ¿cuidamos y utilizamos en bien los existentes? 

Necesitamos parar en seco la corrupción a esos vandalillos con gafete, se ha repetido en cientos de ocasiones, pero ¿cuándo cometes una infracción, sacas la licencia en silencio a sabiendas, reconociendo el trámite o el error o abres el monedero? Sin sociedad civil responsable, es difícil que exista una autoridad competente dicen los expertos; pues somos nosotros “los de a pie, los del diario, los sin títulos” quienes podemos exigirles a los gobernantes y funcionarios que respeten los recursos públicos y cumplan con normas y leyes; más ¿cómo exigir lo que yo no cumplo?  ¿qué se necesita para vivir en una ciudad confiable?

Una nueva oportunidad se acerca, una puerta se cierra y otra se abre ¿qué haremos? ¿qué estamos dispuestos a hacer diferente? ¿necesitamos de consultas costosas para reconocer a los maleantes de los bienhechores?  ¿Retacaremos cárceles con los consabidos conocidos que siempre escapan y en titulares se anuncian? Decía Cortázar que la esperanza le pertenece a la vida, que es la vida quien se defiende, por medio de la promesa que nos hicimos al emitir el voto; ese voto que se empuño con la ilusión de hacer un Celaya, en donde quepamos de mejor manera, basta de colores, quemen playeras, fracturen la barrera que divide, sumen Celaya. Abramos las ventanas, dejemos que el miedo se deslice a las alcantarillas. Rompamos esa visión del para mi y entonemos el nosotros, Celaya aun respira, sigue viva, si Dios, no ha perdido la esperanza en nosotros quiere decir que aun existe el ¡Si se puede, hay de otra¡ de ti, de mi depende.

*Dedico cariñosamente estas letras a Tere Ramos Morin.

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