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2019, año de las lenguas indígenas

Enrique R. Soriano Valencia

Una de los rasgos más característicos de una persona es su lengua. La forma de hablar, el estilo, los giros, la entonación; es decir, el tratamiento al idioma específico es una forma de los individuos de caracterizarse. El idioma nos define y sus particularidades nos personalizan. Por ello, este año la Organización de las Naciones Unidas este año, el 2019, lo ha dedicado a las lenguas indígenas.
La lengua es depositaria de la cultura, de la historia de los pueblos, de las tradiciones, de la memoria de los pueblos. Pongamos un ejemplo del español de aquí. Entre los mexicanos solemos presentar a nuestros amigos más queridos como nuestros cuates. Bien se sabe que la palabra ‘cuate’ también se utiliza como alternativa de gemelo en México. El vocablo ‘cuate’ nos llega del náhuatl y se usaba antes de la Conquista, precisamente para señalar a los mellizos. El vocablo náhuatl original es coatl, que es bien sabido fue la palabra usada de forma genérica para referirse a cualquier serpiente entre los antiguos mexicas. En la cultura occidental, la serpiente es un ser maligno porque fue la forma usada por el demonio para tentar a Adán y Eva. De esa forma, el ser maligno logró que fueran expulsados del paraíso. Por ello, en la cultura occidental el vocablo serpiente tiene una connotación negativa y agrada poco.

Sin embargo, en la antigüedad mexica, la serpiente fue el ser más apegado a la Tierra. Por ello, coatl era la gemela, también fue la mensajera de la diosa Tierra, Chichihuitlicue, la madre de todos los dioses, la de faldas de serpiente.

El vocablo que usamos para los amigos, cuate o cuates, deriva de coatl y, por tanto, se interpreta como las almas gemelas. Por ello, el término es solo aplicado para los amigos muy cercanos. Así, solemos presentar a alguien muy cercano de esta forma: «Este sí es muy mi cuate» o «Es mi cuatísimo».

Con este ejemplo, entonces, se confirma que la lengua, los idioma, y su forma de uso son depositarios de una cultura, una visión de vida y de la historia de los pueblos. Estudiar a fondo un idioma y la forma en que se usa en determinada región permite reconocer e identificar buena parte de la historia, costumbres y hasta entorno (los vocablos que definen fenómenos locales, productos y animales que no se hallan en otras regiones; como aguacate, que procede del náhuatl y se refería al testículo).
La Unesco, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación y la Cultura, asegura que en el mundo hay más de 6 mil lenguas maternas. De ellas, el 50 por ciento se encuentra en riesgo de desaparecer. Eso debido a que los hablantes vamos sustituyendo vocablos naturales por términos de otras lenguas. Aquí en nuestro país eso es muy evidente: ya casi nadie usa ‘emparedado’ porque mucha gente prefiere el anglicismo ‘sándwich’; o armario, porque los usuarios del idioma prefieren otro vocablo sajón: ‘clóset’; o yonkee, en vez de desusadero, voz que en muchos lugares trastocan por deshuesadero.

México se ubica entre los países con mayor diversidad lenguas. La Unesco lo sitúa en el lugar  ocho de los países que concentran la mitad de todas las lenguas del mundo. Somos un país altamente rico en diversidad lingüística. Del total mundial de lenguas, entre 625 y 950, son idiomas indígenas las del continente americano, donde México es el país con el mayor número de hablantes. En nuestro país tenemos 11 familias lingüísticas, de las que se derivan 62 troncos y una enorme variedad de lenguas. El maya, por ejemplo, en el sureste presenta muchísimas ramas y lo mismo sucede en con el náhuatl de Veracruz y el del estado de México.

No obstante esa riqueza –de la que deberíamos enorgullecer–, de seguir la tendencia de menosprecio, falta de legislación, aceptación de vocablos de otras lenguas extranjeras, incluso, usos y costumbres (como llamar pavo a lo que naturalmente se llamaba guajolote) tarde o temprano podrán perderse y, con ello, nuestra identidad nacional. Dejaremos de definirnos y caracterizarnos como mexicanos al perder una parte de nuestra cultura.

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