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EL ADIÓS DE UN CLÁSICO

HÉCTOR GÓMEZ DE LA CORTINA GUERRERO

Recientemente un anuncio en redes sociales dejó tristísimos a muchos celayenses. La celebérrima cantina “La Universal” anunciaba su cierre definitivo luego de 88 años de tradición. Un comercio que inició con el sueño de un enjundioso migrante español y que con su gran calidad conquistó los paladares de los comensales, un lugar que se convirtió en un referente de la ciudad, un clásico de la gastronomía ibérica donde uno podía beber y comer plácidamente, encontrándose con amigos, es decir, podías llegar solo y no faltaba mesa en la que uno fuera invitado y pudiera departir.

Tengo recuerdos muy claros de las primeras ocasiones que de niño escuché hablar de ir con “Don Casimiro”, no con la persona en particular sino a un lugar que llamaban así. Con el tiempo me fui dando cuenta que se trataba de un restaurante y que su propietario original había sido don Casimiro Rodríguez, un hombre querido, admirado y respetado. Era un celayense por adopción y sus hijos echaron profundas raíces en esta tierra. La primera vez que fui el negocio aún estaba frente al portal Colunga. Se comía muy bien y el ambiente era agradable. Tengo algunas anécdotas ahí. Un sábado del año de 1997 mi hermano Felipe traía pleito con quien sabe quién. Yo tenía apenas 11 años y lo había acompañado junto a su hoy esposa a La Universal, creo que a comer. Las horas pasaron y a mi hermano comenzaron a subírsele los humos del alcohol, así como dice una canción de La Sonora Santanera. Recuerdo que me volteó a ver y me dijo “Si ahorita entra por la puerta fulano de tal, le voy a poner en su madre. Mira, ese señor de ahí es Pepe Rodríguez, hijo de don Casimiro, lo conozco y no pasa nada”. Yo me quedé en silencio suplicando al ser superior que por ningún motivo el susodicho llegara.

Ya más grande se cambiaron a la calle de Juárez a un local muy ameno en donde fui en varias ocasiones y ya con mayor conocimiento para pedir platillos, deliciosos por cierto. Recuerdo la paella, las enchiladas, el solomillo, la espectacular natilla. Recuerdo la entrada, llena de fotos con decenas de personas del pueblo, la máscara mortuoria de don Casimiro, elementos que invitaban a quedarse un rato contemplando historias pasadas inmortalizadas en las paredes.

En mi familia debe haber muchas historias sobre tan famoso lugar. Hace algunos años me contaba el Licenciado Guillermo García Sierra que cuando mi abuelo fue alcalde permitía que “La Universal” cerrara a las 11 de la noche, una hora después de lo dispuesto en el reglamento. “Era un lugar que nunca daba problemas, totalmente pacífico, además de que a tu abuelo lo unía una cercana amistad con don Casimiro”.

Mi tío Mariano Martínez Inda fue un comensal recurrente. Cuenta la leyenda que por su constancia y perseverancia “en el arduo arte del beber” podía entrar a La Universal y tomar a placer sin que se le cobrara un solo peso. ¡Qué no habrá vivido ahí el tío Mariano!

Juanito Suárez Martínez, entrañable celayense y extraordinario conversador me llegó a platicar muchas veces que Salvador Guerrero Rico, hermano de mi abuelo Javier, acostumbraba ir a “La Universal” con mucha frecuencia. “Cantaba muy bien, ponía un gran ambiente y como todo mundo quería que los acompañara, don Salvador iba de un lugar a otro, feliz, situación que le valió el apodo de “Pajarito”, pues volaba de una mesa a otra”.

A Celaya la azotó primero la extorsión, después la pandemia y ahora las calles obstruidas. Espero con sinceridad que el cierre de “La Universal” sea solo una pausa en el camino y que pronto volvamos a vernos ahí compartiendo comida y bebida en otra maravillosa tarde celayense.

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