0 4 mins 3 años

Eugenio
Mancera Rodríguez
Nace en Celaya Gto, el 9 de septiembre de 1956.
Sus principales
publicaciones de poesía han sido: Cuerpo
en su sabor de labios (1994), Luz del huerto (1997), Diálogo de amor entre
Eurídice y Orfeo
(1997), La
pacificación de la bahía
(2000), Saudade
(2001), La memoria del deseo (2003), Sol de los olivos (2005), Las uvas y el mar (2013). En el año 2008
publicó un libro de cuentos La agonía de
la primavera,
además de otras publicaciones en periódicos y revistas regionales
y nacionales.
Ha sido profesor
desde el año de 1982, a la fecha, del Departamento de Letras Hispánicas de la
Universidad de Guanajuato.
De Memorial de El Tajo
El
amor es simiente, es lágrima,
es
sudor profundo que se deshace
al
toque firme de los propios cuerpos
y
es necesario, como el pan, como el viento,
porque
sin él, sin su caída suave,
mueren
los cuerpos y este cuerpo,
muere
esta sangre, este aceite,
tan
mezclados de luna y de consuelo.
5
El
amor es agua o sudor y espesura.
Es
líquido de la vida
que
nace más allá de la dulzura de los muslos,
de
su deseo, de su silencio y su amargura,
y
se extiende lleno de amor y de polen
hasta
la superficie radiante de los vientres.
 Nace del diente desgarrado en otro diente;
de
la boca que se ata otra boca,
que
se aferra a otro aliento
buscando
la otra savia,
la
otra saliva enamorada.
Y
cuando la encuentra,
cuando
la encuentra en la otra lengua,
no
se sacia porque su sed es infinita.
 Ese líquido profundo de la boca
y
esa miel desgarrada de los muslos,
duelen
como si en ellos hubiera sal
o
un sabor de ácida amargura.
Duelen
porque se convierten en nostalgia,
porque
se ausentan, porque no están,
y
son siempre memoria,
siempre
dolor guardado y dolor presente.
6
Es
el líquido del amor.
El
que se derrama en la sábana radiante
y
no seca porque es acto humano
y
porque es memoria y es ausencia
y
su humedad latente
duele
como lo que se ansía y no se tiene.
Es
la saliva, el beso ya semilla,
el
agua secreta del cuerpo que se ama.
El
agua que sirve de alimento,
el
agua que queda en la memoria.
7
Quizás
es el agua del amor la que nos duele;
es
el labio ausente,
la
mordedura que se queda sola,
que
no muerde ni recibe la otra mordedura.
Qué
solos estamos sin esta agua,
sin
este río de dulzura
que
en las noches más amargas y solas
nos
sorprende con su ruido,
con
su larga caída que no cesa
y
sigue cayendo hasta el alba
y
duele más mientras más cae
porque
cada gota es nuestra sangre compartida;
es
la saliva, es el don y la alegría;
es
también el sudor de los pechos compartidos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *