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Arturo Miranda Montero

Cuando una sociedad está metida hasta el cuello en problemas, los que pretenden ser dirigentes han de entender por qué y cómo sacarnos del atolladero.

Al revisar las campañas electorales, podemos ver que estamos ante puro advenedizo que se ha metido a la política, la que no le queda, por su simple incapacidad.

Va el mejor ejemplo: la capital del estado. Dos debates que sintetizan nuestra pobreza política. Sin partidos políticos permanentes, la pepena de posiciones en las planillas para ayuntamiento ha sido de pena propia y ajena. Todos quieren quitarle poder a quien está jugando con la burocracia a su servicio, pero ninguno tiene fuerza propia como para emplazar alternativa; sólo les queda la negociación en lo oscurito, esa que ya está hecha o que nomás faltan días para amarrarla.

Nadie ha hecho referencia siquiera al municipio como base del orden republicano, no pueden vernos como comunidad completa ni, mucho menos, piensan en un gobierno autónomo y libre, sin mediación de nadie. Todo ha sido hablar de administrar esto y lo otro, y desentenderse de gobernar la República desde abajo. De ahí que estén perdidos en el bache, incapaces de mirar en lontananza.

Los intereses contantes y sonantes ya están con las garras listas para apañarse los cargos, lo cual no es novedad. En su horizonte están los contratos, los usos del suelo, las licencias, las concesiones, los moches, las cuotas y todo lo que deja la administración pública municipal. La cueva de los ladrones.

¿Alguno nos ha llamado a enfrentar juntos la pandemia o la inseguridad o el desempleo o el deterioro medioambiental o la sequía, eso que ataca a nuestra comunidad de personas libres y con derechos? No, solo nos miran como sus votantes.

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