28 octubre, 2020

Voces Laja Bajío

Juntos llegamos más lejos

«Castigar con silencio es más peligroso que con palabras. Y se hereda de padres a hijos»

7 minutos de lectura
Los autores de «La ciencia del
lenguaje positivo» nos explican cómo construir un plan linguístico familiar

«Las palabras son poderosísimas. Pueden llegar a determinar
el rumbo de nuestro pensamiento, nuestra actitud ante la vida e incluso,
nuestra salud y longevidad». Esa es la teoría de Luis Castellanos y su equipo,
expertos en neurociencia, y autores del libro «La Ciencia del lenguaje
positivo». En él plantean que el uso de determinadas palabras (o la ausencia de
estas) en el día a día puede suponer la diferencia entre el éxito y la derrota
en cualquier ámbito. «El lenguaje nos permite gestionar nuestra propia
inteligencia», asegura. «Si nos parece normal dedicar todos los días un tiempo
a cuidar nuestro cuerpo, a asearnos, vigilar nuestra dieta o hacer algo de
ejercicio, ¿por qué no dedicar también a cuidar cada una de nuestras
palabras?», se pregunta Castellanos.
—La mayoría de nuestros deseos están centrados en mejorar
nuestras circunstancias, pero estamos lejos de plantearnos mejorar nuestro
lenguaje: así somos, así hablamos.
—El lenguaje refleja nuestra existencia, nuestra historia,
nuestras esperanzas. El lenguaje es un espejo de cómo somos. Cuando somos
conscientes de nuestras palabras nos damos cuenta de que no vemos el mundo tal
y como es, sino tal y como hablamos. Por eso quizá cambiando el enfoque de ese
espejo también podremos enfocarnos de otra manera, cambiar, ambicionar cosas
más grandes, una vida mejor, con más bienestar, más alegría y más salud.
—¿Cómo podemos cambiar el uso de las palabras?
—Habitando las palabras. Hablar es habitar el mundo.
Deberíamos hacernos cargo de nuestros vocablos, de su destino. Un buen
ejercicio es intentar identificar las palabras que queremos que adquieran
importancia en nuestra vida, aquellas que queremos «habitar». Nos referimos a esas
que te ayudan a crecer, que son las que deberíamos compartir, las que nos
ayudan a transformar nuestras vidas y a dar lo mejor que tenemos a las personas
que nos rodean.
—¿Por qué es tan importante buscar ese lenguaje positivo?
—Esta científicamente comprobado que el lenguaje positivo
busca evolutivamente dirigir nuestra atención y nuestra voluntad hacia el
aspecto favorable de las cosas y de la vida. Tomar conciencia de nuestro
lenguaje es fundamental para escribir nuestro destino. Es más, las palabras
influyen en nuestra posibilidad de supervivencia, ya que la expresión de
emociones positivas hace que nos fijemos, que prestemos atención, a aquellos
estímulos físicos y mentales que cada vez son más relevantes para llevar una
vida duradera, plena y con el mayor grado de felicidad posible. Somos unos
firmes convencidos de las funciones vitales del lenguaje positivo en nuestra
mente ejercen una influencia creativa en las decisiones más profundas que
tomamos. Nuestras decisiones lingüísticas crean nuestra historia.
—¿Palabras son hechos?
—Palabras son hechos siempre. Tanto si haces lo que has
dicho que vas a hacer, como si no lo haces. En el primer caso estarás mostrando
un estilo de acción que genera confianza, mientras que en el segundo caso tu
estilo de acción generará otro tipo de respuestas. Este es el poder de las
palabras.
—También en el sentido negativo. La pareja, los padres, o
los hijos son los que suelen soportar los efectos devastadores del lenguaje de
la ira. Es lo que José Luis Hidalgo, coautor del libro, ha denominado el «Hulk
en casa».
—Esto es así. El enfado desmesurado se propaga con mayor
facilidad en los entornos íntimos. Se trata de una cuestión de confianza, y
hacemos uso de ello. Las mayores muestras de enojo las solemos cometer en casa,
ese terreno que sabemos seguro y donde no hay que fingir. Después del enfado
sabes que nadie se irá de casa, que te seguirán queriendo, y que todo quedará
en un hecho puntual. Sin embargo, a menudo maltratamos a las personas que nos
quieren bien con nuestros gestos indisimulados de fastidio, con nuestro
lenguaje descuidado, con palabras hirientes.
—Sabemos entonces que descuidamos los entornos más queridos
pero, ¿qué podemos hacer para evitarlo? ¿Cómo podemos reconocer y reconducir
estas reacciones exageradas ante hechos insignificantes?
—Hay dos momentos clave para nuestro entrenamiento. Uno
tiene que ver con «cómo llegamos a casa», y el segundo, con reconstruir o
reparar lo que inconscientemente, hemos dañado.
—¿Qué puedes hacer en lo relativo a «cómo llegas a casa»?
—Es importante realizar un pequeño acto, una señal de
respeto, frente a la puerta de entrada, que puede consistir en respirar antes
de girar completamente la llave. Es un simple gesto con el que asumir que
accedemos a otra energía, a un escenario con otro ritmo, y que al cruzar el
umbral de la misma nos vamos a incorporar a un nuevo espacio. Físicamente tiene
que ver con la pausa, con un momento de silencio que aprovechamos para
observar, para ver de verdad a las personas que nos esperan.
—Pero, ¿cómo reparamos los daños una vez que Hulk ha hecho
estragos?
—En este caso es importante cuidar nuestro diálogo interior
y no culpabilizarnos en exceso. Solemos tratarnos duramente cuando perdermos
los papeles, lo pasamos mal precisamente por haber hecho que lo pasan mal los
demás, renegamos más de la cuenta y alargamos innecesariamente la reflexión
sobre las causas de nuestro comportamiento. Pensamos que así podremos curar las
heridas cuando es precisamente lo contrario. Para enfrentarnos a los daños
causados por nuestra ira podemos decir: «devuélveme lo que te he dicho, no era
para tí»
—Igual que las palabras curan, dicen ustedes en su libro que
el silencio es asesino y que se hereda de padres a hijos.
—En efecto. Castigar con el silencio es más peligroso que
con palabras. El silencio es asesino, y se hereda de padres a hijos. Es un pozo
sin fondo porque cuando se intenta salir ya no hay marcha atrás, se trata de un
camino sin retorno cierto. Pertenece a la familia de la ira, pero puede ser más
dañino que ella. Es casi imposible mentir cuando se habla enfadado, lo decimos
mal, pero decimos lo que pensamos.
—¿Qué hacer con esta variable tan temida de la ira?
—Nosotros hemos identificado una cosa que se puede utilizar
para romperlo: el tacto. Con el tacto surge… la palabra. Una cosa lleva a la
otra. Lo hemos comprobado muchísimas veces en las formaciones que solemos
impartir: a los alumnos les privamos de vista, los dejamos sentados en soledad
y se callan. Entonces, les damos la mano de un compañero, da igual de quién
sea, y empieza la conversación. Siempre obtenemos el mismo resultado. Sin duda,
el tacto es la antesala del lenguaje verbal, de la comunicación fluida y
sincera, es el gran desatascador de las relaciones humanas.
Luis Castellanos, durante la presentación de su libro
Luis Castellanos, durante la presentación de su libro- ÁNGEL
DE ANTONIO
Consejos de Castellanos para trazar un plan linguístico en nuestro
entorno familiar
1. Incrementemos las palabras que tienen que ver con el
sentimiento positivo y hagamos visibles esas palabras de algún modo; una forma
creativa consiste en hacer de la cocina un «fortín» de positividad, es allí
donde solemos invertir más tiempo, tomar decisiones, compartir una buena charla
o desvelar lo que nos preocupa en busca de un buen consejo mientras tomamos un
café o preparamos la cena, así que colocar a la vista—en los azulejos o en la
nevera—unas simples palabras elegidas hacen que nos sintamos francamente bien.
2. Sorprendamos con algún «detallito», música, algo rico
para compartir y, por supuesto, un post-it con algún mensaje especial que se
desliza en una cartera, un bolso o un estuche escolar; elijamos las palabras y
el momento donde ese mensaje puede ser más eficaz. Atrevámonos, incluso, a
dejarlo en algún lugar donde esa persona tarde en encontrarlo, como en el
bolsillo de un abrigo, debajo de una almohada o la sorpresa de la luna del
coche.
3. Rebajemos el verbo «ser» y sus consecuencias que nos
limitan, etiquetan y generan prejuicios; utilicemos mejor el verbo «estar»,
«parecer» o «comportarse», de forma que un «eres tonto» quede en un «estás
tonto».
4. Hagamos asambleas divertidas centrándonos en las
fortalezas de cada uno, juguemos a decirnos cómo nos vemos desde lo positivo,
precisamente, para construir posteriormente aquello que tenemos que mejorar.
Podemos expresarlo mediante palabras, dibujos, cuentos, etc.
5. Cuando preguntemos «¿cómo estás?», procuremos sentarnos,
apagar la tele y callar, no sólo exterior, sino interiormente, anulemos los
prejuicios, detengamos los argumentos o las interpretaciones que suelen ocupar
nuestra mente y busquemos la calma interior.
8. Elaboremos un calendario emocional para expresar nuestros
sentimientos, hagámoslo físicamente con cuadros grandes para que cualquiera
pueda poner en la casilla correspondiente palabras a lo que les ocurre por
dentro, propiciando el conocimiento emocional compartido. Expresar emociones de
esta forma nos capacita para convivir con ellas creando ambientes protectores.
9. Incrementemos la cantidad de «síes» y rebajemos la de los
«noes», fijémonos más en lo que tienen y no tanto en lo que les falta, anotemos
logros, méritos, agradecimientos, hagámosles saber unos y otros de forma
directa, sencilla, pública y abundante; equilibremos de una vez las
incapacidades con las capacidades, convirtamos los imposibles en improbables,
cambiemos la tendencia y empoderemos a las personas que nos acompañan
vitalmente. Saldremos realmente favorecidos.

10. Demos más importancia a la voz humana… La tradición
oral, escuchar algo de alguien, algo que nos importa de alguien que, incluso,
no conocemos. La historia que se cuenta en el reino confortable de la cama
convierte a nuestros hijos se vuelven más inteligentes, su inconsciente aprende
y retiene nuevas palabras, giros complicados incluso. De todas las historias,
las que más captan nuestra atención son las que hablan de nosotros mismos, las
que hablan de lo cotidiano, de lo que les sucedió hace ya tiempo a nuestros
mayores.

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