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Arturo Miranda Montero

El ayuntamiento guanajuatense decidió medrar más con los cadáveres de las
personas. No extraña, dado que es el segundo ingreso municipal. Sin recato ético
alguno, esas personas explotan a otras. Si no se respeta a las personas en vida, menos
a las muertas.

Exhiben a quienes nunca pensaron ser exhibidas al morbo. Sus cadáveres van del
tingo al tango sin recato ni pudor. Alguna coartada declarativa encubre el mercadeo.

Los restos humanos de quienes se laman “momias de Guanajuato” jamás se
embalsamaron para la eternidad. Momificar ha sido un procedimiento preparatorio
para la trascendencia, según creencias religiosas. Preparar al personaje para que
trascienda la vida y llegue a otra dimensión ha ido acompañado de edificaciones,
sarcófagos, ofrendas y cuanta cosa identifican las civilizaciones que eso procuran.

La catolicidad guanajuatense solo prevé la inhumación en un camposanto; el alma es
la que trasciende mientras el cuerpo se corrompe, dejándoselo a la tierra con sus
gusanos. Que las condiciones de cierta reacción química reseque el cuero resulta en
momificación no buscada. Labores panteoneras han encontrado osamentas y
resequedades en cadáveres que debían ser solo huesos, todo lo cual había que
acomodar en esos espacios que día tras día fueron llamando la atención morbosa y la
ideota de cobrar por ver. Ahora el espectáculo cadavérico ha escalado. Se trafica
impunemente con esos restos humanos sin miramientos legales o éticos, como
demandan las normas y convenciones para su resguardo, gestión y conservación.

En la era del valemadrismo, miles “gozarán” del espectáculo montado oficialmente. Así
pues, quedó inaugurada la feria, entre el huarache de Lupita y la plaga del Oxxo.

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