0 4 mins 3 semanas

Enrique R. Soriano Valencia

Hace tiempo fue publicada una nota donde se informa que los niños al terminar primaria, en su mayoría, tienen deficiencias para realizar operaciones aritméticas y para comprender textos (lecturas). La información reporta que en promedio seis de cada diez niños de sexto año les es imposible hacer operaciones con decimales; y que la mitad de ellos, no comprenden los cuentos.

Ambos resultados son alarmantes. Aunque, programas, profesores, autoridades y padres de familia se afanan en diferenciar las matemáticas del español, presumo que la razón es la misma: la capacidad de abstracción a causa de que en ambos casos no hay dominio de lenguajes simbólicos.

Tanto las matemáticas como el idioma son lenguajes. Ambas recurren a representaciones para crear razonamientos. El dominio de símbolos –matemáticos y fonemas– debe propiciar el razonamiento para conceptuar. Las pequeñas líneas cruzadas (una horizontal y la otra vertical) representan el símbolo más que, a su vez, indica un número positivo o el acto de adicionar. Verlo, interpretarlo como símbolos, debe propiciar un proceso de pensamiento para obtener un resultado. De igual forma, la representación de sonidos en letras (fonemas), combinadas nos dan palabras. Si no descubrimos que enunciar juntos los fonemas m-a-m-a refieren a quien nos dio la vida, estamos fritos.

A mi parecer, los resultados en mucho se deben a que social y familiarmente poco se propicia la reflexión y el trabajo conjunto. En buena medida, su ausencia se debe a que no se deja a los niños tomar decisiones, ni se discute con ellos lo que leen o aprenden. Decidir es uno de los procesos mentales más importantes del cerebro. Inclinarse por una opción necesariamente obliga a valorar. Eso solo hecho implica una reflexión. Pero también se castiga sin analizar la razón de la represión si no aciertan en la conducta que el adulto espera.

A las nuevas generaciones se les dota lo más posible de todas las comodidades y se les dice cómo actuar. Se les cubren las necesidades y ya no deciden qué hacer.

No valoran que si dejan de hacer sus deberes traerá consecuencias negativas porque padres y maestros no esperan a que sean conscientes, simplemente se les dota cuando requieren. Los padres los han relevado de sus obligaciones familiares (hacer su cama, lavar los trastos o estudiar); en tanto los maestros, no esperan les dan margen a que concluyan: se les dice cómo hacer y qué deben aprender (en realidad memorizar). Por ello, los niños no se obligan al mínimo esfuerzo de reflexión o toma de decisiones. No tiene la necesidad de decidir si hacen o no algo, porque su mundo está solucionado.

Los padres pelearán a los maestros que los acrediten del modo que sea. ¿Sus actos les trae consecuencias?, no.

Las matemáticas y el lenguaje propician habilidades de abstracción. Eso deriva en reflexión y toma de decisiones. Sin estas habilidades básicas lo que se está formando son autómatas, piezas externas de una maquinaria que solo reproducirán condiciones de existencia: hombres y mujeres funcionales sin el menor ápice de iniciativa, reflexión o análisis.

[email protected]

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *