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Velia María Hontoria Álvarez

Dar de comer al hambriento, es una de las semillas de misericordia, es quizá una de las cosas más sencillas que podemos hacer algunos privilegiados, en beneficio de quienes nos rodean y por aquellos, a quién muchas veces no conocemos. La sensación y necesidad del hambre puede provocar guerras, desatar furias y desencadenar torbellinos.

El hambre ha provocado revoluciones, destruido familias. Por hambre, el hombre más decente mata y es la comida, también la excusa para el suicidio, que se esconde de tristeza, para quien renuncia voluntariamente a nutrirse. Una buena comida, ayuda a resolver destinos y sin ella puedes caer en el averno.Toda esta reflexión se la debo a Leonor, quien me mando el discurso del Chef Asturiano José Andrés, recién galardonado, con el premio Princesa de Asturias de la Concordia, por la gran labor humanitaria que realiza su ONG World Central Kitchen; sus palabras me cimbraron: La humanidad de las personas sin voz y sin rostro, esas personas que parecen sombras en la niebla necesitan a personas que las cuiden y las traten como personas.

Ellas no quieren nuestras limosnas, quieren nuestro respeto y sobre todo su dignidad. Y, eso es el poder que tiene un plato de comida, otorga dignidad, devuelve presencia. Hoy más que nunca, abrir nuestras mesas, deberá ser obligada responsabilidad, pues es ahí en la comida, en donde esta una de las grandes soluciones, a tanta desesperanza, violencia y maldad; bastaría sentir en nuestro cuerpo, un poco de hambre, para aceptar la grandeza de la comida y el poder que ejerce en nuestras emociones y acciones.

Cierro mis ojos, abro el recuerdo generoso de mi abuela Rafaela, quien lista estaba para poner en una mano, uno de sus deliciosos taquitos, a quien se lo pidiera, no había excusas para no atender la llamada de quien solicitaba un vaso de agua, un taco, un plato de comida; las delicias que salían de su cocina, me hacían caminar, largas cuadras para encontrarme con sus te quiero, envueltos en un bolillo caliente, relleno de queso fresco con chile guajillo. Cuántas veces, escuché de niña decir a mis mayores, en México nadie pasa hambre, solo basta tocar un portón, para que un trozo de pan, una fruta, un vaso de leche, un plato de sopa, sea sin ninguna pregunta entregado.

Algo paso que aún no logró entender, ¿fue el miedo? O quizá, lentamente como ostras nos fuimos cerrando, cada vez más ciegos, más sordos e indolentes; cuando nosotras, amantes de la cocina, bien sabemos y comprendemos, el inmenso valor que tiene la comida. Un plato de sopa, caliente y aromática abre corazones, sosiega al viajero. Un trozo de pan, calma las angustias, aleja el espanto, serena los miedos. Unos tacos bien enrollados, con tantita sal arrancan sonrisas y componen entuertos. Una taza de atole, le sopla a la pena, para abrirse a la esperanza. Una rebanada de pastel, salpicada por el piloncillo, untada por harto merengue, desbarata sulfuros y conjura abrazos, que animan las buenas pláticas que hacen decisiones.

Entonces, al recordar estas recetas, poderosas y desafiantes, que son pilares para la estabilidad y la paz de las personas que integran familias, por qué y cuándo dejamos de hacerlas, ¿usted, se recuerda, lo sabe?… Qué tal si volvemos a retomar la vieja costumbre, para acompañar desde casa, en tan noble labor a las Asociaciones y Fundaciones, qué tal, si cocinamos desde el amor, que es el mejor de todos los aliños. Qué tal, si ignoramos, al viejo mañoso y aunque quite privilegios, desde su hambrienta necesidad de poder, cada uno y desde donde podamos seguimos donando ¿usted qué dice?

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