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James Joyce

Jeremías Ramírez

Leer la literatura de James Joyce es una tarea ardua, difícil, que se debe hacer lentamente, paso a paso, como por un intrincado bosque sin senderos trazados y cuya trayectoria puede cambiar sorpresivamente.

Por esto es difícil leer los libros de Joyce y los lectores requerimos hacer varios intentos y un buen esfuerzo para culminar la lectura de sus libros más complejos.

            Para leer Retrato del artista adolescente, yo tuve que hacer varios intentos que terminaron en avances breves y fallidos, y que no pasaban de más allá de unas cuantas páginas. Pero hace poco, dispuesto a que nada me imediría la lectura, avancé a paso lento, página a página, día a día, a contracorriente. A veces el avance diario no iba más allá de dos páginas, pero hubo otros en que avancé mucho más rápido: a casi veinte páginas por jornada.

            Retrato del artista adolescente es una novela autobiográfica que inicia desde que el protagonista es un niño y se extiende hasta la juventud, cuando es probable ya tenga unos 20 años.

La narración tiene una fuerte introspección psicológica, técnica quizá novedosa para la literatura de principios del siglo XX, cuando fue publicada.

Su personaje, Stephan Dedalus es el alter ego de Joyce. De esta forma enmascara, de cierto modo, su propia identidad a fin de que el lector no busque el dato preciso, pues a Joyce le parece más valioso exponer la percepción y las sensaciones del personaje que describir los escenarios en donde se realizan las acciones.

            En los primeros dos capítulos se extiende largamente y con cierto grado de detalle para contarnos su estancia en la escuela; y sólo dedica un breve pasaje a una celebración de fin de año en su casa.

La narración de su estancia escolar se centra en las anécdotas duras, crueles, en la que es castigado severamente por los profesores de manera injusta y abusiva. Dichos profesores son sacerdotes jesuitas que aplican una disciplina muy severa. Durante estas experiencias dolorosas vemos lo que piensa y siente el personaje, es decir, Joyce nos introduce en el discurrir de su conciencia. Y esto es justamente lo que hace dificil la lectura. Está técnica de narrar el fluir de la conciencia alcanzará su más alto nivel en su siguiente novela: Ulises, un verdadero reto para lectores de músculo bien desarrollado.

            En Retrato del artista adolescente, sin previo aviso, da salto narrativos en el tiempo y el espacio. De un párrafo a otro ya estamos en su casa o en la escuela, o bien en diversas actividades escolares o varios meses o años después.

            En el capítulo dos, de pronto, llegamos a la adolescencia de Stephan Dedalus y al final de este capítulo, asistimos a su despertar sexual, cuya pasión irrefrenable lo empuja a satisfacer sus deseos con prostitutas y por ende, fácilmente manejado por sus impulsos.

            Pero en el capítulo tres da un giro inesperado. Joyce nos sienta en la banca escolar junto a Dedalus para escuchar los larguísimos discursos morales y religiosos que los sacerdotes que dirigen ese centro educativo preuniversitario dictan sobre la moral católica y los castigos a los pecadores.

Quien no profese la fe católica se verá sorprendido que Joyce se extienda largamente en un discurso terrorífico sobre los castigos del infierno destinado a quienes llevan una vida pecaminosa. Este discurso parece la transcripción de una predicación real, tal y como la dicta la iglesia. La descripción de los horrores del infierno es tan minuciosa que genera un cuadro tan parecido a un cuadro de horror como los del infierno que describe Dante Aligheri en La divina comedia.

Ante tal avasallaje terrorífico Stephan se hunde en una profunda crisis moral que lo sumerge en un atroz sentimiento de culpa y busca por todos los medios librarse de esa tortura y reivindicarse ante Dios, pues él se cree que ya está perdido, que su alma terminará en el infierno.

Poco a poco descubrimos que tal cuadro de horror es parte de la preparación de los estudiantes para la Primera Comunión. Y Stephan debe confesarse antes de tomar por primera vez la hostia y así librarse de la culpa y estar en condiciones de ese importante evento de la fe católica, pero no se atreve a confesarse con los sacerdotes de la escuela y busca una iglesia de barrio donde finalmente lo hace con un sacerdote capuchino.

Cuando recibe la absolución nota que se siente liberado y regresa feliz a la escuela. Desde ese momento cambia su conducta y entra a una etapa de autodisciplina y contrición bastante estrujante para enmendar su existencia y hacer la voluntad de Dios.

El resultado de esta autodisciplina hace que la vida de Dedalus sea tan ejemplar e intachable que el director del colegio cree que su vocación es el sacerdocio y busca comprometerlo. A pesar de que Dedalus está convencido y deseoso de dedicar su vida al servicio sacerdotal, en el último minuto cambia de parecer y abandona todo propósito religioso y en su lugar busca entregarse al arte y para ello decide abandonar Dublín.

            En el último capítulo Dedalus va ultimando y definiendo su futuro como escritor y artista, a pesar de que su madre su opone y está enojada que no se haya dedicado al sacerdocio.

            Una larga charla con su amigo Cranly pone al descubierto el profundo conocimiento de Dedalus sobre el arte y su filosofía estética, a pesar de que todavía es un adolescente. Su familiaridad con autores griegos, latinos e incluso contemporáneos es tan amplio que lo vemos citar a grandes filósofos, entre ellos a Santo Tomás de Aquino, de quien toma sus tesis para elaborar su propia concepción sobre el arte.

            En breves pasajes, como trazos sutiles, nos asomamos a su vida amorosa con una mujer que conoce desde niña, pero que a pesar de que está enamorado de ella sabe que las relaciones amorosas son harto complejas y decide tomar distancia.

            Los últimos pasajes del libro están narrados como en una especie de diario en el que va plasmando apuntes, esbozos de su futuro como artista.

            Este libro y su personaje principal, Stephan Dedalus, le servirán a Joyce para sentar las bases de lo que será su obra maestra: Ulises, en la que nos encontramos con Stephan Dedalus ya adulto. Y durante un día, un solo día, nos adentramos en la profundidad de su conciencia y vamos viendo a través de sus ojos diversos lugares de Dublín que lo llevan a la reflexión.

            Cabe señalar que Joyce no fue un autor prolífico, pues se tardaba mucho en escribir una novela pues están llenas de detalles minuciosos. Simplemente, para escribir El retrato del artista adolescente se tardó 10 años.

Sus pocas obras son verdaderas obras maestras de gran singularidad, que cambiaron la estética literaria del siglo XX. Es decir, su obra nos lanza a ver el mundo y el arte de una manera sumamente diferente y novedosa.

            James Joyce no tuvo una vida larga, nació en 1882 y murió en 1941; murió a los 58 años. Y como a Cervantes, otro genio que cambió los parámetros estéticos de la narrativa, murió en la pobreza total, pero además, casi ciego.

            Si bien tanto Ulises, Dublineses (un libro de narraciones) como Retrato del artista adolescente, entre otras, son obras complicadas, tienen tal poder narrativo que quien quiera dedicarse a las letras deberá estudiar si no quiere caer en los lugares comunes de la literatura que Joyce tuvo a bien derribar con su potente capacidad narrativa.

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