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La ortografía olvidada

Enrique R. Soriano
Valencia
En la semana anterior,
un diario español publicó tres artículos relacionados con la ortografía. Todos
los compartí en mi muro de una red social. Uno denunciaba cómo la mala
ortografía ha invadido las universidades; otro, cómo la mayoría de maestros tienen
deficiencias ortográficas; y uno más donde identifica a la ortografía como el
termómetro para calibrar el nivel cultural de una persona. Aunque los tres
artículos circunscriben sus comentarios al país donde se publicaron (España),
en México son totalmente aplicables.
 ¿Qué está sucediendo? La ortografía es una
reglamentación no coercitiva y al parecer, por ello a la mayoría le importa
poco. Hay quien supone que las multas altas (como las de tránsito en los EE.
UU.), propician que no se violente la norma (aunque nunca faltan a quienes le
importa poco eso y las viola). Para una sociedad fundada en la sobreapreciación
del valor económico, no extraña. Sin embargo, en países donde la pobreza es
crónica, pasa a segundo término el monto. Para quien trabaja y depende del
salario, duele mucho; pero para una economía desorbitada como la nuestra (con
salarios ejecutivos desorbitados y una economía informal muy extendida), los
montos pierden sentido. Si no hay multa por ello y el ambiente no hace propicio
el acatamiento de la norma, entonces menos importancia obtiene.
La contraparte a este
planteamiento estaría en el pensamiento Socrático. Este supone que para
distinguir lo correcto o de lo incorrecto, se debe uno conocer a sí mismo. Y para
explorarse, el pensamiento se vale de conceptos que han llegado a la mente por
el uso del lenguaje. Es un proceso dialéctico (en ambos sentidos): conocerse a
sí mismo genera un profundo respeto por lo que se entiende (de ahí que
informarse sea fundamental). Conocer la ortografía llevaría a respetarla.
Uno de los artículos
–firmado por Alex Grijelmo, periodista y ensayista del idioma–, asegura que las
lecturas de buenos libros va creando un sustrato en el inconsciente de palabras
y estructuras gramaticales. El individuo de ello se vale para explorarse y
argumentar en su realidad.
Este concepto no es
extraño. Si tomamos en cuenta que cuando un niño dice: «No lo *sabo» (por , no
lo sé) se debe a que ha interiorizado la lógica del idioma e intenta conjugar
el verbo saber como si fuera regular
(amar, por ejemplo). Es decir, que no
ha imitado a algún adulto al comunicarse, sino que por sí mismo supone cuál es
la forma correcta de construir el enunciado.  Entonces, Grijelmo supone que leer nos hace
interiorizar estructura y palabras, bagaje del que echamos mano ya para el
resto de la vida.
En este sentido,
trabajar con los niños para que se expresen correctamente y se alleguen
instrumentos para enriquecerla (buenas lecturas) debía ser una prioridad en
todos los planes y programas de estudio de los niveles básicos formativos.  El único problema de ello es que, como diría
la Biblia, «Nadie puede dar lo que no tiene». Me refiero a que los maestros si
no gustan de leer, difícilmente podrán motivar la lectura en sus alumnos.
El trabajo del
directivo de las instituciones educativas es fundamental para que profesores y
alumnos lean. Si está convencido de ello, lo fortalecerá y exigirá a sus
maestros; si no, dejará que cada profesor haga el esfuerzo… si le interesa.
Hace poco fui jurado
en un concurso de cuento en un sistema público de preparatorias técnicas. El
trabajo sistemático se nota, pues desde hace varios años, prepararon a los
profesores. Ahora, el nivel de los muchachos es muy aceptable, arriba del
promedio general. Citlali Guadalupe Rivas Camacho del plantel de Acámbaro,
aunque no fue premiada me llamó la atención justo por ello. Su habilidad
expresiva y capacidades tanto de análisis como de observación me hizo distinguirla.
Todo, gracias al idioma. No obstante, el trabajo estuvo en preparar no solo a
su profesora, sino a todo el ambiente (que incluyó todo el sistema en el
Estado). Se está olvidando la ortografía, pero hay esperanzas. Seguiré
reflexionando al respecto.

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