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Jesús Sosa León

México requiere, con urgencia, dejar de
ser un país gobernado por sinvergüenzas y operado por políticos cínicos.
En esta recta final de las campañas
políticas, los ciudadanos, ya tenemos una bien formada idea de la política y
los políticos que actúan en el escenario público de este país. Hemos visto
desfilar, en plazas y pasarelas, a toda suerte de pillos y malandrines; a
rateros y desvergonzados. El que no es ladrón es idiota; el que no es mentiroso,
es farsante. Al menos esa es la idea que los propios políticos nos han metido
en la cabeza para calificar a sus contendientes.
En todos los tonos y todos los medios,
unos y otros se han lanzado a la cara todo tipo de descalificaciones y se han
embarrado de lodo, de tal manera que los ciudadanos deberíamos estar
profundamente decepcionados de nuestra clase política. Los candidatos y sus
partidos, primero, se han encargado de descomponer el espectro ideológico que
deberían sustentar sus acciones. Los de izquierda, ahora apoyan a los de
derecha y estos han resultado ser más acomodaticios que todos; con una
desvergüenza total, que raya en lo prosaico, los partidos cohabitan en una
orgía desvergonzada. Mercantilismo en su pura y más grosera definición.
Pero eso no es lo más malo, lo que es
terrible es que ese lenguaje degradante y calumnioso, se lo transmiten a sus
bases; los ciudadanos han caído -y las redes sociales son un claro ejemplo de
ello- en el vicio de motejarse con todo tipo de epítetos clasistas y
discriminatorios, que sí “derechairos”, “pejezombies”, “chairos”, “come
tortas”, etcétera; esta violencia verbal ha contagiado a una sociedad de por sí
nerviosa y exaltada, que no piensa que los políticos, una vez que terminen las
campañas, volverán a los restaurantes, cantinas y lupanares que frecuentan en
cómplice compañía; que volverán a abrazarse y planear nuevas formas y
estrategias para adormecer al pueblo, hasta que convenga a sus intereses
despertarlo.
Tiempo es ya de que los mexicanos de a
pie, esos que batallamos a diario por sobrevivir, tomemos el sartén por el
mango y le mostremos a esos políticos que ya no somos, ni carne de cañón, ni
tontos útiles para sus movidas; somos y así lo debemos entender, los dueños de
un país que merece estadistas, no políticos sinvergüenzas, mentirosos, rateros
y malandrines.

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