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Said Vladimir Ramírez Torres

Jeremías Ramírez

Al leer este libro vienen a la memoria viejas lecturas que se desarrollan en medios selváticos: El libro de la selva, de Rudyard Kipling, por ejemplo, donde la presencia ominosa de Shere Khan, el tigre que acecha a Mowgli, amaga a cada vuelta de página.

Pero a medida que nuestros pasos se hunden más y más en la hierba húmeda de la selva literaria de este libro se siente la cercanía de otras selvas, como la de La vorágine, de José Eustasio Ribera, en cuyas profundidades, a finales del siglo XIX e inicios del XX, la fiebre del caucho generó violencia y explotación. Y aunque en Cómo cazar al tigre hay denuncia social, pronto nos damos cuenta que tiene mayor cercanía con aquella de los Cuentos de la selva de Horacio Quiroga.  

            Lo singular de este libro es que en los catorce cuentos que lo integran los personajes se desplazan más allá de las estrechas fronteras de cada narración, a pesar de que son historias autónomas. Los personajes aparecen en varios cuentos, o en todos, sin que haya entre ellos continuidad narrativa o de acción o intención alguna de serialización o de construir una novela fragmentaria, aunque el manchado atraviece todas las historias, como una sutil hebra que las une en un corpus narrativo.

El manchado se presenta en el escenario selvático amazónico como una aparición mágica en un entorno natural en el que sabemos no hay tigres, pues los felinos que existen en América son el jaguar o el puma, entre otros; pero a quién le importa la precisión biológica si se trata de una construcción narrativa en un escenario que existe sólo en el contexto imaginativo, aterrorizando a la gente de El Responso, un pueblo inventado por el autor como Macondo de García Márquez o Santa María de Juan Carlos Onetti o El condado de Yoknapatawpha, de William Faulkner.

            En el Responso el manchado aperece de pronto para atacar al ganado o las gallinas o llenar de pesadillas a sus pobladores y mostrarse poderoso, casi omnipresente, que cual vampiro sorbe la sangre de sus víctimas con gula, y cuya inteligencia, astucia y sagacidad sobrepasa a la de quienes tratan de cazarlo.

            El libro abre con la fulminante mirada de los ojos amarillos del manchado que se mueven en la desesperada memoria de ese hombre condenado a vivir entre los locos. Luego, en el segundo cuento, se abre paso en la boca de Eliseo, o Cheo, un rústico narrador que quién “lo esencial era contar por contar y, cuando ya no tenía que contar, inventaba algo como quien saca el naipe necesario debajo de la manga”. A su público le encanta como narra las historias sobre mujeres y sobre el manchado, a quien el Cheo lo menciona con tanta falta de respeto “como si fuera un gatito”, y que tarde o temprano, dicen, le cobrará esa insolencia. Y el vaticinio se cumple: una noche llega el manchado a castigar al insolente Cheo.

            Otro personaje que aparece de manera recurrente en estos cuentos es el alcalde de El Responso que se caracteriza “por su grande y horrible dentadura de plástico como sonrisa de cocodrilo”. ¿Los cocodrilos sonrien? No, sólo en estos cuentos que juguetean con el realismo mágico donde los alcaldes pueden tener dentaduras de plástico y sonrisas de cocodrilo.

            Pero no todo es el manchado. En esta selva, la del libro, hay lugar para historias trágicas en las que se denuncia la injusticia social y la explotación que sufren los madereros que sobreviven arrancandole a la selva los mejores árboles por un sueldo miserable para que otros se enriquezcan su trabajo. Estos hombres, los madereros, que la selva devora, también son exterminados por asesinos furtivos que buscan arrebatarles a fuerza de balas la preciada madera cuando ésta ya está lista para ser transportada.

            Y en medio del horror del manchado y de la injusticia, súbitamente hace su aparición, como un ente luminoso y epifánico, la mujer, que como diosa ilumina los días grises de los hombres desgastados por la selva y sus miedos. Y aun los infantes quedan arrobados ante el deslumbramiento femenino. Y esa mujer deslumbrante puede llamarse Helena y tener un poder seductor como el de aquella que hizo arder Troya. Corrobora así que la peligrosa belleza de la mujer atrapa a quien cae bajo su embrujo.

            Y si no es la mujer o el manchado quien perturba a los hombres de El Responso puede ser un animal salvaje como el cocodrilo negro, cuyo ojo tuerto no le impide ubicar a su presa y de un certero bocado devorar al incauto que se interna en su territorio. ¿Habrá alquien que pueda darle caza o seguirá devorando adolescentes descuidados?

            También esta selva sabe albergar personajes entrañables, como el vendedor de pájaros, que un dia aparece sin jaula, perdido en sí mismo, sin la compañía entrañable de esos pequeños seres que iluminan sus días.

            Pero no sólo el manchado llena el costal del misterio en los habitantes de El Responso, sino también las enormes boas que como dulces animales domésticos se acercan a las casas en donde las cocineras las miman con deliciosos bocados de carne cual si fueran mascotas.

            Y cuando la aventura selvatica literaria de este libro empieza a anunciar su fin encontramos a don Julio Casuso, un hombre que sabe el secreto de cómo cazar al manchado. A él acuden dos jóvenes para que los ayude a matar al animal pues está mermando el ganado de El Responso, pero el hombre respeta a la fiera y se niega a ser parte de esa cacería, porque el manchado tiene “una mirada tan intensa como si hubiera un terremoto detrás de sus ojos”. Los jòvenes se retiran y uno de ellos, Luis Chiscueta, ve en la luna “la cara de un animal con las fauces abiertas y la cabeza inclinada en aquel momento final que antecede al salto…” y, entonces, el terror invade al jóven robándole el sueño esa noche. 

            Pronto llegamos a la última página de este libro y advertimos que nos quedamos con el deseo vivo de seguir las huella del manchado. Said Valdimir Ramirez, su autor, es tan buen narrador como El Cheo, y tiene la misma divisa: “lo esencial es contar por contar”, y en ese animo de encantador de serpientes, nos ha encandilado con la intensidad amarilla de la mirada de su feroz personaje.

            Durante la lectura me preguntaba si el autor de este libro era un escritor maduro pues había solidez en su arte narrativo. Tambien me preguntaba si dado el tema amazónico,  si era ecuatoriano. Sin embargo,  Said Valdimir Ramírez es un joven autor mexicano, originario del estado de Guerrero, con una sólida formación literaria y una amplia trayectoria como lector y conocedor de muchos autores latinoamericanos, pues en sus cuentos va dejando sutilmente pequeñas marcas referenciales de esos autores que conoce y admira.

            Este libro fue publicado por la editorial La tinta del silencio, una pequeña editorial que se dedica a dar a conocer a cuentistas poco conocidos, pero de gran nivel literario. Sus pequeños libros hechos artesanalmente se destacan además por su gran diseño y cuidadosa elaboración.

            Si usted está interesado en conocer más autores mexicanos de cuento que es probable que en breve se hagan famosos y quiere además divertirse en grande puede encontrar estos libros en las mejores librerías del país o solicitarlos a la editorial en su página de internet: https://latintadelsilencio.com/

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