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Enrique R. Soriano Valencia

Las palabras las usamos por el sentido que les asignamos socialmente y no por lo que significan (lo que dice el diccionario) o por su etimología (su procedencia).

Ejemplifico la primera parte de lo que aseguro: usamos la combinación «ropa casual» para referirnos a una vestimenta informal. La palabra casual significa algo que no estaba planeado, que es fortuito. Es decir, que le estamos asignando el significado de «informal», pero en el diccionario oficial no aparece ese sentido.

Por lo que hace a la segunda parte de lo que afirmo, observemos la etimología de huésped: «…viene del acusativo hospĭtem del vocablo latino hospes, hospĭtis que significaba en origen anfitrión, señor que da hospitalidad al forastero o extranjero…». Es decir, por su origen, el vocablo «huésped» debía usarse para señalar a la persona que recibe a alguien y no con ella señalar a quien es recibido para ser alojado.

Los dueños del idioma son los hablantes (ya lo he asegurado antes). Por ello, a pesar de su origen etimológico, «huésped» actualmente tiene el significado opuesto al de origen. Es decir, que el conjunto de hablantes decidió su sentido. Cuando persona o grupo intenta imponer una visión del uso del lenguaje –al menos, hasta ahora–, siempre han fracasado. En el año 325 d. C. se registra el primer intento de alguien que hizo públicas sus observaciones sobre el uso inapropiado del idioma; no prosperó.

Hace unos días escuché la recomendación de dejar de usar la palabra «denigrante» por su origen racista. En la actualidad, «denigrar» significa: deslustrar, ofender la fama de alguien; injuriar, agraviar, ultrajar. Sin embargo, pocos saben que etimológicamente denigrar se refiere a «poner a alguien de negro o como negro» y en este caso, el vocablo se acuñó por refiere, no al color (que por sí mismo es un prejuicio asociarlo con algo negativo), sino por referirse a las personas con la piel más oscura, bajo el contexto de ser lo más bajo de la sociedad. Es decir, su etimología tiene una razón histórica de discriminación.

A mi juicio, lo que da sentido a las palabras, a su significado, es el propio ambiente social. Es decir, si apareció el vocablo «denigrar», es porque las condiciones de existencia de los mal llamados negros eran de lo más bajo en la sociedad. En su momento, por supuesto, el vocablo fue racista. Sin embargo, hoy, olvidadas las condiciones que le dieron origen, su aplicación está absolutamente alejada de una connotación racista. De ahí que levantar la voz para que se deje de usar es inútil.

Por ello, estoy convencido que el llamado lenguaje incluyente, como se trata de una imposición, hará mucho ruido, pero está destinado al fracaso. Para lograr una evolución en ese sentido, se deben crear las condiciones de vida para que no existan mentalidades machistas (en hombres y mujeres). Es decir, que el lenguaje evoluciona de la mano con la sociedad y si las condiciones que dan origen al presunto lenguaje sexista se modifican, también el sentido que damos a las palabras cambiará.

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