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Jeremías Ramírez Vasillas

Phyllis Dorothy James (1920 – 2014)​, conocida como P. D. James, fue una escritora británica de novelas policíacas. Estudió en la Universidad de Cambridge y trabajó como administradora de seguridad social de 1949 a 1968, y después como funcionaria pública del Ministerio del Interior de 1968 a 1979. Empezó a escribir a la edad de 40 años y publicó su primera obra, Cubridle el rostro, en 1963, en la que aparece por primera vez Adam Dalgliesh, su personaje más famoso.

Dalgliesh es un policía e investigador que protagoniza 14 novelas tales como Un impulso criminal (1963), Muertes poco naturales (1967), Mortaja para un ruiseñor (1971), Muerte de un forense (1977) Intrigas y deseos (1989), y En cierta justicia (1997), entre otras.

La popularidad de la autora, así como la de su detective, crecieron con la adaptación televisiva de La torre negra (1975), Sangre inocente (1980) Sabor a muerte (1986), entre otras.

Una cierta justicia es la décima novela de la serie de Adam Dalgliesh, en la que una famosa abogada, Venetia Aldridge, un día aparece muerta en su propia oficina en el edificio de los juzgados donde trabaja. Este es el disparador dramático de la narrativa.

Los primeros sospechosos son sus compañeros de trabajo, es decir, los abogados que ahí se desempeñan, pero también algunos de sus defendidos que no tuvieran la fortuna de que los librara del brazo de la justicia.

La novela es un tanto larga: 548 páginas en la que muestra con cierto detalle un amplio grupo de personajes: abogados, secretarias, algunos de sus defendidos, y hasta la hija de la abogada y su exmarido.

P:D. James tiene la habilidad de crear una semblanza casi fotográfica de las circunstancias y de los personajes que hacen vívida la trama que logra atrapar al lector desde las primeras páginas.

La novela empieza cuando defiende con éxito a un joven: Ashe, acusado de haber asesinado a su tía. Su habilidad y experiencia le permite nulificar los argumentos de los principales testigos aprovechando sus dudas y sus incertidumbres y convencer al jurado que Ashe es inocente, a pesar de que ella sabe que en realidad es culpable.

Alternativamente vamos viendo las condiciones operativas de los juzgados, las ambiciones personales de quienes aspiran a puestos directivos ante los cambios que están por realizarse, particularmente ante el pronto retiro de Hubert Langton, director de esa institución. Hay dos candidatos: Venetia Aldridge y Henry Naughton, este último, un abogado casi de la edad de Venetia, quien anhela el puesto. Aquí la autora introduce el un conflicto que hará que el lector piense que tal vez Naughton es el asesino.

Otro elemento que refuerza el conflicto es su hija, Octavia, una muchacha un tanto inadaptada con quien la abogada tiene una pésima relación pues nunca logra desempeñar un buen rol de madre porque siempre está ocupada, razón por la que Octavia pasa el mayor tiempo de su niñez y adolescencia en internados educativos, lejos de su madre. Por esta ausencia la muchacha le guarda resentimiento. La relación se tensa aún más cuando Venetia descubre que Octavia tiene una relación sentimental con Ashe, pues ella sabe que es un tipo inestable y con tendencias asesinas, que no le traerá ningún bien a Octavia.

Molesta con tal situación trata de conseguir ayuda con algunos de sus conocidos para sobornar al joven para que se aleje de su hija, pero nadie se presta. Cuando Venetia es asesinada Ashe se convierte en un sospechoso.

A mitad de la narración la autora nos cuenta que Venetia llegó a ser abogada gracias a la influencia del Sr. Froggett, director de la escuela propiedad de su padre cuando ella era una adolescente. Por las noches Venetia se reunía con el Sr. Froggett para revisar casos judiciales famosos y aprender las estrategias legales que se siguieron en cada uno. Un día el padre de Venetia descubre estas reuniones en el dormitorio de Froggett y, temiendo algún abuso de su empleado, lo despide. Súbitamente Venetia pierde a su mentor, aunque nunca su vocación.

Froggett de pronto aparece y visita a Dalgliesh para ofrecerle la información que él tienen para ayudar a resolver el caso y descubrir al asesino. La información consiste en un grueso álbum de recortes de periódico en donde ha reunido todos los casos que Venetia tuvo a su cargo.

Ese álbum le va a proporcionar a Dalgliesh una pista importante: en una fotografía de prensa descubre a una persona que trabaja en los juzgados entre el público que acude a los juicios. Se trata de la Sra. Carpenter, empleada de limpieza, la cual fue subcontratada por una empresa de outsourcing para que cada tercer día, por las tardes, acuda a los juzgados a hacer el aseo.

Dalgliesh interroga a la Sra. Carpenter y ésta le revela información que no había declarado: ella es una maestra jubilada que ha enviudado y cuya hija murió tras el asesinato de su nieta a manos de un hombre que Venetia defendió y quedó libre. Por este hecho trágico la Sra. Carpenter le guarda rencor a la abogada y entra a trabajar a los juzgados para encontrar la ocasión de vengarse.

Sin embargo, antes que Dalgliesh pueda descubrir si ella es la culpable, alguien asesina a la mujer en su departamento. El principal sospechoso es Ashe pues hay una relación entre la Sra. Carpenter y el joven. Ella lo contrató para que enamorara a Octavia y de esa forma hacer sufrir a la abogada. Con la muerte de la Sra. Carpenter, Dalgliesh sospecha que Ashe también pudo asesinar a la abogada. Cuando van a buscarlo les informan que recién había huido con Octavia.

Para descartar a los sospechosos Dalgliesh tiene que establecer la relación entre ellos y los indicios de la escena del crimen: una peluca que le pusieron y la sangre de uno de los empleados que derramaron en el cadáver de la abogada.

Antes de morir, la Sra. Carpenter, le había dejado a Dalgliesh una confesión escrita con el sacerdote de la iglesia cercana. En esa larga confesión le informa que cuando llegó a los juzgados el día del asesinato de la abogada, ésta ya estaba muerta, pero le informa que fue ella quien derramó la sangre a Venetia y le puso la peluca (que era del director de los juzgados).

Una cierta justicia es una novela entretenida, bien contada, aunque no está a la altura de los mejores exponentes del género como Raymond Chandler o Dashiell Hammett, pero tiene la virtud de ir bordando con paciencia cada elemento de la trama para construir un ambiente verosímil, tenso, sensible, que hace que la acción fluya sin tropiezos.

Esta novela tiene la virtud de destapar la cloaca de la miseria humana que hay detrás de hombres o mujeres “exitosos”, y que ocultan tras una fachada de respetabilidad.

Es una novela recomendable que se lee rápido y con emoción y descubrí a otro investigador criminal que se suma a mi colección de otros tantos que admiro.

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