Dom. Sep 20th, 2020

Voces Laja Bajío

Juntos llegamos más lejos

Animecha Ketzitacua

3 minutos de lectura
Por.-
Enrique R. Soriano Valencia

Es uno de los cientos de nombres en lengua
nativa que recibe el Día de Muertos. Lo celebramos el 1 y 2 de noviembre. Sin
embargo, en realidad no es una la festividad, son cientos… los actuales pobladores
del territorio mexicano somos herederos de la veneración a los muertos de las
diversas culturas prehispánicas. Cada una tenía sus propios rituales y
conceptos. Por ello, en cada región adquiere modalidades particulares. Fue el
cristianismo el que le dio unidad y fijó la fecha. Sin embargo, en todas las
culturas americanas, la fiesta tiene un sabor familiar y emotivamente positivo
por reunirse vivos y muertos, al menos en espíritu, para convivir.
Se diferencia profundamente del Halloween por su sentido. Esta
celebración se originó por los cambios en la duración del día. Los celtas lo
celebraban originalmente el 31 de octubre. Con la llegada del cristianismo a
tierras irlandesas, galesas e inglesas, se combatieron esas ceremonias, identificándolos
como ritos demoniacos. Entonces se les asoció con seres de ultratumba como las
brujas y los espíritus maléficos. Su sentido, por tanto, tiene un sesgo
macabro, alejado totalmente de la tradición nacional.
El culto a la muerte es un parámetro de
civilización. Los arqueólogos reconocen asentamientos humanos por esta variable.
El ser humano al tener consciencia de sí mismo, deseó trascender y creó la vida
después de la muerte. Así aparecieron los enterramientos y el culto a la Muerte
(con mayúscula, para darle el carácter de personaje). 
En México, antes de la llegada del
cristianismo, la veneración a la Muerte tenía singularidades que hoy perviven
mezcladas con la tradición europea. Allá, el temor a la muerte la hizo una
conmemoración solemne, dolorosa, de angustia, de pérdida. Aquí era el anhelado
gusto de seguir viviendo y tener la oportunidad de reencontrarse con los seres
queridos en este y en el Más Allá. En Europa, por decisión del papa Gregorio
III, el 1 de noviembre se conmemoran Todos los Santos y el 2 de ese mes, los
Fieles Difuntos.
En nuestro país, específicamente la tradición
del centro, celebra la oportunidad de saludar a los pequeños difuntos desde la
noche del 31 de octubre hasta las 24:00 horas del 1 de noviembre; y el
siguiente día a los difuntos adultos. Por eso se considera una festividad
(concepto impensable en Europa), es el reencuentro con los que amamos… y les
hacemos pasar un día maravilloso, con la música de su preferencia, los guisos
que les hacían disfrutar e, incluso, los vicios que, quizá, les llevaron a la
tumba (alcohol y tabaco).
Animecha
ketizitacua
es el nombre en purépecha, que es el
ritual que más ha influido en el centro del país. También recibe el nombre de MiquiIlhuitl en náhatl; Ngo Dü en otomí o hñahñú.
Los altares en el México prehispánico
recibían el nombre de tzompantli en
la cultura mexica. Estos también eran adornados con la flor de cempasúchil (de cempoalli, veinte; y xóchitl, flor), que tiene un color
amarillo como referencia a Tonathiu, el Sol. Según una leyenda tlaxcalteca, una
princesa fue convertida en esta flor por el Dios Solar cuando perdió a su amado
a causa de una guerra.
Los niveles de los altares varían de
cultura a cultura. De igual forma, se adorna de distinta forma porque responden
a los recursos del lugar y a la tradición de la localidad.
En México, la muerte es vida…
Y como decimos en Guanajuato, en voz de
José Alfredo Jiménez, «la vida no vale nada». En efecto, si al fin y al cabo
tenemos a la Muerte como eternidad…

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