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Arturo Miranda Montero

Los mexicanos no somos demócratas. Nos encanta el paternalismo machista.

Entre nosotros goza de simpatía el ejército y, todavía, la iglesia católica, es decir, el autoritarismo vertical.

Igual que a los franceses con su revolución, también a nosotros puede cuestionársenos: ¿ciudadanos? ¿quién nos formó ciudadanos?

Para ser ciudadanos no basta con ser nativo ni habitante del territorio, son necesarias las exigencias: saber qué derechos tenemos y cómo hacerlos valer. ¿Cuántos mexicanos seremos realmente ciudadanos? ¿Cuántos exigimos derecho a la salud, a la educación, a las libertades para poder ser individuos plenamente realizados? En las condiciones económicas que hemos heredado y que crecen contra nosotros, no podemos ser. Mientras tengamos que corretear la comida del día a día, mientras tengamos que vérnoslas con viviendas infames y mientras no tengamos mínimos de bienestar individual, familiar y social, no podemos encargarnos de cosas como la política y las cosas republicanas.

De nuestras incapacidades se aprovechan tres sectores: los dueños de capitales que se enriquecen cada vez más, los mafiosos que con todas sus mañas ya controlan el territorio y, por supuesto, los demagogos que hacen de la política su negocio particular. Negocios, crimen y poder están en lo suyo mientras nosotros nos alejamos de ellos dejándoles hacer. Colaborar sería el meollo de nuestra convivencia. Pero no nos queremos unos a los otros. Nuestra simple vecindad resulta un conflicto cotidiano; nuestras violencias comienzan en casa. Así no se puede ser colaborativo, y de eso se aprovechan los más listos…

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