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Jeremías Ramírez

Dice el diccionario de la Real Academia española que la salud es el “estado en que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones”. Sin embargo, la mayoría de las personas cree que estar sano es que nada les duela, y no que el cuerpo ejerza todas sus funciones y mucho menos que cada parte del cuerpo funcione con armonía y a su mayor capacidad.

La pandemia vino a poner al descubierto las pobres condiciones de salud de la población mundial, pues muchos de los que murieron aparentaban no tener padecimiento alguno ni les dolía nada, pero su cuerpo no resistió el ataque del virus.

Subrayo: un cuerpo no está sano cuando se presenta un contagio por algún agente patógeno y el cuerpo cae abatido.

La medicina ha tratado de preparar los anticuerpos a través de las vacunas, aunque el cuerpo prepara otros más al margen de las vacunas y esto lo hace cuando un agente patógeno ataca y el sistema inmunológico genera los anticuerpos para defenderse. La capacidad de defenderse está en de su fortaleza la cual define el tiempo que le tomará para solucionar el problema.

Si el sistema inmune está debilitado por una salud defectuosa muchas veces no resistirá el ataque de un agente infeccioso y devenga un cuadro crítico del cual el cuerpo puede salir airoso con la ayuda de medicamentos y tras un periodo de convalecencia… Si esto no sucede, entonces el cuerpo sucumbe y muere.

El virus SAR COV-2 ha dejado un porcentaje importante de fallecidos y otro, mucho más grande, de afectados en diversa manera. Sólo aquellos con una mejor fortaleza (una mejor salud) lo sufrieron de forma leve o incluso ni se dieron cuenta. Pare ellos fue como padecer una gripe común. De hecho, como este virus es respiratorio, ataca los pulmones y genera neumonía.

Pero, cabría preguntar, ¿de qué depende la fortaleza sanitaria del cuerpo? Bueno, depende de varios factores: la alimentación, la herencia genética, el orden emocional y el ejercicio diario, además de un descanso apropiado.

Y muchos médicos afirman que un factor crucial en la defensa de patógenos está en lo que comemos.

Para entender la importancia de la comida pensemos en un automóvil: para que este funcione necesita gasolina, pero no cualquiera. Si le ponemos de mala calidad pronto el motor de ese auto va a sufrir daños severos hasta que motor deje de funcionar.

La alimentación es la gasolina del cuerpo, salvo que, en nuestro caso, tenemos un problema: el sentido del gusto. Este sentido nos lleva a elegir la comida, no en función de su calidad nutricional (en el auto sería una gasolina limpia, sin plomo, sin suciedad, de alto octanaje), sino de su sabor. El auto no tiene gusto así que le da lo mismo este aspecto, aunque el motor funcionará de mejor manera cuando es mejor la calidad de su gasolina.

Como elegimos sólo los alimentos que nos gustan seguramente no nos hemos preocupado en investigar si es lo que le convienen a nuestro cuerpo. Y si por años repetimos esta conducta ingiriendo mucha comida de pésima calidad, pero sabrosísima, tarde o temprano nuestro motor empezará a presentar fallas. Y entonces iremos a visitar al médico. Y el médico nos recetará una pastillita o una inyección, y tan pronto deje de molestarnos la parte afectada (aunque no se haya curado del todo), seguimos con nuestra vida habitual hasta que ese problema aparece de nuevo. Poco a poco vemos que el problema se hace recurrente y se presenta cada vez con mayor frecuencia y con mayor severidad.

La alarma se enciende cuando la pastillita o la inyección ya no funcionan, sin embargo, aun en esas condiciones, pocos nos damos cuenta de que el daño que sufrimos tiene relación directa con nuestros hábitos alimenticios. Y seguimos insistiendo en los tratamientos médicos, que no nos ofrece una buena respuesta, y sin cambiar los hábitos.

En esa situación, sólo pocos se dan cuenta de esa relación enfermedad- alimentación y que tras ajustar su ingesta es posible minimizar o revertir la enfermedad. Primero, habrá que eliminar de la dieta muchos “alimentos” dañinos, por ejemplo, las bebidas azucaradas, los alimentos altamente procesados (que vienen en lindas cajitas, en latas, en empaques brillantes), las harinas refinadas (entre ellas mucho de la panadería que nos encanta), etc., y agregando otros que sí son benéficos, como las verduras frescas o la fruta de temporada, además de semillas y aceites saludables, además de una serie de suplementos alimenticios estratégicos.

Si usted ha seguido hasta aquí la lectura se preguntará si yo soy médico o porque escribo de estar manera.

No, no soy médico, sólo soy un paciente que ha peregrinado por diversos consultorios, y con mayor frecuencia a medida que he ido envejeciendo y que mi mala alimentación seguía provocando daños en mi cuerpo. Mi última enfermedad me hizo rechazar la respuesta a la habitual de los médicos quienes me indicaban un tratamiento que tendría en mí efectos secundarios terribles.

Entonces empecé a buscar alternativas. Muchas de las llamadas medicinas alternativas rayan en la magia y el esoterismo y eso tampoco me parecían una opción viable. Ya tenía algún tiempo investigando, pero ahora era urgente.

Afortunadamente encontré un médico que me brindó un método que buscaban el equilibrio y funcionamiento de todo el cuerpo, no sólo eliminar el síntoma, o quitar el dolor, o mitigar los efectos de la enfermedad, pero sin curarla. Bajo su guía fui recuperando el equilibrio orgánico.

Hoy estoy a punto de cumplir un año que empecé esta estrategia de salud y puedo afirmar que ha funcionado sin tener que tomar fármacos.

MI curiosidad, además, me llevó a investigar por qué los métodos habituales no funcionaban, y por qué estaba dando resultados el tratamiento último.

Dice el presidente, Manuel López Obrador: ¡Benditas redes sociales! Y en efecto, en el internet fui encontrando información tanto en páginas de medicina natural y nutricional como en canales de video como los del Dr. Alonso Vega cuyo canal “Betesda, alternativa natural” es una fuente de información valiosa o el canal del Dr. Carlos Jaramillo, médico funcional (como él se ostenta), que también ha sido de valiosa ayuda, entre otros.

Encontré, además, un programa en el canal 14 que se transmite los domingos a las 9:30: “Médico en casa”, programa irlandés, que en cada emisión abordan a una familia con severos problemas de salud y tras una estrategia de orden alimentario les devuelven los indicadores adecuados, y el bienestar físico y emocional.

Y también encontré varios documentales sobre el tema nutricional como Tenedores contra cuchillos (Youtube), Cambio radical (Netflix) y la serie El cuerpo humano (Netflix), entre otros.

Pero la ayuda más valiosa (aparte de las indicaciones puntuales de mi médico) han sido los libros. Enumero aquellos que me han dado una conciencia sobre mí mismo: El Estudio de China, del Dr. T. Colin Campbell, La curación de la artritis de la Dra. Susan Blum, El milagro metabólico, del Dr. Carlos Jaramillo, Nuestro segundo cerebro, de la Dra, Francisca Joly Gómez, La enzima prodigiosa, del Dr. Hiromi Shinya, La pirámide de la salud del Dr. Kris Verburgh, Mitos y verdades de los alimentos, de los nutriólogos Sebastián Oddone y Martín Piña (aunque este se queda muy corto) y Mala leche: por qué la comida ultraprocesada nos enferma desde chicos, de la periodista Soledad Barriti. Y me están llegando más.

Esto no me ha hecho experto en nutrición ni en medicina, pero si me ha permitido empezar a entender como funciona mi cuerpo, qué efectos tienen sobre mí los alimentos, qué alimentos me convienen y cuáles debo evitar o reducir, y a ser responsable de mi salud.

Algunos de mis amigos me han criticado y me arrojan esa pésima frase común: “De algo me tengo que morir”.

Aprender a cuidar nuestro estilo de vida y cómo y qué comemos, no nos hará inmortales, pero si nos dará la posibilidad de salir de esta vida lo más íntegro posible, sin dolores, sin estar postrado por meses sufriendo en una cama de hospital o en una silla de ruedas, conectados una botella de suero, sin poder caminar, hablar, pensar…

Hasta aquí detengo mi reflexión con la promesa de compartirles reseñas sobre los libros que me mencionado y quizá de algunos de los documentales. Salud y larga y armoniosa vida

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