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¿Por qué hablar bien?

Enrique R. Soriano Valencia
El idioma es de los
hablantes. Esta es la postura que han asumido las academias de la Lengua desde
finales del siglo anterior. Los estudiosos de la lengua, como cualquier otro científico,
solo contemplan aproximarse lo más posible a su objeto, consignar sus
particularidades y describir las leyes que le rigen. En este sentido, al
científico no debe modificar o influir en su materia. Un físico tradicional o
un químico no le dice a la materia cómo comportarse o con qué hacer reacción
una sustancia. Sólo aprovechan sus particularidades ante determinadas
condiciones para el bienestar humano.
El estudioso de la lengua
ha asumido la misma actitud científica. No puede decir cómo debe ser el idioma,
debe conformarse sólo en describir cómo está configurada la lengua. Las
Gramática y Ortografía de las Academias ahora son obras descriptivas, más que
normativas. El libre albedrío de los hablantes hizo evolucionar la lengua. Así
se pasó del latín vulgar al español, francés, italiano y portugués (por
mencionar idiomas actuales derivados del latín). Los idiomas evolucionan a
capricho de los usuarios y no por voluntad de los académicos. De ahí la enorme
variedad de lenguas con una misma procedencia: cada región adoptó su propio
estilo.
Históricamente, todos
aquellos que han intentado detener las desvirtuaciones de un idioma han
fallado. Quizá el caso más antiguo sea el Appendix
Probi
. Cuando se escribió la obra, el Imperio Romano ya se encontraba en
franco desmembramiento. El latín padecía lo mismo. Para el autor se vislumbraba
una nueva Babel: “Decid calida, no calda… Decid vetulus, no veclus
Decid auris, no orcla…” cita el autor. Hoy el documento tiene más valor por los
errores consignados, que por las formas correctas. Así se observa cómo
evolucionaron los diversos idiomas romances.
Entonces, surge la
pregunta, ¿para qué molestarse en la forma correcta de hablar si terminarán por
imponerse los barbarismos? No siempre es así. Hay barbarismos pasajeros y hay
algunos que se tornan tan comunes en la sociedad que terminan por imponerse.
Pero para ello, debe ser una práctica muy generalizada. En ese momento, cuando
la mayoría lo usa (al menos en un país), pasa a formar parte del diccionario. Este
es el criterio de las academias de la Lengua y por ello chido y güey ya están en
el diccionario oficial.
Por otra parte, la forma
generalizada permite a un mayor número de hablantes comprenderse. Este es uno
de los aspectos importantes de aprender a usar correctamente el idioma. Vivimos
en una sociedad cada día más globalizada (estemos de acuerdo o no). Las
comunicaciones con otros países de habla hispana son más regulares que hace
veinte años. El intercambio comercial es cada vez más intenso. Entre más
conozcamos la forma en que la mayoría lo usa, más fácil comprendernos. De ahí
que en las escuelas se insista en el español moderno (uso genérico), que en las
formas antiguas, muy arraigadas en nuestras comunidades rurales (como haiga,
endenantes, truje, ansinamesmo, voces usadas por Cervantes en el Quijote).
Las telenovelas son una
muestra. En nuestro país se han difundido de Miami, Venezuela, Colombia, Costra
Rica, por mencionar algunas. Sin un uso general del idioma, no se entenderían.

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