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Pedro Salmerón Sanginés

“Cuentan que la historia la escriben los vencedores. Durante 20 años he rechazado esa frase y sus implicaciones, porque como historiador sé que los derrotados también cuentan su versión.” Así se inicia mi libro 1915, México en guerra.

Pero me doy cuenta de que no ne­cesariamente es así: muchos de los rancheros de Chihuahua que se sumaron al villismo sabían leer y escribir, y escribieron antes de su derrota, y su derrota no fue demoledora. Eso me permitió escuchar sus voces, sus propias voces antes, durante, después de su derrota. Pero luego me encontré con otros casos: ¿dónde están las fuentes, los relatos de los apaches y los yaquis?, ¿dónde las de las naciones masacradas en el Congo por sus civilizadores belgas? Quizá es cierto: en algunos casos, las fuentes, los documentos, proceden casi exclusivamente de los vencedores, que fueron capaces de suprimir las voces de los vencidos… Las fuentes las escriben los vencedores, ¿también la historia?

Crecimos admirando, identificándonos con Cuauhtémoc, el joven abuelo, y aborreciendo a los españoles que nos conquistaron. Nos educaron, al menos a mi generación, siguiendo las pautas y el guion priísta de Emilio Uranga y Octavio Paz. Crecimos leyendo a Miguel León-Portilla. Crecimos identificándonos con esos vencidos, visitando el Museo Nacional de Antropología, que es un templo a esos vencidos…

Y sin embargo, no me gustaba esa interpretación y me hacía mucho ruido. Y tras largas pláticas con Beatriz Gutiérrez Müller y Luis Fernando Granados, un día leímos a Guy Rozat: “En el transcurso de nuestras derivas identitarias y de nuestros vaivenes académicos sobre América, nos encontramos con La visión de los vencidos. Es evidente que este pequeño libro nos cautivó: por fin el indio desesperadamente mudo empezaba a hablar… por desgracia, la decepción estuvo a la medida de nuestras esperanzas. La segunda lectura ya nos dejaba una sensación amarga y con las siguientes ya teníamos el furioso de desmontar la trampa intelectual en la cual este librito había intentado apresarnos (Indios imaginarios e indios reales en los relatos de la conquista de México)”.

Rozat argumenta que los textos escritos en los siglos XVI y XVII a los que hemos llamado indígenas, en realidad no lo son. Guy Rozat analiza los discursos de los vencidos (como en otros libros de su autoría analiza con igual cuidado otros discursos sobre la conquista, los indios, la patria, etcétera) y encuentra en ellos, desde la base, la concepción del mundo católico-medieval: así, en las explicaciones de los cronistas de Indias y en muchas historias posteriores, “el tratamiento simbólico y físico que recibieron los indios americanos (como todas las poblaciones exóticas) no es tan diferente del que fueron objeto los campesinos [europeos]. La Edad Media muestra su odio y su negación del campesino… Si acaso tienen alma es ciertamente un alma de segunda clase, como la del indio”.

Y en esa lógica clasista, racista y etnocéntrica, los que hemos lla­mado textos indígenas de la conquista no lo son, en realidad: tanto su lingüística como la lógica de su sentido, nos parecían estar organizados sobre una escatología típicamente medieval. Y el texto lo demuestra.

Entonces, ¿ni el libro de León Portilla ni las fuentes de tradición indígena dan voz a los vencidos? Los invito a leer Rozat (donde, de paso, podrán reflexionar sobre la supuesta eficacia incontestable de arcabuces y caballos… y pensar que tan sangrienta o más era la guerra europea, como la mesoamericana, sólo que en una la mayoría de las muertes se producía en el campo de batalla o tras atroces sufrimientos por heridas que no se podía o no se sabía curar, y en la otra, en los altares (estuvimos con Luis Fernando Granados en Tabasco y nos sorprendieron sus elementales preguntas sobre la llamada batalla de Centla: ¿de verdad una carga de caballería de 13 o 16 jinetes con armadura en mitad de los pantanos?, ¿de verdad 40 mil indios?).

¿Cuál es el problema de esa falsa visión de los vencidos? Que la historia que cuenta es la misma que nos han venido contando: la de los 400 valientes y su esforzado capitán que devastaron una gran cultura, la conquistaron, la sojuzgaron; en muy buena medida, por su carácter primitivo y supersticioso. Y que nos hace identificarnos con los vencidos.

Esa historia es falsa. Cada vez lo muestran con mayor claridad autores como los tres citados (Rozat, Gutiérrez Müller, Granados) y otros como Andrea Martínez Baracs, Federico Navarrete, Raquel Güereca y 20 más. Entre ellos, destaca Serge Grusinski, quien ha reflexionado como pocos sobre la globalización de la cultura en el siglo XVI. Este lunes 8 de abril, a las 18 horas, tendremos el placer intelectual de escucharlo, en el INEHRM, en San Ángel.

Twitter: @HistoriaPedro

Blog: lacabezadevilla.wordpress.com

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