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Arturo Miranda Montero

Lo dicho, Guanajuato no tiene un proyecto turístico; tiene ocurrencias.

Como si la pandemia y su consecuente caída económica no fueran evidentes, como si el agandalle del dinero federalizado no ahogara y como si no se vieran las trácalas al amparo del poder, nuestros gobernantes operan como si nada pasara. Cobijados en la impunidad de ese poder, creen que lo que se les ocurra no tendrá negatividades; y, en cualquier caso, les vale. Así se nombra subsecretario de turismo al depredador de la sierra de Santa Rosa, ese que por ser diputado oficialista le allanaron todos los permisos y licencias para fraccionar y quedarse con el agua de los habitantes de allá arriba. Así también, el ayuntamiento de la capital le aprueba al presidente reelecto su recurrencia de construir un nuevo museo para sacarle dinero a los visitantes.

En ambos casos no hay escrúpulos. Lo hecho por el diputado irapuatense en la sierra no inquieta conciencia alguna en el gobierno estatal. La necedad por obtener dinero a como dé lugar tampoco despierta aprensión alguna al ayuntamiento capitalino, ni siquiera el endeudamiento a cargo de los ingresos municipales ni, mucho menos, saber qué diantres es un museo.

El denominador básico radica en atraer a las multitudes que dejen dinero. Que ocupen los espacios ruidosamente y consuman lo que sea. No importan la calidad ni la calidez.

En la medida en que se masifique el turismo, más ganancias habrán en la arcas empresariales que apoyan destruir para construir y, supuestamente, en las municipales.

Todo acto de ingreso-gasto es político. Los políticos no piensan en diseñar una industria turística apegada a la realidad; ellos sólo quieren dinero.

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