Para sobrevivir al confinamiento

Colaboradores

Jeremías Ramírez Vasillas
La pandemia nos ha llevado a tener una nueva experiencia que nunca antes habíamos tenido: el confinamiento masivo.


Pero quizá no nos hemos dado cuenta que el ser humano, a lo largo de su vida, pasa por diversos tipos de confinamientos. De niño empezamos confinados en cunas que les ponen barrotes, o nos cierran el paso a las escaleras, o nos dejan encerrados en un cuarto o en el patio de la casa. Cuando nos volvemos adultos, somos confinados en oficinas, talleres o fábricas.

Hay algunos que soportan bien ese confinamiento, pero muchos otros no. Estos últimos son los que ansían que llegue la hora de salida y aúllan felices porque llega el viernes y lloran cuando empieza la semana, y sueñan con ganarse la lotería (para ya no trabajar, es decir, para no estar confinados sino gozando de la libertad en una playa).

Los confinamientos más severos son la cárcel, el secuestro o los accidentes. Los terremotos atraparon personas dentro de los escombros y los autos volcados dejan atrapados en su interior a los tripulantes. Son experiencias terribles.


Pero quizá el peor de todos los confinamientos es ser enterrado vivo. Edgar Allan Poe escribió Entierro prematuro en el que narra los sufrimientos de una persona que sufre catalepsia (trastorno nervioso repentino que se caracteriza por la inmovilidad y rigidez del cuerpo y la pérdida de la sensibilidad y de la capacidad de contraer los músculos voluntariamente) y parece que ha muerto y es enterrado vivo.


Pero hay otros confinamientos menos evidentes, invisibles, pero tan severos como los físicos. Los personajes de la película El ángel exterminador, de Luis Buñuel, son invitados a una fiesta y de pronto uno de ellos advierte que están atrapados en una zona de la casa por un muro invisible.


Esos muros invisibles existen en todos los seres humanos. No hay persona que no viva con algún tipo de muro que lo confina. Muros geográficos (colonia, ciudad, estado, país), muros ideológicos (nos encierran en las ideas y creemos que lo que sabemos —poco o muchos— es todo lo que existe y no nos atrevemos a ir más allá y repetimos una y otra vez los mismos patrones, aunque nos metan en problemas). Y los muros emocionales, que no encierran en el miedo, el coraje, la ira, la frustración.


Las cárceles ideológicas las configuran nuestras costumbres, nuestra religión (aquí entran también los ateos que son los más duros), nuestra educación, y creemos que cualquiera que piense diferente está mal, e incluso lo agredimos verbal o físicamente. Este tipo de confinamiento es el que ha propiciado los linchamientos en el mundo, como la de los judíos por la Alemania de Hitler, o la de los estudiantes en el 68, cuyo caso patético es el que se escenificó en Canoa, cuando el pueblo asesinó brutalmente a un grupo de trabajadores de la Universidad de Puebla. Felipe Cazals filmó, Canoa, una espléndida versión de este caso. Y hoy vemos en televisión como ese tipo de confinamiento ideológico configurado por la ignorancia lleva a grupos de personas a agredir al personal médico o a descalificar a las autoridades médicas en las redes sociales y en muchos periódicos locales, nacionales e internacionales.

Un maestro del confinamiento fue el psiquiatra judío Víctor Frankl, que estuvo recluido en un campo de concentración nazi y sobrevivió física, emocional y moralmente gracias a que utilizó a su favor un espacio de libertad intocable por aquel que puede apresar el cuerpo: la mente. Frankl se refugió en ese espacio de libertad, replanteó inteligentemente como enfrentar ese atroz encierro y logró salir avante. Ahí, en ese campo de concentración desarrolló un método terapéutico para romper las cárceles ideológicas y emocionales: la logoterapia, que consiste es una psicoterapia que propone que la voluntad de sentido es la motivación primaria del ser humano. Y publicó esta estrategia en su libro El hombre en busca de sentido. En ese libro, lleno de sabiduría, hay una frase que hoy puede ayudar a quienes sus circunstancias han empeorado por la falta de empleo, por la muerte de un ser querido, por la pérdida de ciertos bienes. Esta frase dice: «Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos».


Considerando lo anterior, si estamos destinado a ser seres confinados de alguna u otra forma, incluso atrapados en nuestro cuerpo (quien más siente este confinamiento es quien nació lisiado, ciego, cojo, manco, con retraso psicomotor, o cuando la edad deteriora el cuerpo y prácticamente tenemos que cargarlo y unas simples escaleras se convierten en una montaña), y tenemos que aprender a buscar nuestra libertad y romper los muros que nos confinan.


Pero para encontrar esa libertad necesitamos herramientas para escalar esa difícil montaña.


Una de las mejores herramientas es la imaginación. La imaginación nos ayuda a encontrar soluciones creativas que permiten no sólo a resolver los problemas sino a alcanzar metas mucho más altas.


Hoy vemos a los grandes empresarios pedir (casi exigir) que el gobierno se endeude para que los rescate, en vez de utilizar su imaginación. Parecen inválidos mentales que no pueden pensar. Son como el hijo que desprecia al padre, pero cuando está en problemas corre en busca de su ayuda.
En contraparte, vemos en programas de televisión, como “Diálogos en confianza”, a pequeños grupos, organizaciones de la sociedad civil, grupos vecinales o de barrio, organizaciones gremiales o artesanales, desarrollando estrategias creativas. Incluso, desarrollando tecnología novedosa y a bajo precio, como los respirados artificiales. Y todos ellos tienen un factor común: buscan contribuir al beneficio de los demás, de su comunidad, de su barrio, de su colonia, de su ciudad, de su gremio, en suma, de su prójimo.
En estos ingenioso y creativos emprendedores hay un pensamiento horizontal. No buscan el crecimiento por el crecimiento, poniendo la mirada sólo en la ganancia, en el enriquecimiento, sino en el bienestar colectivo.


Ahora bien, muchas veces quisiéramos encontrar soluciones, pero parece que estamos bloqueados. Y nos damos cuenta que nuestra imaginación es débil. ¿Hay manera de volvernos creativos? ¿Podemos fortalecer la imaginación?

Un amigo mío, filósofo de profesión, tenía una frase simple, casi un chiste, pero no por ello menos verdadera: “De la nada, nada”. Para que haya algo debe haber algo anterior que la impulse. Para que la imaginación desarrolle su potencial necesita nutrirse de ideas, buenas ideas, ideas de valor, ideas nutritivas.


Muchas de estas ideas están en el arte, pues este impulsa la imaginación, y ésta nos ayuda a encontrar soluciones efectivas. Este es el momento de impulsar el arte en nuestras casas. Hay que nutrirnos y nutrir a nuestros hijos con libros, muchos libros, buenos libros, buenas películas, buenas obras de teatro, de muestras pictóricas, de danza, de canto, de buena música.


Cuando leemos un buen libro, ya sea una de las grandes obras de la literatura, la filosofía o la religión, como la Biblia, notamos que se nos abren ventanas porque hemos descubierto algo que no sabíamos. Lo mismo sucede con una buena obra de teatro, o una gran película o un espectáculo dancístico o musical o una exposición pictórica de calidad.


Paulo Freire, el gran educador brasileño, decía que la misión más importante de una escuela es enseñar a pensar. Esta es nuestra segunda herramienta. Hoy mediamos la calidad un estudiante en función de cuanta información tiene en su cabeza. Y los exámenes no son más evaluadores de ese almacén de información. Los estudiantes, tan pronto egresan esa carga la van olvidando. Con el paso de los años olvidan casi todo. Y la inversión se ha ido a la basura.


Pensar es muy importante porque es la habilidad de utilizar esa información, digerirla, integrarla, usarla para encontrarles sentido a las cosas y para generar nuevas ideas, ideas útiles que nos hagan vivir mejor. El arte también nos enseña a pensar.


En un diagnóstico superficial nos damos cuenta que los mexicanos, en su mayoría (sin contar a muchas mentes brillantes y generosas que gracias a ellas este país funciona) hay una desnutrición ideológica y moral. Por ejemplo, la música es un indicador de pobreza o riqueza ideológica. Con la música la gente nos dice cuál es su desarrollo. Noten que a mayor pobreza intelectual más alto es el volumen.


Otro indicador, es el habla. La riqueza de las palabras y la precisión y facilidad de comunicación son indicadores. Es notorio alguien carente de ideas con la manera en que habla, con el repertorio de palabras que usa. Y esa pobreza lingüística la vemos en los políticos y las estrellas de la televisión. Vaya espectáculo que han dado los reporteros que acuden a las conferencias de prensa de las siete de la noche en Palacio Nacional.


Otro indicador de pobreza mental y moral es la violencia. La violencia es el recurso de alguien cuyas ideas son demasiado cortas. En vez de solucionar los problemas con el diálogo, exhiben la fuerza. Este es un síntoma de desnutrición mental, educativa y moral.


Ahora bien, señalar el problema es la mitad de la solución. Cuando vamos al médico de nada serviría que nos diera sólo el diagnóstico y no el remedio.
¿Dónde está el remedio? En cada uno de nosotros. Repito la frase de Víctor Frankl: «Cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos». Y una de las herramientas para cambiarnos son los libros. Y hoy no hay pretexto del costo. En el internet navegan un sinfín de grandes libros en PDF completamente gratuitos.

Estas son las herramientas que nos pueden liberar del confinamiento físico, ideológico, moral, emocional, e incluso, laboral y familiar. Hagamos de este confinamiento físico el laboratorio de una vida mejor.

Ah, un consejo: quejémonos menos y trabajemos más.

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